DUNE: EL DESAFÍO DE FRANK HERBERT

Adaptar una novela. Lynch, Jorodowsky y Villeneuve in media res

Dune, novela

Peligro, misterio y juventud. Una bruja en el castillo de un Duque con el desafío de enfrentar a la muerte. El test del Gom-Jabbar superado, y un corazón de 15 años lleno del orgullo del triunfador y las promesas de un viaje más allá de la estrellas. Es Dune, la novela.

El ingeniero Frank Herbert (Tacoma, Washington;  1920-1986) escribió ya hace más de 50 años un cuento de aventuras. De príncipes y princesas, emperadores, magos, guerreros y monstruos. Y léase cuento como un elogio, como una referencia a la capacidad de narrar con sencillez y cercanía. De atrapar dentro de la historia. Y sí, también naves espaciales. Y sí, por supuesto, luego llegó el éxito y hasta 9 novelas más. Las ideas fundamentales se desarrollaron y el viaje de un joven y su madre se convirtió en Saga-Galáctica. Una Space Opera con mayúsculas que ha servido de fuente de reflexiones en torno a la religión, el autoritarismo, el monopolio del petróleo, el racismo, las drogas, etc. La humanidad lleva leyendo Dune, la novela, desde hace más de medio siglo y las interpretaciones se han multiplicado tanto como sus lectores.

Pero eso llegó después. La historia de Dune es sencilla. Recoge la lucha de 2 familias por un recurso preciosísimo: aquél que permite el viaje interespacial y, por tanto, la civilización. Este conflicto, que es político, se concentra en los herederos de sendas familias. Paul Atreides y Feyd-Rautha Harkkonen, unidos por la guerra entre (y dentro) de sus familias, pero también por otro vínculo aún más estrecho y secreto.

Agonista y antagonista viven un viaje fantástico, de caballeros buenos y caballeros malos, de honor y traición, perfecto para dejarse envolver en un aura intangible como la que ofrece el soporte literario. Los paisajes, los rostros, la ropa, el brillo de la melange sobre la arena del desierto, los gusanos, los sietch, los ojos azules… Todo queda a merced del molde inconsciente del lector potenciando la fantasía intrínseca a la historia. El cine aplasta de golpe esta puesta en escena brumosa y, en cierta manera, naif. De golpe las naves espaciales, los gestos, las espadas, los militares ensangrentados, los fremen perseguidos, en definitiva, la realidad de un conflicto, terrible, inmenso y futurista, se vuelve completamente explícita. La ventaja con la que juega Frank Herbert en el libro, vistiendo de encanto aquello que no se ve, corre riesgo de desvanecerse completamente.

Y es que, la tecnología, en Dune, es irrelevante, es, a lo sumo, entre un recuerdo y una promesa, pero nunca la fuente del poder. Ni siquiera para la Cofradía Espacial. No son las naves lo que permiten el viaje interestelar. Y esto no es habitual en la ciencia ficción. Incluso en el universo Jedi, con toda su mística, la primera trilogía gira en torno a la destrucción de un arma espacial gigantesca; y en la segunda, es el control simultáneo de los ejércitos (clon y robótico) lo que permite que uno de los bandos se imponga. Por establecer una posible Santísima Trinidad de la ciencia ficción, en Blade Runner el poder reside en la superioridad, casi inmortal, de lo inorgánico, de la Máquina y su mente que todo puede computar y simular, sin cansancio, sin más miedo al tiempo que aquél que impone el frágil humano. En cierta manera esta supremacía de la máquina, con todos sus matices, también se encuentra en Matrix o Terminator o Yo Robot.

El poder es un puño con cara de robot, de inteligencia artificial, de ejército. Y justifica la narrativa, plantea el conflicto entre los que lo poseen y los que carecen de él de manera palpable. Esto facilita el trabajo a la hora de transmutar la narrativa literaria a la gran pantalla. Sin embargo, no es ahí donde se encuentra el motor que impulsa a los acontecimientos en Dune. La travesía en el desierto de Paul Atreides no es exterior, sino una maduración interior, cual fruta eugenésica sembrada por el plan genético y reproductivo de la hermandad Benne Gesserit, desencadenada por el ecosistema (incluyendo, porque lo es, al humano como solo un elemento más del ecosistema) concreto y hostil de Arrakis.

Dune, de Alejandro Jorodowsky

Esta peculiaridad puede explicar por qué directores considerados como poco convencionales en su uso del lenguaje cinematográfico como David Lynch o Alejandro Jodorwsky se acercaron a Dune. Lo cual nos lleva a Dennis Villeneuve, firmante de obras como la La llegada, en que la protagonista es una mujer lingüista, aunque el mundo esté al borde de la guerra civil humana definitiva.Dennis Villeneuve es un director con aura de autor y sin duda ha impreso su sello a la nueva adaptación de la novela, sin esquivar los matices complicados que llevaron a Dune hasta ser algo más que Dune.

La sobrecomplejización de Dune es, probablemente, una de las grandes trampas del reto inherente a llevar la novela hasta la imagen explícita que es el cine. Ya sabemos que no va a bastar con una sola película. Uno se pregunta qué pasaría si el director fuera el David Lynch de Una historia verdadera. En cualquier caso, esta es la Dune de Villeneuve (…y Warner Bros …y HBO Max). Es un proyecto ambicioso, en recursos y también en intenciones.

Si la obra consigue mantener la cercanía y un poco, quizá, de la ingenuidad, en definitiva, si consigue mantener ese aura de cuento para pequeños y grandes, puede que llegue a ocupar un lugar junto al libro en la memoria de los amantes del género. En cualquier caso, el espectáculo prometido parece garantizado.

Dune, de David Lynch

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.