THE BETA TEST

Postimperio

The Beta Test Revista Mutaciones 2

En las páginas de sus memorias, Blanco (2019), el escritor Brett Easton Ellis ha explicado que en numerosas ocasiones le han preguntado qué fue de la más enervante y célebre de todas sus criaturas literarias, el yuppie asesino Patrick Bateman. Psicótico protagonista del best-seller American Psycho, que fue publicado en 1991 y es hoy todo un clásico de la literatura estadounidense más abrasiva de finales del siglo XX, Bateman ejerció entonces de apolíneo retrato de Dorian Gray para Ellis, cobrando una vida propia en las mentes de sus lectores como novelesco icono de una cultura caníbal. La cultura de una parte del mundo que era narrado por él mismo en términos absolutos, erigiéndose como causa y consecuencia (o víctima y verdugo) de pelotazos bursátiles, un conservadurismo atroz suavizado en sus formas por el lujo, la juventud o el dinero, y una nueva escala de valores donde la salvaguarda de las apariencias ejerció de precario pegamento para unas relaciones sociales presas de la abulia, la gelidez y una desesperación que no sabía (o no quería) liberarse de sí misma.

De algún modo, The Beta Test (2021) ofrece una posible respuesta a esta pregunta que ha caído y cae sobre Ellis una y otra vez ¿Qué fue de Patrick Bateman? A lo que Jim Cummings y PJ McCabe, ambos directores, guionistas y actores principales de esta película, parecen replicar: lo mismo que ha sido de su mundo en estos treinta años desde que Bateman se introdujo insidiosamente en las mentes de sus compatriotas. Y aunque The Beta Test sea infinitamente más amable y hasta vulgar en sus formas, no ocurra en Manhattan, si no en Hollywood, su protagonista trabaje en una agencia de talentos y no en una de inversiones y no llegue a mancharse nunca las manos de sangre como sí hacía (y cómo) el narrador de American Psycho, resulta difícil no contemplar este filme como el retrato desvaído de la misma forma de vida, que aquí se reconoce a sí misma desde el filo de su extinción.

Buena prueba de ello es que el retrato de su protagonista ya es casi arquetípico: Jordan Hines (Jim Cummings) trabaja para la compañía APE (sic) como agente de talentos, lleva cinco años sin probar el alcohol y se encuentra a seis semanas de consumar matrimonio con su novia, Caroline (Virginia Newcomb), con la que intercambia continuos mimos y afectos que subrayan a ojos de quien quiera verlo lo mucho que se aman. O esa es su identidad pública. Cuando se sume en sus pensamientos, hasta el punto en el que parece creer que nadie puede verlo en su grado de aislamiento, Hines deviene otro: murmura por lo bajo, responde a preguntas que nadie ha hecho y contempla con indisimulado interés a mujeres desconocidas, provocando su incomodidad y la de quienes le rodean.

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Pero lejos de ser alguien que ofrece una cara afable al exterior y otra mucho más inquietante en sus momentos íntimos, Cummings es, a la vista de todos, un perturbado perfectamente integrado en una cultura de la fama que parece haber vivido tiempos mejores. La interpretación de Cummings, sobreactuadísima hasta en sus momentos comparativamente más sobrios, echa por la borda la posibilidad de que The Beta Test llegue a establecer un mínimo de suspense al respecto, sustituyendo este posible conflicto dramático por otro mucho más inquietante, que a su vez es el resultado de la indiferencia de quienes rodean a Hines respecto a su locura. Quizás por eso, la trama argumental que hace las veces de motor narrativo de la película de The Beta Test parezca comparativamente poco interesante aún con lo curioso de su premisa. El filme de Cummings y McCabe se desarrolla a partir de una serie de asesinatos de mujeres y hombres a manos de sus parejas ocurridos en Hollywood después de que algunos de sus miembros reciban una carta anónima que les invita a pasar una noche con un o una desconocida en la habitación de un hotel. Durante este encuentro sexual, secreto y extramatrimonial, los participantes llevan los ojos tapados, con el objetivo simultáneo de excitarlos sexualmente y preservar su identidad y la de su amante en una ciudad donde la más mínima mácula en la imagen pública (y digital) es capaz de hundirte en la miseria más absoluta.

Sin embargo, y a pesar de su importancia en el devenir de los acontecimientos descritos en The Beta Test, esta trama, progresivamente peregrina en su desarrollo, se diluye en momentos que podrían resultar cómicos, de no ser porque, en su grado de extrañeza y desubicación, acaban siendo inquietantes, y en otros tantos elementos que deberían mover a la compasión, pero con los que resulta difícil empatizar debido a la gelidez de su plasmación. The Beta Test no es una comedia, ni tampoco un drama, una sátira, un filme de horror o un thriller. Es todas esas cosas y, en distintos grados, ninguna de ellas. Es un filme tan tenso y aislado en sí mismo, al menos en su primera mitad, como el propio Hines y la interpretación que de él brinda Cummings. Y, aunque esta apuesta por construir la película sobre un personaje permanentemente angustiado e incapaz de conectar con la realidad que le rodea diluye el interés de la trama de suspense que vehicula narrativamente filme, resulta muy estimulante en su capacidad para sostener el interés del espectador a base de incomodarlo.

