EL CABALLERO OSCURO: EL BATMAN DE CHRISTOPHER NOLAN

Explorando un mito moderno

 «Debido a su simplicidad, los superhéroes son presa fácil para quien quiera revisarlos», confesaba David Mazzucchelli, dibujante que contruyó a dar forma a “el Caballero oscuro”, «En 1954, el doctor Frederic Wertham vio en la relación entre Batman y Robin una metáfora codificada sobre la homosexualidad. Primero, recordemos que los cómics de superhéroes se inventaron para los niños, sobre todo chicos. Wertham cometió el error de examinar estos cómics desde un punto de vista de adulto… sin humor.

Así es como lo veo yo: cuando Bruce Wayne era niño, su vida idílica y mimada se rompió en pedazos. Desde entonces ha intentado recomponerla de nuevo. Tiene todo el sentido del mundo que su mejor amigo sea un crio de doce años, porque Batman es un niño atrapado en un cuerpo de hombre. Si hay un cartel de “Chicas no” colgado a la entrada de la Batcueva es porque las chicas son repelentes. Por eso Catwoman es peligrosa, los chicos no están preparados para alcanzar la madurez que ella representa (La serie de televisión avanzó mucho en esta dirección). Los superhéroes están mejor en su propio mundo: un mundo preadolescente. Pese a ser un experimento interesante, quizá no sea muy buena idea aportar demasiada “realidad” al reino fantástico del superhéroe.

Desde que Stan Lee introdujo la ansiedad en el mundo de los superhéroes… No, desde antes, desde que Harvey Kurtzman ironizó sobre ellos en Mad… La pregunta “¿Cómo serían los superhéroes en el mundo real?” ha perseguido a la mayoría de autores durante generaciones. Frank Miller escribió El regreso del señor de la noche de una forma operística fortissima, pero reconoció que mi punto fuerte como dibujante se acerca más a lo convencional. Así que con Batman: Año Uno conseguimos un Batman creíble, anclado en un mundo que reconocemos, pero ¿acaso nos pasamos un poco?

Cuando una representación vira hacia el realismo, cada nuevo detalle desencadena un torrente de preguntas, que exponen aún más lo absurdo del género. Cuanto más “realistas” se vuelven los superhéroes, menos creíbles parecen. Es un equilibrio delicado, pero así es como lo veo yo: los superhéroes son reales cuando están dibujados con tinta.»

Extracto del epílogo de David Mazzucchelli a la edición de 2005 de Batman: Año Uno

 

Érase una vez, en la vibrante metrópolis de Gotham, un niño llamado Bruce Wayne, nacido en el seno de una de las familias más poderosas y respetadas de la ciudad. Ese niño vivía con sus padres, Thomas y Martha, en una inmensa mansión a las afueras que era la envidia de todos. Cuidado por sus padres y por su fiel mayordomo, Alfred Pennyworth, Bruce creció feliz y tranquilo. Hasta que una noche los Wayne visitaron la ciudad en busca de entretenimiento. Cada versión de la historia difiere en los detalles: algunos te dirán que vieron una vieja película de aventuras, otros que pasaron la noche en la ópera. Sin embargo, lo que sigue está escrito en piedra. Nunca ha variado, nunca lo hará, porque si lo hiciera esta sería otra historia. Tras salir del espectáculo, los tres se internaron en un callejón oscuro que creían sería un buen atajo. Ninguno de ellos salió de allí. Martha y Thomas fueron asesinados por su atracador. El joven Bruce, que lo vio todo sin poder hacer nada, se convirtió en otra persona. Quebrado por el dolor y la rabia, su mente se escindió para dar a luz a otra personalidad, la de un justiciero enmascarado que atormenta a los criminales de Gotham durante la noche. Bruce Wayne se convirtió en Batman, y los dos han convivido desde entonces.

Batman y Christopher Nolan

 

1. Orígenes

Si nos internásemos en el corazón de la trilogía de Christopher Nolan sobre Batman, la trilogía de El caballero oscuro (2005-2012), compuesta por Batman Begins (2005), El caballero oscuro (2008) y El caballero oscuro: la leyenda renace (2012), lo primero que encontraríamos sería, como mínimo, tres o cuatro cómics. El primero, El largo Halloween (Jeph Loeb y Tim Sale, 1996-97), ha sido mencionado por David S. Goyer, coguionista de Batman Begins, como una de sus fuentes principales de inspiración. El segundo sería en realidad una amalgama de varios relatos relacionados con el villano Ra’s al Ghul, empezando por la etapa de Dennis O’Neil y Neal Adams en los 70, que rompieron con la luminosidad infantil de etapas previas. Y, por último, El regreso del señor de la noche (1986) y Año Uno (1988), ambos escritos por Frank Miller y mencionados por Mazzucchelli (dibujante del segundo) en el texto con el que abre este artículo. Esas dos obras son, sin duda alguna, la génesis del Batman moderno. Aunque nada se transforma de forma tan abrupta como el resumen de la historia nos hace creer, si tuviéramos que trazar el punto en el que Batman pasó de su encarnación pop e infantil (cuyo reflejo paradigmático sería la serie de televisión de los 60) a una visión más compleja y acorde a las inquietudes de la adolescencia y la juventud, ese punto sería la obra de Miller. A partir de ese momento, ningún relato de Batman ha sido capaz de soslayar del todo la oscuridad subyacente en el personaje[1].

