FESTIVAL MÁRGENES: SECCIÓN OFICIAL

Una amplia idea de familia

La 9ª Edición del Festival Márgenes ha terminado y ahora toca hacer un repaso de todas las propuestas de su Sección Oficial, una sección marcada sin lugar a dudas por la reflexión sobre la familia, siendo recurrente la mirada al pasado familiar como forma de resaltar cicatrices y heridas, pero también alegrías.

La evolución de una familia a lo largo de varias décadas se plasma en el montaje de Los Pilares (Raúl Vallejo, Claudia Negro, Lucía Touceda, Javier Moreno, España, 2018). Desde 1971 hasta los inicios de 2018, Antonio García Zarandieta grabó a su familia y amigos en la finca que da nombre a la película. Unas grabaciones realizadas sin mayor pretensión que alimentar el archivo familiar, el recuerdo y el cariño, y de las que los directores se han servido para desarrollar un relato en el que el paso del tiempo adquiere el cáliz de protagonista. Solo hay una imagen en Los Pilares que parece no pertenecer al archivo de Zarandieta, en ella se observa como el protagonista “tiempo” ha teñido la cubierta de la piscina y como la silueta de Zarandieta camina tras ella. Un plano que concentra a ambos personajes en una única escena para fundir presente y pasado, tiempo y temporalidad, vejez y vetusto.

 

Sumándose a la idea de familia como hilo conductor, aparece Tempo comum (Susana Nobre, Portugal, 2018). La película es la inclusión de un nuevo miembro al núcleo familiar, un nacimiento, lo que sustenta una narración que gira en torno a los cambios y nuevos retos que surgen ante tal circunstancia, tanto a nivel colectivo como individual. Con especial atención sobre los personajes femeninos, Susana Nobre expone los pormenores de la maternidad sacando a relucir ciertos aspectos de la misma, tradicionalmente relegados al ámbito privado. En este sentido podemos encontrar pequeñas escenas costumbristas referidas a los cuidados del bebé, como el acto de dar el pecho o el primer contacto con un sacaleches. Precisamente este parece ser el punto de la película, la desmitificación y normalización de estos pequeños detalles, a través de una fotografía luminosa y natural que conjuga perfectamente con esta intención.

De una vida que nace a otra que se evapora. Es 1999, Benedicta Rodríguez Sobrino es entrevistada, y de su relato extraemos los recuerdos de una mente anciana, pero aún lúcida. Ocho años después, su testimonio resuena en el salón de su hogar mientras, colmada por el cariño de su hija y rodeada de las fotografías que atestiguan su vida, Benedicta dormita en su sillón si dar muestra alguna de consciencia. De Barrio (Xurxo Chirro, España, 2019) nos introduce en la vivienda familiar de Benedicta Rodríguez Sobrino en dos tiempos distintos, pero de forma simultánea. La cercanía con la que Xurxo Chirro enmarca a la senil anciana podría considerarse de carácter morbosa y de mal gusto si Wang Bing no hubiera superado con creces esa barrera en Mrs. Fang (Wang Bing, China, 2017). En cualquier caso, la vida de Benedicta solo es la excusa, o el punto de partida más bien, para el medido acercamiento del cineasta a la historia reciente de la Galicia rural desde una perspectiva humana y costumbrista.

Andrómedas (Clara Sanz, España, 2019) también tiene la vejez como uno de sus focos, aunque no tanto por la degeneración física y mental que conlleva, sino por las relaciones intergeneracionales que se establecen. Se trata de Rosita y María, inmigrante ecuatoriana que cuida de ella. Se trata también de Rosita y Clara, su nieta y autora del film, quién quedará a su cargo mientras María vuelve a su país por un compromiso familiar. La película busca construir estas relaciones a través de gestos cotidianos, cenas íntimas en torno a una mesa camilla y la vida que se respira a través del gran ventanal del salón y el tiempo, con las estaciones que se suceden una tras otra.

