EL COLAPSO

La inmediatez del apocalipsis en ocho tomas

El colapso. Revista Mutaciones

Mencionaba hace poco que la última temporada de Dark (Baran bo Odar y Jantje Friese, 2017-2020) había llegado en un momento óptimo para su éxito, en medio de una situación global terriblemente incierta capaz de alimentar todo tipo de teorías catastrofistas. Existe un gusto paradójico, morboso, en la ensoñación de lo catastrófico, del survival apocalíptico, demostrado por el inapelable triunfo de películas y series con dichas temáticas en este último siglo. Tal corriente no se ha desvanecido tras nuestro personal apocalipsis pandémico. Por el contrario, libros como La peste (Albert Camus, 1947) se agotan de las librerías y películas como Contagio (Steven Soderbergh, 2011) son tendencia en las plataformas. ¿A qué se debe esto? Podría parecer que el espectador dirige hacia estas ficciones, ávido de respuestas, sus preguntas rituales acerca de sí mismo, que busca soluciones más allá de lo real, que pretende reflejarse en unos personajes llevados al límite, o que fantasea perversamente con una hecatombe más interesante que la que vive. Independientemente de la respuesta correcta a la pregunta, la cual no podría hallarse en estas líneas, gracias a El colapso (Jérémy Bernard, Guillaume Desjardins y Bastien Ughetto, 2019) nos encontramos con un nuevo fenómeno en forma de miniserie que está intrínsecamente relacionado con estas cuestiones.

Efectivamente, Filmin ha aprovechado una oportunidad única a la hora de estrenar esta serie francesa, la cual se hizo en 2019 pero que, de forma casi profética, resuena con gran potencia cuando se enmarca en los acontecimientos actuales. El colapso, al contrario que otras producciones apocalípticas con tintes de ciencia-ficción alejadas de presupuestos realistas, lleva su conflicto a la inmediatez asfixiante de ocho cortos episodios grabados en plano secuencia. Algunas de sus situaciones, dentro de su carácter extraordinario, resultan perturbadoramente cotidianas, como los problemas de abastecimiento en los supermercados (viene a la cabeza nuestra no tan épica ‘crisis del papel higiénico’) u oír hablar de escalofriantes prioridades en relación a una residencia de ancianos.

El colapso. Revista Mutaciones

Para El colapso es imposible escapar de todos los lugares comunes ya manidos en este tipo de ficciones que, temáticamente, definen a la miniserie: supervivencia del más fuerte, inversión de los valores morales, egoísmo frente a solidaridad, sectarismo circunstancial… En ese sentido, sus personajes son meras piezas de ese rompecabezas temático, su construcción se articula en torno a las horribles decisiones que deben tomar y que desdibujan el paisaje moral, más allá de buscar una identificación profunda con el espectador. Gran parte de esto se debe a la duración de sus capítulos (que rondan los 20 minutos) y a la relativa independencia entre cada uno de ellos, únicamente unidos por el colapso social en sí y algunas caras familiares que se dejan ver varias veces. Si añadimos a esto la visceralidad e intensidad que supone haber grabado todo en planos secuencia, asistimos a pequeñas píldoras de supervivencia extrema en las que no queda espacio para indagar en las vidas de los personajes.

No se puede negar la espectacularidad del plano secuencia en El colapso, sus largas escenas perfectamente coreografiadas. No obstante, además de su gran pericia técnica, la decisión formal de los realizadores franceses confiere una notable potencia al relato. Teniendo en cuenta las intenciones y la duración de los capítulos, sus largas tomas funcionan, ya que capturan a la perfección la inmediatez y la espontaneidad de las decisiones límite que se describían con anterioridad. El referente más claro podría parecer Hijos de los hombres (Alfonso Cuarón, 2006), cuyos planos secuencia sumergían al espectador en el caos de una sociedad hecha añicos. Sin embargo, mientras que Cuarón se permitía transgredir al usar un punto de vista subjetivo que nos posibilitaba observar el contexto aledaño a lo vivido por los protagonistas, en El colapso nuestra mirada está indivisiblemente unida a la de los personajes. Sin una estilización excesiva y sin llamar demasiado la atención sobre su propio artificio, sus planos secuencia destilan una ansiedad asfixiante en total correspondencia con la que sienten los habitantes de su ficción.

El colapso. Revista Mutaciones

En producciones con capítulos autónomos es natural encontrarse un desnivel en el interés de los mismos, pero resulta muy evidente con el último episodio de El colapso, seguramente su eslabón más débil. Una de las bazas más interesantes de la miniserie recaía en el caos fragmentario y la falta de clarividencia sobre lo que estaba ocurriendo, no obstante, comprensible a través de ciertas referencias en conversaciones y lugares. Decepciona pues el visionado de un episodio que se sitúa varios días antes de la catástrofe, con la única intención de explicar y dar ciertas respuestas a lo sucedido. Si bien es interesante hasta cierto punto, ya que muestra la frivolidad de los medios de comunicación y los gobiernos ante lo evidente, recuerda al estallido final de El reino (Rodrigo Sorogoyen, 2018), donde se verbalizaba de manera un tanto tosca la tensión más sutil y los temas ya explorados con anterioridad en la película. Con todo ello, El colapso es una estimable crónica de lo que podría ser el derrumbe de la sociedad contemporánea, contada de forma visceral, con poco espacio para respirar y poco tiempo para deliberar.


El colapso (L’Effondrement, Francia, 2019)

Dirección: Jérémy Bernard, Guillaume Desjardins y Bastien Ughetto (Les Parasites) / Guion: Jérémy Bernard, Guillaume Desjardins y Bastien Ughetto (creadores) / Producción: Canal + / Música: Edouard Joguet / Fotografía: Clémence Plaquet / Departamento artístico: Louis Duru / Efectos especiales: Thomas Dos Santos / Reparto: Lubna Azabal, Philippe Rebbot, Bellamine Abdelmalek, Michaël Abiteboul, Marie Bouvet, Lola Burbail, Yannick Choirat, Thibault de Montalembert, Quentin Faure, Audrey Fleurot, Samir Guesmi.

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