LA NIÑA DE LA COMUNIÓN

Los sacramentos del género

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Las historias sobre apariciones espectrales captadas fugazmente por los faros de un coche durante una travesía nocturna son prácticamente un subgénero de las leyendas urbanas. Es probable que no haya ninguna nación o país donde estos encuentros entre fantasma y desorientado conductor no tengan su versión correspondiente. Pero en cada uno de estos casos, la leyenda queda inevitablemente aderezada de elementos folclóricos venidos de la cultura desde la que se narra, haciéndolo más veraz y, por tanto, más terrorífico para su audiencia.

En España, sin ir más lejos, existen varias versiones de la misma leyenda, siendo una de ellas protagonizada por una niña ataviada con su ropa de comunión. Una versión presente en la entretenida La niña de la comunión (Víctor García, 2022), aunque no como base inspiracional de la película. No en vano bregado en el terreno de las secuelas del género terrorífico (algunas comercializadas directamente en formato doméstico), García y su guionista Guillem Clua reescriben la historia como parte de una mitología más amplia, hecha a imagen y semejanza de la del cine de terror popular de los ochenta y noventa. Un imaginario repleto de venganzas de ultratumba y grotescos revenants, cocinado al calor de los hoy míticos videoclubs, de intempestivas franjas de parrilla televisiva y de otros altares audiovisuales que convoca a nombres como los de Wes Craven, Hideo Nakata o, más próximo en el tiempo pero abastecido de un caudal creativo muy similar, también el de James Wan.

Más allá de lo que tiene que ofrecer de por sí, el filme se convierte de este modo en una cápsula del tiempo que funciona a varios niveles, desde el momento en el que su acción transcurre en 1987. Concretamente, en un pueblo de Tarragona al que van a parar la adolescente Sara (Carla Campra), su hermana pequeña Judith (Olimpia Roig), y sus dos progenitores. Venida de un entorno urbano más liberal y obligada a cuidar de Judit durante las prolongadas ausencias de sus padres, Sara encuentra algo de oxígeno cuando traba amistad con la rebelde Rebe, interpretada por Aina Quiñones. Una noche, ambas jóvenes salen de fiesta, bebiendo, drogándose y regresando a casa mucho más tarde de lo pactado con sus padres. En su camino de vuelta, que sorprendentemente deviene uno de los instantes más tensos del filme, les acompaña el simpático Pedro (Marc Soler) y el macarra de su primo, apodado Chivo (Carlos Oviedo, todo un robaescenas), regente del local de recreativos de la localidad que hace las veces de tapadera para sus trapicheos. Pero lo cotidiano de sus vidas al margen de lo que sus familias y el conservador entorno desean para todos ellos se rompe cuando el cuarteto cruza sus caminos con una vieja muñeca vestida de comunión, abandonada en un bosque junto a la carretera. La muñeca, símbolo de una tradición que se regala a quienes acaban de recibir su primer sacramento, acaba en casa de Sara a modo de obsequio para su hermana pequeña, quien acaba de celebrar su comunión en la iglesia de la localidad. Pero más pronto que tarde, Sara y sus amigos comenzarán a verse cubiertos de moratones y rasguños, que anuncian la espectral aparición de una cadavérica joven vestida de comunión y que, según una leyenda local, los empujará hacia la muerte en unos pocos días.

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Como puede verse, poco o nada nuevo bajo el sol para los espectadores avezados en esa parcela del género, aunque en esta ocasión sea bajo la condición de una película capaz de aunar el horror sobrenatural y la reconstrucción histórica desde una pulcra pátina mainstream, alcanzada gracias a las inestimables aportaciones del director de fotografía José Luís Bernal, de Marc Pou como director de arte y de Ariadna Papió. La niña de la comunión también deja entrever un conflicto intergeneracional cuya importancia rivaliza con la de los elementos sobrenaturales y terroríficos de su trama. Aunque eso pase, de nuevo, por establecer por el camino un reconocible y nostálgico aroma a cine pasado, para al menos una parte de su público. La inquietante presencia de la desvencijada muñeca de comunión, la tonadilla infantil que antecede a sus tremebundas apariciones, la leyenda urbana que cae sobre quienes se burlan de ella como si de una maldición se tratara, la cuenta atrás para desactivarla (o no) tras investigar el rastro de cadáveres de otras víctimas de la aparecida anteriores en el tiempo o un final dislocado (y rentable) de la lógica argumental del resto de la película, son solo algunos de los lugares comunes del género que pueden rastrearse sin apenas esfuerzo a lo largo del desarrollo argumental del filme de García. Pero, con sus más y sus menos, todos ellos encuentran su acomodo en una trama dramática de mayor realismo, capaz de perfilar por el camino un retrato social no precisamente amable, sino más inquietante aun que las irrupciones (atronadoras, literalmente) de la aparecida.