Para lograrlo, Cummings y McCabe alternan un tono frío un tanto estereotipado pero efectivo en su combinación con una descripción del precario estado mental y emocional de su protagonista, convertido en base fundamental para la puesta en escena de la película. A raíz de esta decisión The Beta Test se desencaja en un montaje (de la mano del propio Cummings) alternativamente tranquilo y frenético, en el que las voces en off extradiegéticas y los diálogos narrativos se suceden sin solución de continuidad, y en la que la aséptica realidad en que vive el personaje y las constantes fugas mentales que le sirven de refugio se ven igualadas en su forma y, por tanto, imposibles de diferenciar la una de la otra. Las fronteras entre la acción y el pensamiento quedan así completamente diluidas, confundiendo mentira (o simple posibilidad) con verdad demostrable, asfixiando la intimidad de un personaje que se siente constantemente expuesto y puesto a prueba por quienes le rodean gracias a esta estrategia formal. De esto se desprende un retrato muy poco amable tanto de su protagonista como del mundo que le rodea y que, gracias a la expansión de las redes sociales y la cultura de la fama, resulta siniestramente similar a al menos una parte del nuestro.

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Jugando a fondo y con saña la consabida carta de retratar la industria del espectáculo -Hollywood, en este caso- como un envenenado juego de espejos en el que la pérdida de la identidad es el precio de la supervivencia, quienes rodean a Hines actúan como si nada pasara. Todos ellos parecen asumir los obvios delirios del agente como parte de un contrato social en el que las apariencias y el “saber estar” lo son todo para quienes quieren ascender en un régimen brutalmente clasista bajo su pulcra y hasta despreocupada superficie. La creciente locura de Hines se convierte, así, en la consecuencia de la indiferencia de quienes le rodean, sordos, ciegos y mudos ante todo elemento de perturbación para un orden aparentemente feliz y luminoso en sus formas, pero aterrado hasta la desesperación en su fondo.

En este sentido, tanto las continuas referencias a las nuevas Startups, apps y los mercados digitales como la atonal dirección de fotografía de Kenneth Wales y la banda sonora de Jeffrey Campbell Binner -cuya gravedad tonal, que retrotrae a las composiciones de Howard Shore para David Cronenberg, se combina con ligeras piezas clásicas- y el resto de elementos audiovisuales de The Beta Test acorralan aún más al protagonista. El mundo de Hines, ese en el que pretende triunfar acatando sus instrucciones para alcanzar la felicidad, parece la reconstrucción empobrecida de una forma de vida y valores que ya no existen fuera de la mente de quienes la necesitan para creer que su estilo de vida tiene sentido. Y los directores no le ofrecen escapatoria alguna en su retrato de un mundo blanqueado en su hipsterismo y abrazo a la corrección política que, sin embargo, no ha conseguido atenuar la insatisfacción vital, el machismo, el racismo o la degeneración moral heredada de la cultura a la que pertenece Hines. Ni siquiera el affair del agente resulta liberador de puro codificado: es casi un acto reflejo ante lo que previsiblemente se espera de él, acorde a lo pasivo de su existencia durante la primera mitad de la película.

Pero traspasado ese ecuador, The Beta Test da un vuelco hacia una relativa normalización de su discurso visual, narrativo y hasta moral, explicitando lo que hasta entonces había logrado explicar de forma mucho más convincente a través de su puesta en escena. Desde ese momento, y no sin esporádicos hallazgos, la película adquiere un tinte moralista algo frustrante: Hines se reconvierte en un personaje mucho más activo narrativamente, es cuestionado por su amigo PJ (PJ McCabe) y futura esposa, haciéndose más proclive a un cambio, ni que sea modesto, que lo humanice. Pero fruto de este impulso vital la película se precipita a una serie de clímax que se suceden tan rápidamente que traicionan un tanto el retrato de una sociedad enferma desarrollado en la primera mitad de The Beta Test. Un proceso un tanto moralista en términos comparativos, que culmina, eso sí, con una nota amarga como mínimo: la toma de conciencia de Hines de su condición de esclavo de una nueva raza de monstruos invisibles cuyo poder sigue siendo causa y consecuencia de la cultura de la atención convertida en única y cada vez más asfixiante moneda de cambio.


The Beta Test (Reino Unido y EE.UU., 2021)

Dirección y guion: Jim Cummings y PJ McCabe / Producción: Natalie Metzger, Matt Miller y Benjamin Wiessner / Fotografía: Kenneth Wales / Montaje: Jim Cummings / Diseño de producción: Philliph Legler / Música: Jeffrey Campbell Binner / Reparto: Jim Cummings, PJ McCabe, Virginia Newcomb, Jacqueline Doke.

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