DEVS

Deus en la máquina

Alex Garland, a estas alturas, no puede ser considerado una simple voz más en el panorama de la fantasía y la ciencia ficción actual. Su carrera dentro del cine de la década anterior como guionista fue prolífica, y se tradujo en varios títulos, alguno tan icónico como el de 28 días después (Danny Boyle, 2002). Además, trabajó para Boyle en la esquizofrénica La playa (2000) o Sunshine (2007), sin olvidar la estimable Nunca me abandones (Mark Romanek, 2010), en la que adaptó la novela del Nobel japonés Kazuo Ishiguro. Su salto a la dirección fue sonado, con la gran Ex Machina (2014) y, posteriormente, la menospreciada Aniquilación (2017), demostrando un sello muy personal en su acercamiento a la ciencia ficción. En ambas películas, por un lado, destaca una estética muy marcada, cromáticamente muy llamativa, estilizada y de atmósfera tremendamente opresiva. Por otro, sus temáticas abordan conflictos identitarios englobados en un contexto alienante, ya sea por la tecnología y la inteligencia artificial o por entidades extraterrestres. La interacción entre lo humano y lo ‘otro’ se ve atravesada por un juego perverso de lo natural en confluencia con lo artificial. Estas obsesiones se observan también, hasta cierto punto, en su nueva serie, Devs (2020).

Aquí, en Silicon Valley, Amaya, una empresa puntera en tecnología, será el lugar donde se desarrollan los hechos. Más específicamente, en Devs, la parte de la empresa que se ocupa del “desarrollo” más refinado y alrededor de la cual circula un extremo secretismo e idolatría. A partir de una desaparición que afecta personalmente a la protagonista, Lily Chan (Sonoya Mizuno), trabajadora de Amaya, se desencadena una investigación a modo de thriller, más englobada en el género de espionaje que en la ciencia ficción. Por supuesto, esto es solo una apariencia a modo de excusa para que Garland pueda mostrar, a cuenta gotas, lo que verdaderamente ocurre en Devs. Y es que, en realidad, importa lo relacionado con la máquina que opera dentro del edificio ultra secreto, la cual pondrá en cuestión nuestra propia esencia, planteando teorías que juegan con nociones espacio-temporales, el determinismo y el libre albedrío humano.

Quizá sea, de hecho, la enorme importancia estética que recae sobre todo aspecto vinculado a dicha máquina lo que lastre a Devs en ciertas facetas. Ejemplos de este lastre podrían ser el desarrollo o construcción de algunos personajes. El hipnotizante poderío visual desplegado por Garland eclipsa, por momentos, la excesiva frialdad (que para algunos podría considerarse incluso simpleza) de personajes cuyos arcos y líneas de diálogo no terminan de cuajar. En ese sentido, el guion puede ser ligeramente irregular, oscilando entre giros que sí funcionan y otros demasiado prefabricados, o entre conversaciones superfluas y otras de incisiva enjundia filosófica.

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El contrapunto, posiblemente, lo ponga Forest, el antagonista interpretado por Nick Offerman, alrededor del cual se vislumbran los puntos más interesantes de la serie en lo que a sus personajes se refiere. Forest es el empresario que creó Amaya, el hombre obsesionado con la misteriosa máquina que guarda en Devs y el padre y marido que sufrió una terrible pérdida, la cual desencadena la mencionada obsesión y creación de la máquina desde un primer momento. El significado de la pérdida personal cobra enorme magnitud, por un lado vinculándolo a la pérdida de Lily y, por otro, estableciendo una relación de causa-efecto entre el dolor individual y las consecuencias de proporciones bíblicas que se ponen sobre la mesa. No es casualidad, en absoluto, que haya un parecido físico razonable entre Forest con un tardío Charles Manson, al igual que las numerosas referencias religiosas, que se entremezclan con lo tecnológico y lo profano.

Devs intenta poner de manifiesto que la creencia no se marcha nunca del todo, ni siquiera de la humanidad más anestesiada tecnológicamente y más soterrada en el cientificismo (tampoco es casualidad que su nombre sea, prácticamente, “Deus”). Es por esto que en la serie conviven, unificados, el culto sectario cuasi-religioso con la ciencia y la tecnología, la creencia en base a la certeza, y la naturaleza con el artificio. Como poderoso refuerzo, es muy inteligente el uso de la música, a medio camino entre lo electrónico, lo ominoso, lo religioso, lo tribal, en plena consonancia con el fluir interconectado del tiempo que se postula en Devs. Además, con ella también se buscan cortocircuitos tonales entre lo mostrado y lo escuchado tremendamente sugerentes (por ejemplo, en una escena de aparente idilio romántico, pero próximo asesinato).

El secretismo no termina de desaparecer hasta el final de la serie e, incluso entonces, el episodio de clausura es bastante arriesgado en su resolución última. No obstante, la nueva creación de Garland es, en definitiva, un interesante viaje por algunas de las penurias humanas a través de lentes tecnológicas y antropológicas. Cuando su hipnótico dispositivo estético se entrelaza con un adecuado apoyo narrativo, Devs consigue alcanzar momentos de indudable singularidad.


Devs (Estados Unidos, 2020)

Dirección: Alex Garland / Guion: Alex Garland (creador) / Producción: Alex Garland, Garrett Basch, Eli Bush, Andrew Macdonald, Scott Rudin / Música: Geoff Barrow, The Insects, Ben Salisbury / Fotografía: Rob Hardy / Editor: Jake Roberts / Diseño de producción: Mark Digby / Reparto: Sonoya Mizuno, Nick Offerman, Jin Ha, Cailee Spaeny, Stephen McKinley Henderson, Alison Pill, Zach Grenier, Karl Glusman, Amaya Mizuno-André.

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