Pero lo cierto es que Christopher Nolan, su hermano Jonathan Nolan y David S. Goyer (guionistas de la trilogía) no tenían ninguna intención de evitar esa oscuridad. Más allá de todos los elementos argumentales que toman de los cómics mencionados (la Liga de las Sombras, Talia, la alianza entre Harvey Dent y Batman para acabar con el mafioso Falcone, el doble juego de Catwoman, etc.), lo más importante, lo que separa a la trilogía de Nolan de los trabajos cinematográficos firmados por Tim Burton o Joel Schumacher, es algo que también proviene de los cómics de Miller y (en menor medida) del de Loeb y Sale: una voluntad de “realismo”. Ese mismo realismo entre comillas que menciona Mazzucchelli, un concepto quizá difícil de entender en un contexto como el de los superhéroes, en el que casi nadie parece tener la gripe, dificultades para encontrar trabajo o, simplemente, menos de siete carreras. Sin embargo, un simple ejercicio comparativo, poniendo frente a frente Batman y Robin y Batman Begins, evidencia de qué hablamos cuando hablamos de “realismo”.

Frank Miller
El caballero oscuro de Frank Miller

En las películas de Schumacher, Batman es una fantasía de poder clásica, el héroe de las versiones más simples del cuento de hadas, ese príncipe que se enfrenta al dragón y rescata a la princesa. Este Batman es únicamente un arquetipo, la representación de un deseo común: “ojalá tuviera la fuerza suficiente para enfrentarme a lo que me aterra y lo que me parece injusto”. Este arquetipo resulta muy atractivo durante la infancia, cuando nuestra mirada aún es muy sencilla. El Batman de Schumacher y el de la serie de los 60 es reconfortante en la niñez porque nos hace creer que podemos enfrentarnos al mal y salir victoriosos. No olvidemos, además, que Batman es el único gran superhéroe que carece de poderes sobrehumanos. Aparte de la fortuna familiar, el único aspecto destacable de Bruce Wayne es una notable fuerza de voluntad. “Si quieres, puedes”, viene a decir este Batman, lo que sin duda es un buen consuelo cuando tres niños mayores te acorralan en el recreo y te hacen sentir como un despojo.

En la trilogía de Nolan, al igual que en Año Uno, Batman es tanto un superhéroe como un ser humano. Cuando le golpean en las costillas, sus huesos se astillan, su carne tiembla y sus labios se llenan de sangre, como nos pasa a todos. Y, como es un ser humano complejo además de una “fantasía preadolescente”, se genera un conflicto, una paradoja. En el caso de Batman, esa paradoja es la de ser al mismo tiempo un paladín de la justicia y un psicópata filofascista (la paradoja desaparece, obviamente, si tus conceptos de lo heroico y de lo fascista son limítrofes, pero no entremos ahí). La revolución que supuso El regreso del señor de la noche proviene de que Frank Miller abrazó esta paradoja, obligando a los lectores a asumir que había algo podrido en el interior de su personaje favorito, obligándoles a asumir que no podían vivir permanentemente en la infancia. Su Batman es dos ideales a la vez, el deseo de enfrentarse a la injusticia para crear un mundo mejor y el deseo de imponer su visión de “un mundo mejor” a los demás, aunque sea a través de la violencia. Esta tensión, presente en la gran mayoría de conflictos políticos y sociales a lo largo de la Historia, es el núcleo del Batman de Frank Miller. El mismo Batman que Christopher Nolan lleva a la pantalla en su trilogía de “el Caballero oscuro”.

