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SELFIE

En los límites de la realidad

La noche del 4 de agosto de 2014, el adolescente de 16 años Davide Bifolco fue abatido por un oficial de policía tras huir de él y otros agentes a lomos de una motocicleta con dos chicos de su misma edad en el barrio de Traiano, situado en las afueras de Nápoles. Pero pese a que la policía declaró finalmente haberlo confundido con un fugitivo en busca y captura, y que el arma del agente que acabó con la vida del joven se disparó accidentalmente, la cobertura mediática deparada al caso generó una aureola de culpabilidad alrededor de la figura de la víctima, su familia y sus amistades. Un grado de sensacionalismo periodístico que alimentó la imagen, ya lo bastante hinchada de por sí, de una parte de la juventud situada al filo del precipicio del crimen organizado erigido en inevitable modo de vida para un creciente sector de la sociedad italiana.

El oficial de policía culpable de su muerte fue inicialmente sentenciado por la Corte de Nápoles a 4 años y 4 meses de prisión por homicidio involuntario, hasta que en el 2018 se apeló la sentencia, que quedó reducida a 2 años de suspensión. Ante esta reducción, Tommaso Bifolco, hermano del difunto, dejó de comer y dormir tras recibir la noticia, muriendo de un infarto a los cinco días. Selfie (Agostino Ferrente, 2019) está dedicada al joven fallecido a manos de la policía, a su igualmente difunto hermano y acada Davide Bifolco del mundo contemplándose a sí misma, y de forma más o menos confesa, como antídoto contra esa cobertura que hizo del joven un ejemplo de la (mala) deriva de la juventud italiana, convertida en el escaparate de un mal endémico tranquilizadoramente deshumanizado por el frenesí mediático que nos informa del mundo que nos rodea, aislándonos, simultáneamente, de él.

Una contraposición al relato compuesto por los medios de comunicación, de mayor peso incluso que el deparado por las instancias judiciales, que en esta película firmada por Ferrente traspasa las fronteras del cine documental de denuncia más o menos ortodoxo. Por el contrario, Selfie da la batalla precisamente desde su forma, asimilada aquí al más individualizado (y casi siempre al servicio del narcisismo de sus responsables) formato anunciado desde su título. Aunque lejos de limitarse a ese enfrentamiento entre dos formas de recoger la realidad presuntamente antitéticas, esta opción formal deparada por Selfie plantea, además, una serie de cuestiones que la llevan más allá de su condición de efectivo cine de denuncia no tanto de la violencia policial como la deshumanización llevada a cabo por los medios de comunicación sobre la juventud de Traiano.

Mostrada ante el público prácticamente como un ejercicio de periodismo llevado a cabo por sus propios testimonios, Selfie se ofrece inicialmente como fruto de la iniciativa de su director de entregar sendos Iphones a los adolescentes de 16 años Alessandro (Alessandro Antonelli) y Pietro (Pietro Orlando), amigos de Davide Bifolco, para que recojan libremente sus impresiones sobre el caso y su día a día en Traiano durante los meses de verano. Junto a ellos, y aparentemente atraídos por la posibilidad no tanto de explicar su versión de los hechos como de exhibirse en pantalla, algunos de sus familiares o los de Davide Bifolco, amigos o conciudadanos adolescentes se suman al proyecto. Y sea por su narcisismo y/o sus ansias de justicia, todos ellos se convierten en parte de un fresco social que se sabe parcial e incompleto, pero que precisamente por ello se postula como más humano que una opción más general, que aborde la problemática ejemplificada por el “caso Bifolco” desde una voluntad más concluyente. Una autoasumida parcialidad de la que resulta que, al contrario que en muchas otras películas de parecidas intenciones, la acostumbrada contraposición entre el valor del fondo y el de la forma en al menos una parte del cine de denuncia ortodoxo aquí se difumina por completo.