El filme de García no solo adopta como propios los elementos más terroríficos de filmes como The Ring (El círculo) (Hideo Nakata, 1998), especialmente en su tramo final, las más contemporáneas sagas inauguradas por Expediente Warren (James Wan, 2013) y Annabelle (John R. Leonetti, 2014) o, de forma aún más acusada, la larga serie iniciada por Pesadilla en Elm Street (Wes Craven, 1984), también absorbe muchas de sus cargas de profundidad dramática sobre aspectos como las relaciones familiares y religiosas, o las que se dan entre jóvenes adultos. A imagen y semejanza de estos conflictos latentes, el acoso y derribo al que la aparecida somete a sus víctimas es tomada por amigos y familiares desde una postura eminentemente conservadora y moralista. Es decir, como una muestra de locura, o como fruto de un desequilibrio mental provocado por el consumo de drogas por parte de una juventud desnortada. Y todo dado a que, en un nuevo lugar común, solo Sara, Rebe, Pedro y Chivo pueden ver a la niña y sufrir físicamente sus sobrenaturales ataques, quedando aislados del entorno adulto que ya hace tiempo que parece haberles dado la espalda.

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La distancia cultural entre adultos y jóvenes es subrayada por García desde el retrato desolador de los conflictos familiares. Con una especial inquina hacia la figura paterna en particular, el mosaico compuesto por machistas figuras de autoridad familiar corruptas, mentirosas, autoritarias o directamente maltratadoras se da casi en términos absolutos. Recogiendo el angst adolescente contenido en no pocas películas de horror estadounidense, los adultos se erigen aquí como los representantes de una (muy) conservadora tradición social, cultural y religiosa, en un último extremo sugerido por el hecho de que lo narrado en La niña de la comunión se sitúa a poco más de una década de distancia del fin de la dictadura franquista. Pero todos estos elementos se ven integrados en el desarrollo de la trama principal, basada en la maldición que ha caído sobre la improvisada pandilla adolescente protagonista, sin desestabilizar el conjunto hacia una mayor solemnidad que habría chocado con las lúdicas intenciones que se adivinan tras La niña de la comunión.

Bajo estas coordenadas, la película de García se sitúa lejos de ser una reformulación de los modelos creativos a los que invoca a través de una atmósfera más atemperada de lo esperable, aparte de una enfermiza apertura (lo mejor del filme) y de una paleta cromática ocasionalmente saturada que no se traduce en una mayor sensación de opresión. Pero tampoco es, pese a todo, una reescritura de los parámetros del terror adolescente desde una mirada cultural y social españolas. La niña de la comunión no pretende ser más de lo que es en ningún momento: la prolongación de una serie de lugares comunes del género que García contempla sin cinismo alguno y con una honradez digna de encomio al menos por parte de aquellos que gozamos de su bagaje inspiracional.

Queda por saber entonces si su propuesta satisfará a las nuevas hornadas de espectadores encontrando su propia prolongación comercial bajo la forma de secuelas o si, en cambio, quedará como la simpática resurrección de una forma muy concreta de comprender el género de terror y que, a pesar de su anclaje generacional, fue capaz de generar nuevas leyendas a las que el cine dio, y aún da, un alcance global.


La niña de la comunión (España, 2022)

Dirección: Víctor García / Producción: Mercedes Gamero, Cristóbal García, Alberto Marini y Edmon Roch / Guion: Guillem Clua, según una historia ideada por Víctor García y Alberto Marini / Fotografía: José Luís Bernal / Montaje: Clara Martínez Malagelada / Diseño de producción: Marc Pou / Música: Marc Timón / Reparto: Carla Campra, Aina Quiñones, Marc Soler, Carlos Oviedo, Olimpia Roch, Maria Molins, Xavi Lite, Anna Alarcón, Victor Solé, Sara Roch.

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