Batman
A Nolan le interesa el ser humano, no el monstruo como a Burton ni la figura de acción como a Schumacher

2. Búsqueda (Batman Begins, 2005)

La primera película, Batman Begins, es la más cercana a Año Uno. Con esta idea de “realismo” en mente, Nolan y su coguionista David S. Goyer experimentan en busca de un universo que se aleje de las representaciones cinematográficas previas. Lo primero que llama la atención es que el Cruzado Enmascarado no aparece hasta bien avanzada la película. Se trata de una historia de orígenes en el sentido más riguroso del término. Mientras otras películas de superhéroes construyen un primer acto (más o menos largo) que concluye con la adquisición de los poderes, generalmente ligada a la aparición de un trauma, Nolan y Goyer viajan más atrás y nos mantienen con Bruce Wayne durante casi media película, buscando comprender la naturaleza del personaje. Bruce no tiene poderes, solo es un niño rico con un trauma. Sin embargo, su excepcionalidad estriba precisamente en la fuerza de ese trauma, el imparable motor que es su obsesión. Incluso cuando Batman se muestra finalmente, sus apariciones son siempre breves. A Nolan le interesa el ser humano, no el monstruo (como a Burton) o la figura de acción (como a Schumacher). Esa búsqueda de realismo hace que también se aleje del Gotham recargado y extravagante para ofrecer una urbe más similar a grandes ciudades estadounidenses como Nueva York, Detroit o Chicago. Aun así, con sus colores cobrizos, su tren elevado y sus barrios abigarrados (que recuerdan mucho a los dibujos de Will Eisner), esta Gotham sigue manteniendo un espíritu levemente estilizado y fantástico que después desaparecerá, demostración de hasta qué punto Nolan está aún explorando. De ahí que, de las tres, Begins sea, con sus aciertos, la más dubitativa.

Esto resulta especialmente palpable en su montaje a borbotones. Hay en la forma en la que está montada Batman Begins una cierta sensación de prisa, de congestión narrativa, que impide que los planos se asienten y generen las ideas y emociones que buscan todos los elementos de la puesta en escena. Es importante tener en cuenta que Batman Begins es la primera película de gran presupuesto y “de acción” de Nolan, que hasta este momento solo había firmado títulos más centrados en el suspense psicológico y de mucha menor envergadura industrial.  Teniendo en cuenta que es un estilo de montaje que no se encuentra en ninguna de las películas previas de Nolan y al que tampoco volverá en ninguna de las siguientes (incluidas las otras dos de Batman), todas ellas montadas por Lee Smith, la única explicación es que el director de Memento (2000) estaba no solo explorando lo que quería hacer con el personaje y su mundo, sino también como afrontar las exigencias de un blockbuster de Hollywood. Estas dudas no afectan solo al subtexto: también los momentos más físicos, como las peleas, se sienten deslavazadas y difíciles de leer, como si quisieran replicar el montaje frenético de la saga de Bourne (que en ese momento era el referente de la acción física y realista en Hollywood) pero no supieran cómo lograr que sintamos que los personajes están moviéndose dentro de un espacio claramente delimitado y con importancia dramática, tienen un peso real y cada movimiento les supone un esfuerzo.

Tampoco se encuentra entre sus mejores bazas la presencia femenina. El mundo de Batman, como la gran mayoría de los universos superheroicos, es un mundo de chicos creado por chicos para chicos. Como tal, las mujeres suelen ser o una excusa argumental o, en los casos más interesantes, una fuente de contraste a esa mirada masculina. Así como después Nolan conseguirá introducir precisamente este segundo tipo de personajes femeninos, en Batman Begins la única mujer con una mínima presencia (la madre de Bruce Wayne es totalmente soslayada, como veremos más adelante) es Rachel Dawes, amiga de la infancia y posteriormente interés romántico de Bruce Wayne. Su personaje está escrito con tanta desidia que resulta poco más que una doncella en peligro, y Katie Holmes (sin duda el único desatino de un casting en general notable) no hace más que acentuar esa pobreza dramática con una interpretación escasa en matices. Que la película sea capaz de sobrevivir a semejantes problemas es indicativo de la solidez de sus cimientos y su buen hacer en otros campos.

Por suerte, hay otros terrenos en los que Begins indica que Nolan va por buen camino. Esos otros campos son, de hecho, los que conectan con las dos siguientes entregas de la trilogía. Conscientes de que la base de todo lo que es Batman proviene de la brutal muerte de sus padres, Nolan y Goyer construyen una historia por la que van desfilando diferentes figuras paternas[2], desde el mayordomo Alfred hasta el policía Jim Gordon pasando por el villano Ra’s al Ghul y, obviamente, el propio Thomas Wayne, un eco constante en la película. Estos personajes representan las múltiples caras del complejo puzle que es Bruce Wayne, en una película que, como buena historia de orígenes, gira en torno a la construcción de una identidad. Bueno, en este caso, una identidad fracturada en (al menos) dos piezas. Jugando con esta idea de los múltiples padres, Nolan y Goyer toman algunas decisiones interesantes que se separan de la norma, en especial al tratamiento de Alfred, al que tradicionalmente los cómics dan un rol más pasivo, pero que esta trilogía termina por convertirse en padre indiscutible, al tiempo que recibe ciertos apuntes inquietantes que hacen de él algo más complejo y atractivo que el devoto y sarcástico mayordomo británico al que nos han acostumbrado.