Festival Márgenes - Revista mutaciones
Andrómeda, de Clara Sanz

Escarbar en el pasado de Luis Alberto Quijano, testigo primordial de una de las causas abiertas contra la dictadura argentina implica a la vez explorar dentro del dolor de una comunidad para sanar las heridas causadas. El hijo del cazador (Germán Scelso, Federico Robles, Argentina, 2018) representa un retrato personal de la relación de un hijo con uno de los represores de la ciudad de Córdoba durante la dictadura. Lo individual se convierte en colectivo, y lo familiar, en político dentro del testimonio de Luis Alberto. A través de conversaciones, visitas a lugares donde estuvo con su padre (como el centro de detención La Perla, o la casa de su infancia) y recuerdos sobre su vida, El hijo del cazador reconstruye la aflicción que supuso en el crecimiento de un niño la convivencia con un torturador. “Yo he visto cómo mataba a un hombre cuando yo era chico”, confiesa.  El proceso de Luis Alberto alcanzó su sanación cuando se atrevió a personarse en la causa contra su padre, un acto lleno de coraje y redención, pero que dejó marcas y heridas permanentes en su piel. “Si pudiera me iría a vivir lejos de la gente. Solo”, sentencia Luis Alberto. En esas heridas todavía supura la necesidad de la búsqueda de los desaparecidos, la detención de los represores o la devolución de las requisas realizadas por los militares.

La búsqueda en el pasado familiar ha estado presente en otras piezas de la programación como en Historia de mi nombre (Karin Cuyul, Chile, 2019) y Doble yo (Felipe Rugeles, Colombia, 2018). En la primera, el indicio que le lleva a Karin Eitel a indagar en su pasado se destapa al descubrir que una mujer con su mismo nombre había sido torturada en 1987. Un hallazgo que pudiera haber sido casual, pero que implica un análisis del pasado familiar que termina por ramificarse en la historia de la nación. De nuevo lo familiar se convierte en colectivo cuando detrás del vínculo anecdótico radica una historia llena de ausencias, silencios, miedos y traumas. Karin Cuyul reconstruye la historia de su familia visitando las ciudades de su infancia y repitiendo las numerosas mudanzas de norte a sur que realizó junto a sus padres. Entre cambios de paisaje, desde el árido norte chileno hasta el frondoso sur de la isla de Chiloé, la directora introduce los vídeos familiares que una amiga le prestó. No importa que esas imágenes no correspondan a su infancia, porque Karin Eitel pudo ser cualquiera de los desconocidos que grabó aquella cámara. Una historia llena de verdad, descubrimiento y crecimiento.

 

En Doble yo (Felipe Rugeles, Colombia, 2018), en cambio, se tratará de una doble búsqueda, familiar y nacional. Familiar, siguiendo la vida de Gregorio Hernández de Alba, la cual conoceremos de la mano de su propio hijo, así como de diverso material gráfico y los propios diarios de campaña que el etnógrafo escribía durante sus expediciones a Tierradentro. Y nacional, por el recorrido minucioso por la herida, aún abierta, de la represión indígena por los conquistadores. Siguiendo a priori una línea documental convencional, convive con la representación alegórica de la llegada de los conquistadores españoles a América utilizando al personaje ficticio Pero López como la suma de la arrogancia y vanidad del conquistador sobre el conquistado. De la relación de estos dos discursos se extrae un paralelismo entre estos primeros colonizadores y las campañas encabezadas por Gregorio Hernández de estudio del indígena, y su posterior adoctrinamiento en la nueva identidad nacional colombiana. Una herida que pervive en un último primer plano desolador.

Otra obra arbórea que despliega sus ramas hacia numerosos frentes y en el que también se incluye el pasado familiar es Pirotecnia (Federico Atehortúa Arteaga, Colombia, 2019). Arteaga se basa en la reconstrucción de imágenes de hitos históricos de Colombia para establecer un diálogo entre la ficción y la realidad y reflexionar sobre sus límites o sobre el discurso dominante. El testimonio de un exmilitar sobre una historia perversa de “falsos positivos” cobra matices cuando contrapone imágenes de familiares de fallecidos en el conflicto bélico colombiano. La guerra, la obsesión por descubrir la verdad (o el mito) y el pasado confluyen en la historia de la madre del director, sin habla desde hace décadas. Arteaga cierra una reflexión que puede sintetizar las raíces en las que se sustenta Pirotecnia: “Lo que quería hacer al grabar esta película era descubrir si mi madre fingía o no, si se había quedado muda o se estaba muriendo. Aunque, tal vez, no haya diferencia entre alguien que sufre y alguien que finge sufrir”.

