LA SRA. LOWRY E HIJO

Todos vivimos en un cuadro

La Sra. Lowry e Hijo. Revista Mutaciones

Es difícil analizar en lo cinematográfico una obra tan conservadora como La Sra. Lowry e Hijo (Adrian Noble, 2019). Sentenciaba el Cine “Poema-Manifiesto”, de Vladimir Mayakovski, escrito en 1922 para la Revista Kino-Fot, fuente de inspiración e influencia directa de las vanguardias soviéticas, que el cine “estaba enfermo”. Derivado de las teorías futuristas, Mayakovski argumentaba que dicha corriente debía “evaporar el agua estancada de la poltronería y la moral”. Para él, el cine era innovador de la literatura, destructor de la vieja estética. El cine era intrepidez y deporte. De no acabar con los “argumentos llorones que amasaban dinero”, el cine solo tendría “bailables importados de América o eternos ojos lacrimosos de los Mosjukin”. El cine de Hollywood, como en la mayor parte del mundo, se veía mucho en la Rusia prerrevolucionaria y revolucionaria. Ivan Mosjukin, por su parte, fue uno de los actores más famosos del teatro y de la primera etapa muda del cine ruso. A pesar de participar en un experimento de tanta importancia como El efecto Kuleshov (Lev Kuleshov, 1919), su mayor contribución fueron las adaptaciones de grandes clásicos de la literatura rusa a la gran pantalla. Siempre mediante una puesta en escena teatral contra la que Mayakovski luchaba ferozmente.

En una época de búsquedas, muchos artistas consideraban que el arte revolucionario tenía que buscar sus propios caminos, alejándose y rompiendo con todo el arte anterior, con los caminos tradicionales. En el cine, eso se traduce en la ruptura con lo que ellos llamaban la “naturaleza artificial de la literatura decimonónica del S.XIX”. Ese intento de romper con la engañosa transparencia explica un poco las teorías del montaje que se convirtieron en las ideas hegemónicas del cine soviético de aquella época. De este modo, las teorías de Mayakovski, en apariencia muy alejadas de la historia que nos cuenta La Sra. Lowry e Hijo, nos sirven como ejemplo claro del modelo de cine contra el que su “Poema-Manifiesto” luchaba. Sin situarnos en los estandartes, aunque revolucionarios, también extremadamente reduccionistas de Mayakovski, es necesario intentar buscar un sentido directo a la ópera prima de Adrian Noble dentro de lo puramente cinematográfico. Encerrados la mayor parte del metraje entre cuatro paredes, los Lowry muestran su complicada relación tóxica de imponente matriarcalidad a través de largas conversaciones que nunca escapan de una planificación algo inerte. Todo se sustenta mediante el diálogo y el montaje del plano-contraplano de ritmo canónico (pregunta-respuesta o respuesta-respuesta).

La Sra. Lowry e Hijo. Revista Mutaciones

En la búsqueda de una atmósfera doméstica opresiva y rutinaria, Adrian Noble logra, al menos, algo relativamente complicado: mantener la atención del espectador sobre dos personajes atormentados. Aunque en exceso algo caricaturescas y exageradas, las interpretaciones de Timothy Spall y Vanessa Redgrave denotan un peso hegemónico dentro de la cinta. Sus personajes están muy bien escritos y tienen complejidad, pero acaban devorando el resto de detalles. Estamos así de nuevo ante los ojos llorosos de los Mosjukin. La Sra. Lowry e Hijo bien podría ser una obra teatral. Todo en ella está construido como tal y únicamente los flashbacks introducen algo de lenguaje cinematográfico de posible ruptura con el relato lineal o lo transparente de la literatura decimonónica. Estos, realizados en todo momento mediante fundidos o superposiciones de imagen (donde la imagen actual se funde con el pasado directamente relacionado) se convierten en islas extrañas dentro de la cinta, aunque se suceden sin fluidez. A parte del canónico uso de estos fundidos de marca añeja y tópica, lo interesante a rescatar de ellos sería su sentido liberador. O al menos el intento. Como los cuadros de L.S. Lowry que su madre detesta, los flashbacks sirven como encapsuladores de un momento, de un tiempo concreto. Y al igual que sus cuadros, parecen algo evasivos con la realidad. Así como el galerista que se interesa por su obra le señala el espíritu emocional que observa en sus cuadros, alejados de cualquier réplica de la realidad, estas visiones del pasado, como también ciertos momentos de evasión interna del protagonista, sirven como flujo de una mente siempre observadora de la naturaleza que su madre apenas le ha permitido vivir.