Igual de interesante, aunque en esta primera parte se trate de algo sembrado que aún no termina de florecer, es la construcción del mundo y su relación con nuestra realidad. Gotham se parece más a una urbe industrial y financiera moderna que a las fantasías vintage de Burton, Schumacher o la serie de animación de los 90. Hay en ella ecos del Detroit fantasmal de los 2000 e incluso de los arrabales de ciudades como Rio de Janeiro, de esas grandes urbes en las que la megalomanía y la miseria esta solo separada por una manzana, ecos del estado de ánimo en el que se sumirían todas esas decadentes urbes industriales durante la crisis que golpearía el mundo solo tres años después del estreno de Batman Begins. Pero no es esa, ni mucho menos, la única vinculación con nuestra realidad. El primer trauma colectivo del siglo XXI, el ataque terrorista a las Torres Gemelas, planea también sobre toda la película: la Liga de las Sombras orquesta un ataque a gran escala a Gotham que culmina con un tren embistiendo el emblemático rascacielos de la Corporación Wayne. Lo más interesante de toda la situación es cómo la Liga de las Sombras basa todo su plan en un gas que, literalmente, hace que los ciudadanos sucumban a sus mayores miedos. Cuando el alucinógeno se esparce por los Narrows, el barrio más pobre de la ciudad, y la policía acordona el barrio, sin saber qué hacer ni voluntad para hacerlo, las posibilidades narrativas de la película se disparan. Es una pena que, de nuevo, el montaje impida que las ideas calen, porque es en estos momentos cuando Batman Begins muestra sus mejores cartas y se intuyen imágenes de un enorme potencial, como esa densa niebla que impide diferenciar a los habitantes de los Narrows de los criminales que han escapado de la prisión, o la marabunta de civiles enloquecidos que se echa encima de Batman, como si fuera una jauría tratando de devorar a su presa. Un prólogo perfecto para el derrumbe de la sociedad que se avecinaba.

Batman Begins
Batman Begins (2005)

3. Construcción (El caballero oscuro, 2008)

Tres años después, Christopher Nolan volvió a Gotham en El caballero oscuro, en este caso acompañado en el guion por su hermano y colaborador habitual Jonathan Nolan (David S. Goyer es relegado a un puesto de producción ejecutiva que se intuye más simbólico que otra cosa). La película conecta directamente con el final de Batman Begins, en el que Gordon le enseñaba a Batman el comodín de una baraja de póker encontrado en la escena de un crimen y avisaba de una posible escalada de la violencia, una respuesta a la amenaza al statu quo que supone Batman. La primera escena de El caballero oscuro representa el primer paso de esa escalada y nos deja ver hasta qué punto el enfoque formal ha sufrido un importante cambio. Cualquier elemento mínimamente fantástico ha desaparecido de la geografía urbana de Gotham, que ahora podría sin ningún problema confundirse con Chicago o Nueva York. La fotografía se llena de luz, abandona los tonos azules y cobrizos en favor de un enfoque más naturalista y adopta una textura más cruda que recuerda al cine policiaco estadounidense de los setenta, con Walter Hill, William Friedkin, Sidney Lumet o Don Siegel como referentes. Un cambio similar se puede ver en el planteamiento de montaje: los planos se alargan y se favorecen composiciones más amplias y estables, lo que aporta un mayor poso dramático y, sobre todo, una importante aumento de la tensión.

Todo esto viene a destacar el que se convertirá en el gran pilar de la película, el choque entre el Joker, una agente del caos del que Nolan nunca ofrece ningún tipo de información personal (al menos no información que sea inequívoca), y Batman, que se alía con el fiscal Harvey Dent y el comisario Gordon para acabar con el crimen organizado de una vez por todas, una alianza en favor de la ley y la paz. Recuperando todas las ideas sembradas por Frank Miller en El regreso del señor de la noche, Nolan propone un viaje que parte del enfrentamiento entre el Bien y el Mal para, poco a poco, pervertirse hasta sumergirnos en un abismo de corrupción y paranoia que anuncia el fin de la civilización occidental. En 2008, Nolan recogía un miedo que estaba en el aire, el de una sociedad que estaba transitando del 11-S a la crisis económica del 2008, una sociedad atenazada por el pánico a un posible derrumbe, una sociedad que parecía darse cuenta, por primera vez en décadas, de su propia fragilidad. En este contexto, las contradicciones de un personaje como Batman ofrecen enormes posibilidades.