Pese a todo lo dicho no todo ha girado en torno a la familia. También ha habido espacio en esta edición para la exploración de otros temas, otras dinámicas, y para la experimentación. Es el caso de Retrato de propietarios (Joaquín Maito, Argentina, 2018), una obra peculiar que tiene por protagonistas perros y gatos revolucionarios que podrían tener su eco en ‘Rebelión en la granja’ si no fuera por la ausencia de la ironía mordaz que Orwell logró imprimir en su alegoría sobre la URSS de Stalin. De discurso libertario y anticapitalista, con cita y homenaje explícito al símbolo anarquista Buenaventura Durruti: “Llevamos un mundo nuevo en nuestros corazones”. Pese a lo curioso e inspirador del concepto, éste se agota muy rápido, y las imágenes carecen de la fuerza para sostenerlo durante la casi hora y media de metraje.

 

Ocurre lo contrario con la fascinante experiencia que es de principio a fin Píncipe de Paz (Clemente Castor, México, 2019). Apenas hay unos retazos narrativos a los que agarrarse y un puñado de personajes de los que poco sabemos, y el descubrimiento de un esqueleto gigante como elemento fantástico/surrealista en torno a lo que se centraliza todo. Pero es de sus limitadas interacciones, sus gestos mudos, y su composición en el interior de una medida fotografía, la cual hace del contraluz y la iluminación en clave baja su propuesta estética, que el cineasta construye unos espacios de reflexión y exploración física que conducen, lento pero seguro, hacia una catarsis final cargada de simbolismo y de un poderío visual soberbio.

Otro ejemplo de experimentación es 7 Limbos (Alexandre Concelo, Berio Molina, España, 2019). La película consta de siete capítulos bien diferenciados desarrollados en siete espacios vacíos, siete limbos. En estos espacios suspendidos en el tiempo, la cámara filma a unos extraños individuos transitar por ellos interactuando de diversas formas con los diferentes elementos que se encuentran. La imagen cumple con creces a la hora de ofrecer encuadres interesantes, con una cámara baja casi permanente favoreciendo el contrapicado. Sin embargo, es en el plano sonoro en el que se encuentra el verdadero valor de la película y el mayor grado de experimentación.

Y si en Los Pilares las imágenes del archivo familiar dan forma a recuerdos y memorias, en Millions (and Millions) of Memories (Laura Rius, Carlos Solano, España, 2018) la reconstrucción de los recuerdos de Carmen, embelesada con los cruceros y el microcosmos generado en su interior, son los protagonistas de la historia. Una energética que transforma el hilo conductor de la película para desvelar la otra historia, la que se destapa cuando los que la cuentan ya no están. Así la película muta de la entrevista documental a otro plano más onírico, menos real, parecido a la fingida realidad que circunda los cruceros.

 

Un camino similar arropa a <3 (María Antón Cabot, España, 2019), donde por medio de entrevistas realizadas en un parque madrileño se indaga sobre las percepciones del amor. Adolescentes y jóvenes responden a dilemas que la directora plantea a cerca de la idealización del amor. Los entrevistados responden con la presencia de parejas o amigos para generar situaciones de conflicto, ternura, sorpresa y confidencia. El plano final nos da pistas sobre el camino transitado por la directora, en el que el destello y el mensaje de texto copan el relato. Por último, los reflejos, aunque en este caso de la noche, sirven para el soliloquio de Rafael en Sete anos em Maio (Affonso Uchoa, Brasil, 2019). Una confesión que magnifica el silencio de la noche y la oscuridad del cielo. Uchoa alarga la noche de Rafael para convertirla en metáfora de su pesar diario. Traumas que dejan heridas imborrables.

 

Por Borja González y Manuel Muñoz

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