EL CUENTO DE LA PRINCESA KAGUYA

Felicidad es sinónimo de libertad

Se dice que sembrar un brote de bambú es un ejercicio de paciencia y perseverancia, pues esta planta se dedica a desarrollarse hacia abajo durante siete largos años -abarrotando la tierra de raíces- para después crecer varios metros en cuestión de días. Y esa es la característica tan peculiar de Kaguya que, encontrada como una diminuta semilla dentro de un bambú, se convierte rápidamente en una infante que crece por momentos.

El cuento de la princesa Kaguya. Revista Mutaciones.

El cuento de la princesa Kaguya (Isao Takahata, 2013) fue el vigésimo-primer film producido por el Studio Ghibli y la quinta -y última- película escrita y dirigida por el ya difunto Isao Takahata (figura imprescindible dentro de Ghibli junto a Hayao Miyazaki). La historia está basada en el conocido cuento folclórico de El cortador de bambú, en el que un anciano campesino encuentra a una niña dentro de un bambú y la cría junto a su mujer como si fuera su hija. Al principio, la joven crece en un ambiente rural, teniendo una infancia sencilla y humilde. La naturaleza, la música, los paseos con amigos y la artesanía propia del antiguo Japón enriquecen su vida, convirtiendo algo tan simple como coger frutos de los árboles y degustarlos en toda una aventura. Pero todo cambia cuando el brote de bambú del que nació comienza a dar oro y ropajes de seda, lo que hace pensar al padre que es un mensaje del cielo para criar a la pequeña en la realeza y darle una vida digna de una princesa en la capital. Sin duda, la animación de la película resalta las cualidades del país del sol naciente pero también sus defectos, pues ni las ropas ni todos los tesoros del mundo podrán calmar las ansias de libertad de Kaguya, sumida entre el protocolo y el deber de haberse convertido en princesa. Aún arropada por sirvientas, educada y bien vestida, la tristeza de Kaguya es perfectamente palpable, haciendo que la película se convierta en un auténtico retrato del sufrimiento. El padre se muestra hermético con el deseo de “hacer feliz a su hija” otorgándole una vida llena de supuestos lujos, falsos méritos y sacrificios propios de su condición. La madre, por el contrario, se muestra mucho más benevolente y se convierte en una figura de protección que escucha los sentimientos de su hija.

El cuento de la princesa Kaguya. Revista Mutaciones.

El cuento incide en el abismal contraste entre la vida humilde del campesinado y la vida llena de opulencia de la realeza. Una implica riesgo pero incluye libertinaje, mientras que la otra es cómoda pero insustancial. Por eso las películas de Takahata tienen esa característica propia de ser agridulces, nostálgicas y esperanzadoras al mismo tiempo. El largometraje desprende algunos resquicios de la profunda amargura que encontramos en La tumba de las luciérnagas (1988) y momentos en los que recordar el pasado se hace doloroso a la par que bello, como ocurre en Recuerdos del ayer (1991).

El cuento de la princesa Kaguya. Revista Mutaciones.

Con una animación de trazo fino y granulado asombrosa que sorprende desde el primer fotograma, resalta una escena en la que la protagonista huye llena de rabia y crispación liderada por el dibujo abocetado, emborronado y caótico, pero que resulta profundo y limpio al mismo tiempo. En este preciso instante se aprecia la música compuesta por Joe Hishaishi y su pieza “Despair” (desesperación) acompañando los intensos sentimientos de Kaguya. Cuando la música termina, solo se oyen los firmes pasos de la princesa y sus zancadas rojas adhiriéndose al césped, trepando por el suelo como un animal embravecido y con el influjo de la luna siempre observante, viendo a la joven llorar y sufrir.

El largometraje -además de criticar la diferencia de clases y la ilusoria felicidad que proporcionan los lujos- es también una historia de amor, pues entre Kaguya y Sutemaru (su amigo de la infancia) surgirá un vínculo afectivo inquebrantable a pesar de la distancia. El espiritual desenlace tiene lugar el 15 de Agosto, día que coincide con el Obon, la festividad de los difuntos en Japón (en la que los habitantes nipones hacen ofrendas a sus antepasados y los guían de vuelta a la tierra de los muertos). Por eso está cubierto de religiosidad y nos deja sus correspondientes posos de amargura, haciéndonos entender la metáfora del bambú que encontramos desde el inicio de la película: quizá Kaguya podría haber sido feliz criada bajo el amparo de la humildad y la sencillez. Un final mágico y melancólico, como cabría de esperar de una historia tan fascinante y abrumadora sacada de un cuento tradicional del país del sol naciente.


El cuento de la princesa Kaguya (Kaguya-hime no Monogatari. Japón, 2013)

Dirección: Isao Takahata  / Guion: Isao Takahata, Riko Sakaguchi / Dirección Artística: Kazuo Oga / Animación: Osamu Tanabe / Producción: Yoshiaki Nishimura, Seiichirô Ujiie, Geoffrey Wexler / Música: Joe Hishaishi / Fotografía:  Keisuke Nakamura / Sonido: Shinichiro Ikebe / Montaje: Toshihiko Kojima / Reparto: Aki Asakura, Kengo Kôra, Takeo Chii, Nobuko Miyamoto.

 

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