En El caballero oscuro Harvey Dent y Jim Gordon son la representación del sistema, mientras que el Joker aparece como una fuerza obsesionada con su destrucción, con el fin de todos los sistemas. Al separarle incluso de los mafiosos, que acaban por considerar al Joker como una fuerza negativa e incontrolable que arruina sus “negocios”, la película nos indica que el crimen organizado también forma parte del engranaje de la sociedad. Por el contrario, el Joker es un auténtico paladín del desastre que parece no tener filiación o propósito ulterior alguno. De aquí saca la película algunos de sus mejores triunfos, jugando con la idea del Joker como reverso y respuesta inevitable a las acciones de Batman, un justiciero que busca su lugar dentro del sistema pero acaba convirtiéndose en un corruptor que pervierte todo aquello que toca. El Joker demuestra a Batman que su cruzada es una fantasía que, inevitablemente, deviene en totalitaria. No es gratuito, por ejemplo, que el Caballero Oscuro acabe empleando un sofisticado sistema de vigilancia que anula cualquier pretensión de privacidad para encontrar a su enemigo. Finalmente, hasta el gran Harvey Dent, el gran símbolo del sistema, acaba sucumbiendo y convirtiéndose en una figura de poder enloquecida, corrupta y vengativa.

Es interesante observar todo el aparato formal que Nolan despliega para abundar en esta idea de inestabilidad y derrumbe. Cada vez que el Joker hace acto de presencia, la cámara se agita y la música deviene en una suerte de chirrido, una nota sostenida en el filo de un cuchillo. En estos momentos, la violencia siempre se anuncia de antemano para luego retrasarse hasta que, de forma fugaz e inesperada, nos golpea. Con su comportamiento impredecible y caprichoso, el Joker no es tanto la representación de un mal canónico como el representante de todas las aberraciones de nuestra sociedad. Él es todas aquellas desviaciones inesperadas del sistema que, en nuestra arrogancia, jamás creemos posibles y que, finalmente, acaban por llevárselo todo por delante. Pocas películas han capturado mejor estas desviaciones, el miedo al derrumbe inminente, que El caballero oscuro en su última hora.

Hasta aquí, los logros de Nolan son, con matices, los logros de El regreso del señor de la noche. Pero treinta años después de la obra de Miller (escrita, no lo olvidemos, en plena Era Reagan por alguien que había vivido en Nueva York durante una de sus etapas de mayor criminalidad e inseguridad ciudadana) Nolan aporta cierta luz a las tinieblas. Acepta que la oscuridad está ahí, nos la muestra, deja que casi nos ahoguemos en ella y luego nos ofrece un pequeño rayo de esperanza en forma de responsabilidad individual. Que Nolan cree que son las acciones del individuo las que permiten los cambios en la colectividad es indiscutible, probablemente esa sea la razón por la que se interesó por Batman en un primer lugar. Las tres películas de la trilogía están llenas de individuos cuyas acciones (mejor o peor intencionadas) tienen consecuencias palpables en el mundo que les rodea. Incluso las decisiones en apariencia más simbólicas tienen su importancia, porque igual que cree en la relevancia de la acción individual, Nolan también otorga un lugar clave al símbolo, al líder, al héroe. De ahí la importancia del momento de los barcos y las bombas en El caballero oscuro.

Christian Bale es Batman
El caballero oscuro (2008)

El Joker, deseoso de demostrar hasta qué punto el hombre es lobo para el hombre y que el nihilismo es la única opción viable, se las ingenia para que dos multitudes terminen en sendos barcos. Cada una de las embarcaciones lleva una bomba cuyo detonador se encuentra en el barco contrario. O alguien aprieta el botón de la otra bomba antes de que acabe el tiempo o ambos barcos saltarán por los aires. Dicho de otra forma, la única forma que tienen los cientos de personas que están en cada barco de salvarse es acabando con la vida de los que están en el otro barco. En un rizo aún más perverso, que además indica el tipo de mente reaccionaria del Joker, uno de los barcos está poblado por trabajadores y reclusos de la cárcel de Gotham. Mientras estos no pueden hacer nada salvo quejarse, en el otro barco “los ciudadanos” claman por una votación que les permita salvarse, aunque sea a costa de cientos de vida humanas que, a sus ojos, han cometido demasiados errores para merecer su respeto. Pero, a pocos minutos de la hora límite, uno de los convictos tira el detonador que podría salvarle por la borda. Este acto es el centro fundamental de la trilogía de Nolan: todo individuo dentro de un sistema es relevante, todo individuo es responsable, todos podemos ser héroes y villanos. A veces las dos cosas a la vez. Es un acto quizá inverosímil, quizá naif (¿o quizá no?), pero Nolan no presenta tanto lo que cree que ocurriría como lo que cree que debería ocurrir. Ese es el poder del símbolo, presentarnos lo que podría ser, a lo que podríamos aspirar tanto como el horror que podemos crear. Por eso Batman comprende que jamás podrá ser parte del sistema. Mientras siga actuando como justiciero será solo un elemento desestabilizador, pero como símbolo tiene un gran poder. Esta es la razón por la que resulta tan tentador y a la vez tan difícil acercar a Batman a la realidad: la confrontación nos recuerda que, en nuestro mundo, alguien así sería poco más que un fascista, pero convertido en idea resulta fascinante y su complejidad enriquecedora.

