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TÁR


La fría perfección de la belleza

Esta película puede producir escoceduras e irritaciones. En un magnífico plano secuencia de más de diez minutos, situado en el primer acto, la protagonista, Lydia Tár (una Cate Blanchett que merece párrafo aparte), imparte una clase magistral ante unos alumnos de la Juilliard School. En un momento dado, le pide a uno de ellos que ataque una pieza de Bach; éste rechaza la sugerencia alegando que, debido a sus convicciones de género, no quiere interpretar nada del autor barroco por misógino. Tár se explaya en ridiculizar esa postura, rozando incluso la burla, hasta tal punto que provoca la salida airada del alumno con una nada disimulada invectiva hacia la Maestra. Una de las premisas de la película ha quedado planteada en un brillante alarde narrativo, que también le ha servido a su director para retratar la personalidad de su protagonista y su postura ante el Arte. Lydia Tár es lesbiana, y se autodefine como hombre porque sabe que, a pesar de la aparente generosidad social hacia las cuestiones de género, el mundo de la música clásica sigue siendo un mundo de hombres. Tár no quiere ser una mujer lesbiana empoderada, y por eso, cuando se pone el traje de gala para dirigir a su orquesta, un corsé disimula su pecho. Quizás -pueda pensar el personaje- socialmente se haya avanzado gracias a corrientes globales como el #metoo, pero en el mundo del Arte, las cosas pintan de otra manera.

El mundo retratado en TÁR (Todd Field, 2022) es elitista, frío; un ambiente en el que se habla de músicos y de intérpretes tomando un aperitivo en lujosos bistrós, mientras se conspira sobre cargos en formaciones orquestales de prestigio. La película en sí tampoco renuncia a ese elitismo cargado de referencias musicales, nombres, lugares que pueden resultar excesivamente ajenos para una buena parte del público que no tenga una cercana relación con la música clásica. Pero, pese a ello, esa pátina de exclusividad con la que parece querer adornarse no es más que un rasgo de la propia idiosincrasia de la película: no importa lo alto que alguien se coloque en esta pirámide cultural, lo que habrá siempre por debajo son pulsiones, deseos, traiciones,… lo que siempre ha retratado y ha definido al ser humano. Como si por debajo de los elegantes manteles de hilo corriesen las cucarachas a su antojo.

Y para retratar a esa clase, el director filma en una fotografía en la que, casi de forma permanente, predominan los colores fríos, las líneas rectas que acotan. La cámara siempre descansa en un trípode firme para entregarse a una planificación casi canónica, que sólo se permite ciertos atisbos de rebeldía cuando retrata escenas íntimas o cuando acompaña a la protagonista en su búsqueda del objeto de su deseo en un complejo de apartamentos casi abandonados. La sensación de asepsia adulterada por haber tocado a la madre enferma de una vecina es la que parece querer trasladarnos Field en la contemplación del film, para que el bofetón de las emociones golpee con más virulencia.

El ambiente de TÁR está muy lejos del de El loco del pelo rojo (Vincente Minnelli, 1956) pero es cercano al de Cisne negro (Darren Aronofsky, 2010). La pulsión por la vida en la película de Minnelli está aquí agazapada, como una bestia esperando a lanzarse sobre su presa (literalmente), y enlaza con la de Aronofskly en la exclusividad de un mundo vedado a los no iniciados. Pero lo que las tres comparten de manera indubitable es la consagración de unos hombres y mujeres a su fe, a su religión, a la materia de la que están hechos sus sueños. Hombres y mujeres que, en esa devoción y esa entrega, tienen que gestionar como pueden sus propias emociones, sus sentimientos contradictorios, sus traiciones internas, sus renuncias, sus deseos y sus frustraciones. Y en esa pelea se descubrirán injustos, caprichosos, violentos, corriendo por esa fina línea que separa la sanidad de la locura.

TÁR. Revista Mutaciones

Y asumiendo el centro de gravedad de este complejo magma está Cate Blanchett. Hay ocasiones en que los actores parecen transmutarse en el personaje que encarnan, haciéndolo tan real, tan verdadero, que parece que hayan existido: Daniel Day Lewis en Pozos de ambición (Paul Thomas Anderson, 2007) es un ejemplo muy ilustrativo. Blanchett entrega con generosidad a Lydia Tár toda su verdad de actriz en esta batalla épica entre su volcán interior y el perfecto, frío y consistente caparazón con el que se mueve entre esa rancia masculinidad. Su fuerza y su vulnerabilidad parecen estar peleándose por adueñarse del gesto, de los movimientos de la actriz. Como Lydia Tár a su música, Blanchett se ha consagrado a su personaje.

Diferenciar entre artista e intérprete siempre ha sido una cuestión espinosa y de espesuras poco recomendables, como bien sabía Salieri al tratar con su rival en Amadeus (Milos Forman, 1984). TÁR vuelve a dar una vuelta de tuerca a este tema con una perspectiva encajada en la mirada de un siglo XXI que aún está por definirse en muchas cuestiones, entre ellas la concepción del Arte y su papel en una sociedad que cada vez se entrega con más generosidad a territorios en que la realidad parece disolverse.

TÁR (TÁR. Estados Unidos, 2022)

Dirección: Todd Field / Guion: Todd Field / Producción: Todd Field, Alexandra Milchan, Scott Lambert / Montaje: Monika Willi / Fotografía: Florian Hoffmeister / Música: Hildur Guðnadóttir / Interpretada por: Cate Blanchett, Nina Hoss, Noémie Merlant, Mark Strong, Sam Douglas, Sydney Lemmon, Murali Perumal, Diana Birenyte, Vivian Full, Amanda Blake.

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