L.S. Lowry, pintor inglés nacido en 1887 y que vivió la mayor parte de su vida en el barrio industrial de Pendlebury, en Manchester, donde trabajaba como cobrador de alquileres, pasó la mayor parte de su existencia bajo la influencia de una madre represiva, soñadora de una vida completamente distinta que nunca consiguió. Por ello, odió siempre la ciudad en la que vivió y, por lo tanto, también los cuadros que su hijo pintó. Las escenas cotidianas de la vida en Pendlebury que el artista desarrolló con un estilo único e identificable (esas figuras humanas que parecían cerillas y que fueron denominadas como «Matchstick Men») mostraban el ajetreo de una pequeña ciudad industrial inglesa. “Todos vivimos en un cuadro”, le dice el galerista que descubre su hermosa y hasta entonces repudiada obra. En sus cuadros vive esa gente, se captura su ser, su esencia, no tanto su realidad detallista. Por ello resulta hasta hermosa la historia que hay tras La Sra. Lowry e Hijo, donde la madre (aunque alentada por esa forma de ser elitista y por la opinión de la gente con clase) acaba valorando uno de los cuadros que tiene: aquel que recoge el pasado que tanto añora y en el cual vivía con la esperanza de tener un futuro diferente.

La Sra. Lowry e Hijo. Revista Mutaciones

Los veleros, escena marítima que Lowry pintó como recuerdo de los días de infancia que pasaba junto a su madre en la playa, acaba siendo el punto de unión materno-filial en el que observar las influencias problemáticas de la progenitora hacia su descendiente, pero también el poder capturador del arte. El problema es que esto último solo se encuentra en los cuadros del pintor inglés que da pie al biopic. La película de Noble intenta capturar lo cotidiano de su vida, pero no respira emoción, teniendo “esa naturaleza artificial de la literatura decimonónica del S.XIX” contra la que iban los futuristas, y contra la que también va, de algún modo, la propia obra de Lowry, donde su estilo naif, consistente en series de paisajes poblados por peculiares “hombres cerilla”, se alejaba de las formas clásicas que por el contrario sí denota la película. Queda preguntarse si esto se debe a una conceptualidad perezosa y enfocada a “los bailables importados de América” y a los “argumentos llorones que amasan dinero”, o si quizá Noble pretendía mostrar sin aristas la realidad de un artista que de tan cohibida su naturaleza, acabó mostrándola completamente “evaporada de ese agua estancada”. En cualquier caso, esta segunda opción quedaría, por desgracia, en estimable intento, en interesante desarrollo de personajes, pero en convencional drama íntimo de excesiva atención textual. Todos vivimos en cuadro, sí, pero este de Noble, a pesar de la cuidada producción y la estimable interpretación de sus actores, está lejos de reflejar el verdadero espíritu de su protagonista.


La Sra. Lowry e Hijo (Mrs. Lowry & Son, Reino Unido, 2019)

Dirección: Adrian Noble / Producción: Genesius Pictures, IPG Media Pty, Library Films / Guion: Martyn Hesford / Música: Craig Armstrong / Fotografía: Josep M. Civit / Reparto: Timothy Spall, Vanessa Redgrave, Stephen Lord, David Schaal, Wendy Morgan, John Alan Roberts, Michael Keogh, Joanne Pearce, Jon Furlong, Paul Bergquist, Amanda Higson, Jennifer Banks, Giselle Cullinane, Laurence Mills, Rose Noble

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