Un último apunte sobre El caballero oscuro antes de pasar al cierre de la trilogía, relevante para entender algunas de las cosas que se introducirán allí. Aunque los personajes femeninos siguen siendo escasos aquí, también su representación recibe un importante cambio: Rachel Dawes no solo está escrita con más cuidado y mimo, sino que Katie Holmes es afortunadamente reemplazada por la siempre notable Maggie Gyllenhaal, cuya energía y dignidad hacen que el personaje pase de ser una marioneta que aparece cuando la historia lo requiere a un individuo con agenda propia que sigue existiendo incluso cuando no está en escena, convirtiéndose en ese elemento de contraste que comentábamos anteriormente.

El caballero oscuro (2007)
El Joker (Heath Ledger) en El caballero oscuro (2008)

4. Destrucción (El caballero oscuro: la leyenda renace, 2012)

El problema de El caballero oscuro: la leyenda renace es que, por mucho que lo intenta, le resulta imposible ser algo más que la secuela de El caballero oscuro. Incluso el título así lo indica: podría pensarse que Batman Begins es el prólogo y la tercera parte solo una coda argumental. Sería injusto reducirla a eso, pero lo cierto es que Nolan tiene problemas para encontrar nuevos territorios que explorar o matices que aportar a lo ya contado. De ahí que la trama se vuelva tan importante y sea la más compleja de las tres películas: cuando no tienes nada que contar, lo mejor es contar muchas cosas.

Han pasado varios años desde los eventos de la anterior película. Alimentada de sueños e ideales por el símbolo en que se ha convertido Harvey Dent, gracias a una mentira urdida por Gordon y Batman para preservar su imagen tras su muerte, Gotham vive una época de esplendor económico y paz en las calles sin precedentes. Sin embargo, un nuevo villano, Bane, se cierne sobre la ciudad, forzando a Bruce Wayne a salir de su retiro y volver a vestir el disfraz de murciélago. Varios personajes nuevos se convierten en aliados de Wayne, desde la ladrona Selina Kyle hasta el joven policía Blake o la empresaria Miranda Tate. Sin embargo, todos sus esfuerzos resultan inútiles: derrotado, Batman acaba en el fondo de una miserable prisión en un lugar remoto del mundo, de la que tendrá que escapar, alzándose de sus cenizas, para salvar a Gotham.

En lo formal, La leyenda renace es totalmente continuista con la línea marcada por El caballero oscuro, tanto que casi se podría considerar una extensión más que una secuela. Es una decisión coherente, teniendo en cuenta que la base narrativa es muy similar: el derrumbe de una sociedad. Si en las anteriores películas resultaban cada vez más claras las referencias a la actual situación mundial, aquí resultan totalmente evidentes. Rodada en plena crisis económica y política, La leyenda renace muestra a una clase gobernante acomodada que corre a esconderse en cuanto surgen los problemas, una bonanza económica motivada por una gran mentira que cientos de pequeños tiburones aprovechan para llegar a lo más alto y un villano que se hace fuerte en un discurso populista del que parecen haber sacado mucho los Orban, Bolsonaro y Trump que pueblan nuestra clase política actual. Es precisamente este villano, Bane, lo más interesante de la función: con su imponente presencia física, un rostro siempre oculto bajo una inquietante máscara y unos modales a medio camino entre el encantador de serpientes y el puerta de discoteca, en Bane se ha destilado con mucha inteligencia esa mezcla de masculinidad brutal y convicción fanática que ha hecho populares a personajes como Santiago Abascal (aunque estos estén, en general, peor escritos e interpretados). Bajo su batuta, los enemigos de Batman se las arreglan para doblegar tanto al Caballero Oscuro como a la ciudad de Gotham, que termina sumida en un estado de dictadura militarizada y sin nadie que la defienda, más allá de un pequeño grupo de resistentes. Nolan recoge así el miedo de muchos, aún vivo, a que el populismo dé el siguiente paso y evolucione en fascismo.