Parece imposible separar lo que cuenta Selfie de cómo lo cuenta (lo que implica una nueva cuestión, bajo este mismo formato ¿tendría el mismo interés si su fondo fuese otro?) desde el momento en el que los vaivenes de todos estos jóvenes, con Alessandro y Pietro a la cabeza, se convierten en los de un grupo de personajes que, conscientes de la atención que recaban desde una pantalla, representan un papel ante el público. Durante su escasa hora y veinte de duración, en la que emotivas confesiones y descripciones de la más insulsa cotidianeidad conviven con viajes en moto a ninguna parte o visitas al inodoro (¡), Selfie plantea la toma de conciencia de sus protagonistas de su condición de instrumentos para enfrentar la verdad oficial, poniendo así, y puede que de forma inconsciente, en tela de juicio la veracidad absoluta de sus respectivos discursos. El preclaro exhibicionismo de muchos de quienes participan en la película, y que incluso llegan a plantear de viva voz algunas de sus demostraciones de fuerza armada bajo el modelo instaurado por Gomorra (Matteo Garrone, 2008) y la novela de Roberto Saviano que la inspiró, genera una floreciente semilla de duda sobre lo que se nos muestra en pantalla potenciando de rebote lo que se pretende ocultar, fuera de campo.

El contraste entre la empatía y sensibilidad demostrada por Alessandro y Pietro y la chulesca agresividad de muchos de sus temibles compañeros de película es abismal, pero comparte un formato en el que muchas veces, y siempre mirando a cámara, el fondo del plano dice tanto o más que sus palabras, planteadas de forma progresivamente consciente como un discurso premeditado, que busca generar uno u otro efecto en sus potenciales espectadores. En una ocasión, incluso, Alessandro y Pietro discuten sobre qué y qué no deben mostrar en la que para entonces ya consideran su película, de cara a ofrecer una visión optimista o pesimista sobre sus respectivas realidades, para las que efectivamente no parece haber una salida posible que no sea el huir de un lugar en el que las relaciones familiares y de amistad parecen emponzoñadas por el crimen que se alimenta de la pobreza de los habitantes de Traiano, acorralando su sentido de la humanidad hasta doblegarlo.

Afortunadamente y a pesar de la mayor presencia de Alessandro y Pietro en la película respecto al resto de chicos y chicas que aparecen en ella, la disparidad de puntos de vista dentro de Selfie es tal que, lejos de que su voluntad de maquillar la realidad devenga en hipocresía, lo que hace es desintegrar la posibilidad de un discurso generalista, asumiendo por el camino su incapacidad para abarcar la complejidad de toda una sociedad y demostrando las posibilidades expresivas de un formato capaz de poner en duda, por sí solo, el propio concepto de autoría tradicional.

Numerosos factores que convierten Selfie en una película tan diluida en lo narrativo, presa de la cotidianeidad de lo que expone y del formato elegido para hacerlo, como interesante y turbadora en muchos de sus aspectos, que abarcan desde su capacidad para reivindicar la humanidad de sus protagonistas en sus propios términos. Y todo sin invisibilizar los venenosos efectos de una muy sombría realidad que, como le ocurre a la propia película, se ven humanamente incapaces de explicar desde una perspectiva más elevada que la que les permite su propio punto de vista./


Selfie (Italia, 2019)

Dirección y guion: Agostino Ferrente/ Producción: Marc Berdugo, Anne Charbonnel, Barbara Conforti, Gianfilippo Pedote y Fabrice Puchault/ Fotografía: Alessandro Antonelli y Pietro Orlando/ Montaje: Letizia Caudullo y Chiara Russo/ Música: Cristiano Defabriitis y Andrea Pesce/ Reparto: Alessandro Antonelli, Pietro Orlando, Gianni Bifolco, Tomasso Bifolco, Francesco “Checco” Scuotto, Alessandro Grillo, Agostino Martelllo, Sara Cardone, Antonella D’Alterio.

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