El otro as bajo la manga de la película, aparte de Bane, es la inclusión de personajes femeninos capaces de cuestionar la predominante mirada masculina. En un momento de la película, con la ciudad ya tomada por Bane y su ejército, Gordon visita al cobarde jefe de policía Foley para convencerle de que se una a la resistencia. La que abre la puerta es, sin embargo, su mujer, pero Foley rápidamente le pide que se vaya y espere en la cocina. Es un detalle pequeño, pero que lleva detrás décadas de tradición en el relato de superhéroes (o el policiaco, de hecho) y que refleja bien el pensar de ese hombre que representa a tantos hombres dentro del mundo de Batman. En La leyenda renace, a esa tradición se contraponen dos personajes, Miranda Tate y Selina Kyle. La primera, una empresaria con conciencia ecológica que ayuda a Bruce Wayne. La segunda, una ladrona de guante blanco que tiene claro que la única forma que tiene una mujer de escapar de los roles impuestos es fingir y engañar. Ambas, de hecho, tienen una personalidad secreta: Miranda Tate es en realidad Talia, hija de Ra’s al Ghul y líder en la sombra del ejercito capitaneado por Bane, mientras Selina Kyle es la icónica Catwoman. De las dos, la más interesante es sin duda la segunda, lo que no resulta muy sorprendente: Catwoman siempre ha sido uno de los personajes con más potencial del universo de Batman, y Anne Hathaway se adueña de ella y consigue imponer algo de ruptura en un relato muy desequilibrado a nivel de género. Con todo, la jugada no acaba de salirle especialmente bien a Nolan. Catwoman se defiende más por el esfuerzo interpretativo de Hathaway que porque el guion le dé algo de espacio para desarrollarse, pero está muy por encima de la pobreza de Miranda Tate, un personaje que solo gana cierta consistencia cuando se revela su identidad secreta, algo que ocurre apenas unos minutos antes de que muera. Antes de eso, ni siquiera el talento de Marion Cotillard es capaz de elevarlo más allá de lo puramente instrumental y como forzado interés romántico de Bruce Wayne. Es uno de esos casos en los que la obsesión por el giro argumental acaba por arruinar toda una serie de posibilidades dramáticas a cambio de… una sorpresa de cinco segundos. En cualquier caso, el problema de Miranda Tate/Talia no es solo que el truco le escamotee el tiempo que necesitaría para mostrar quién es realmente, sino que lo que se muestra es también un tanto contraproducente. En lugar de ser una mujer con un proyecto propio, Talia resulta ser una heredera del discurso de su padre, lo que es interesante de cara a Batman (una vez más, sus actos son la fuente de una violencia posterior) pero no tanto de cara a ella, que termina por ser una pobre marioneta con ansias de venganza.

Catwoman
Catwoman (Anne Hathaway) en El caballero oscuro: la leyenda renace (2012)

No se puede negar el esfuerzo de los Nolan por hacer una película de superhéroes tan atenta a lo contemporáneo. Sin embargo, son tantas las posibles referencias, y en algunos casos tan obvias, que el conjunto acaba careciendo de la universalidad y la concisión de El caballero oscuro. Siguen ahí las contradicciones de Batman, por supuesto, y se sigue trabajando alrededor de la pregunta central: ¿es un símbolo que representa a aquellos ciudadanos que luchan por conseguir un mundo mejor (entendiendo que esa lucha no tiene por qué ser violenta) o, por el contrario, representa la constatación de que el sistema está podrido y necesita de líderes fuertes que tomen decisiones por todos los demás? Pero lo cierto es que, tras la anterior entrega, a Nolan no le queda ya mucho que añadir a esa reflexión, y algunos de los nuevos aportes generan más confusión que otra cosa. A ratos parece incluso que la película está tentada de ceder a cierta idealización del personaje que hasta ahora ha evitado con inteligencia. Si en El caballero oscuro Nolan puso toda la carne en el asador para conseguir mostrar las contradicciones de Batman, explorando a partir de lo marcado por Frank Miller hasta conseguir que el personaje volviese a resonar como un símbolo relevante, fascinante pero también incómodo de nuestra sociedad, aquí se intuye un cierto deseo de limpiar su imagen y convertirle en un elemento necesario dentro de un sistema inoperante. De esta forma, la película se escora hacia el mismo populismo que parece querer denunciar con Bane. Lo más irritante es que no lo hace tanto por convicción como por torpeza.

Como si supiera que no tiene un triunfo sólido al que apostar, la película acaba incluyendo todo lo que tiene a mano con la esperanza de que surja algo, incluso aunque sean elementos un tanto antagónicos. De ahí que, en la entrega en la que más se apuesta por acercar la trama a nuestra realidad sea también en la que se juega más con elementos fantásticos, particularmente el largo episodio de Batman en esa prisión de un país remoto que perfectamente podría encajar en un relato de Conan el bárbaro o, simplemente, en otro tipo de historia de Batman, más concentrada en la fantasía de poder y, por encima de todo, en el arco dramático interno de Bruce Wayne. Porque, y en esto La leyenda renace es mucho más fiel a Batman Begins que a El caballero oscuro, lo que aquí verdaderamente importa es cerrar el viaje de los personajes. Y, como ya hemos dicho, hay muchos, muchos personajes. En lo que parece una maniobra para asegurarse de que Warner no continuaba la saga, ya fuera con o sin él, Nolan y su hermano se afanan desde el guion en cerrar todas las líneas argumentales y arcos dramáticos abiertos, recuperando incluso cosas que parecían cerradas y añadiendo elementos fundamentales del universo de Batman que hasta aquí no habían dado señales de vida, como Robin y Catwoman. Como Nolan es siempre un eficaz cuentacuentos, la peripecia de La leyenda renace es emocionante de ver, pero al no tener muy claro qué quiere aportar a lo ya contado, y al mismo tiempo tratar de aportar mil cosas, se vuelve una experiencia más vacía y más confusa, incapaz de dejar la huella que sí dejaba su antecesora.

El caballero oscuro: la leyenda renace
El caballero oscuro: la leyenda renace (2012)

5. Mito

Una de las críticas más habituales que se le ha hecho a la trilogía de Nolan es que se toma demasiado en serio a sí misma. Me llama la atención porque tengo la sensación de que eso parece venir a decir que solo existe una forma correcta de acercarse a Batman, e intuyo que eso tiene que ver con que se le está negando al personaje algo que a estas altura me parece indiscutible: se trata de uno de los grandes mitos de nuestra era. A lo largo de ya casi 100 años desde su creación, Batman ha ido transformándose en algo más que un superhéroe, ganándose un espacio en el imaginario colectivo junto a otros personajes como Sigfrido, Liu Bei, Aryuna, Atenea, Don Quijote o Peter Pan, espejos en los que nos miramos una y otra vez en busca de respuestas. Si estos y otros tantos mitos han seguido siendo relevantes siglos después de su creación es porque representan cuestiones universales del ser humano, pero también porque su ductilidad nos ha permitido acercarnos a ellos de mil formas posibles. Si lo que buscamos es un Batman que no se tome en serio, ¿no tenemos ya la versión pop de los inicios o las encarnaciones de Batman y Robin o Batman: la Lego película (Chris McKay, 2017)? También tenemos obras operísticas, como la trilogía de videojuegos de Rocksteady; aproximaciones al noir como la serie de animación de los 90; planteamientos detectivescos herederos de Sherlock Holmes como el de El largo Halloween o su continuación, Victoria oscura; fábulas góticas como las dos películas de Tim Burton e incluso viajes al corazón de la pesadilla como el Arkham Asylum de Grant Morrison y Dave McKean.

Por eso no comparto lo que dice Mazzucchelli, más bien al contrario. Los mitos están ahí para confrontarlos, manipularlos, reformularlos y, en definitiva, jugar con ellos. Cada vez que le negamos el camino de la diversidad, el mito se empobrece porque pierde su posibilidad de hablarnos a todos, de abrirse nuevas vías hacia el futuro. En el terreno de la creación, nuestra responsabilidad como individuos dotados de una imaginación sin límites es no cerrar ninguna puerta. Atrevámonos a experimentar con ideas que no compartimos, a buscar lo hermoso en personajes que despreciamos, a encontrar en cada mito lo que tiene de vulgar y lo que tiene de elevado, lo que tiene de noble y de miserable. Si los mitos son de verdad valiosos, el proceso los hará tan eternos e indestructibles como lo seamos nosotros.

Trilogía: El caballero oscuro


[1] Siendo justos, Joel Schumacher sí intentó en Batman y Robin (1997) deshacerse del elemento traumático del personaje, pero el público le dio la espalda. Es posible que el problema fuera solo la escasa calidad de la propuesta, pero teniendo en cuenta que su antecesora, Batman Forever (1995), era en muchas cosas bastante similar, cabe preguntarse hasta qué punto no fue rechazada sencillamente por intentar eliminar algo que ya consideramos consustancial al personaje.

[2] Como decíamos antes, la madre de Bruce Wayne es básicamente convertida en una figura de fondo en Batman Begins, probablemente para concentrarse en las rimas y contradicciones entre las diferentes figuras paternas. Siendo una decisión muy discutible (sobre todo por la arcaica visión de los roles paternos que implica), es justo reconocer que es bastante coherente con lo visto en gran parte de los cómics, donde Martha Wayne es comúnmente sustituida por un collar de perlas que se hace pedazos contra el suelo, mientras Thomas Wayne suele recibir una mayor atención y desarrollo.

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