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LA MADRE DE TODAS LAS MENTIRAS


La memoria invocada

Entre sus posibles interpretaciones el primer e interesante largometraje de la cineasta Asmae El Moudir, La madre de todas las mentiras (2023) puede ser visto como una combativa muestra de resistencia ante el escepticismo que parece haberse adueñado de todo intento de alcanzar la verdad a través de una representación sin por ello sustituirla. Y no lo hace confiando en su condición de documental sobre la rampante cotidianeidad de la directora, guionista, productora y montadora de la película, sino haciendo de la propia película una forma de resolver el conflicto que ella arrastra como hija de una familia en cuyo hogar las imágenes han sido proscritas por su severa abuela Zahra, haciendo imposible recordar lo que ya no se sabe si llegó a ocurrir alguna vez.

Un acto de fe que se ofrece como única respuesta posible a una cuestión compleja y de gran calado, que planea sobre todos los pequeños y grandes conflictos que se dirimen en la película: ¿Cómo devolver la presencia de aquello (o aquellos) que se ha obligado a olvidar, como si nunca hubiera existido? O, más concretamente, ¿Cómo recordar la propia historia, personal y colectiva, cuando esta solo vive en quienes estuvieron allí para presenciarla y se niegan a recordarla? ¿Cómo invocar la memoria de los 600 manifestantes marroquíes (66 según las autoridades y más de mil a decir de la Confédération Démocratique du Travail (CDT) y la Unión Socialista de Fuerzas Populares (USFP)) asesinados en Casablanca el 20 de enero de 1981 por la policía, que abrió fuego contra ellos y ellas durante los llamados “disturbios del pan” provocados por el desorbitado aumento del precio de la harina?  600 personas asesinadas a decir de los sindicatos cuyos cadáveres fueron rápidamente retirados de las calles por el ejército, en un intento de evitar su entierro, y que se saldó con el asalto a algunos de los hogares que intentaron ocultar los cuerpos de sus seres queridos para así evitar su desaparición a manos de los militares.

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Solo una fotografía de la tragedia sobrevivió a la censura impulsada por las autoridades del dictatorial reinado de Hassan II en Marruecos durante aquel terrrible epsiodio de los llamados «años de plomo». Y una imagen, que significativamente se revelará falsa, es también todo lo que tiene la directora de La madre de todas las mentiras para recordar su infancia en un hogar familiar donde la representación visual ha sido censurada de facto por su abuela. La historia de su infancia es pues presa de la memoria de sus mayores, con sus lagunas, invenciones y, sobre todo, silencios. Un espacio personal creado por otros al que la responsable y protagonista de La madre de todas las mentiras intenta dar cuerpo a partir de una elaborada reconstrucción en miniatura de su barrio, Sebata, su hogar, y hasta de todos aquellos y aquellas que se cruzaron con El Moudir a lo largo de su vida. Un elemento escénico que en su vistosidad, realza, y mucho, un primer tramo del filme que quizá habría resultado excesivamente diluido de haberse planteado bajo un registro más convencional, y que catapulta este documental a un lugar situado a medio camino entre algunas de las propuestas de Rithy Panh y el cine de Charlie Kaufman.

A partir de ese momento, e igualmente recompensada por un ritmo dinámico que sin embargo no siempre evita una cierta sensación de redundancia, esta valiosa película se convierte en una narración en primera persona de su autora, que describe su memoria como un espacio irreal y hasta barroco pero siempre en construcción (en un extremo harto beneficiado por la dirección de fotografía cromáticamente antinatural de Hatem Nechi), un lugar regido por el ensayo y error a través de constantes recreaciones de momentos personales que no tardan en contar con la participación de sus familiares y vecinos, igualmente necesitados de recordar un trauma colectivo silenciado por las autoridades no solo como un acto de justicia, sino también (o sobre todo) como una forma reafirmar su identidad construida alrededor de un vacío insostenible.

La cineasta no oculta los obvios paralelismos entre las amnesias personales y la colectivas que se reparten el tablero de juego de la película, pero, lejos de plantearlos como si de un metafórico juego de espejos se tratara, El Moudir los usa para definir su complementariedad, como un pez que se muerde la cola hasta ahogarse y desaparecer. Una asfixia que reclama una recuperación de la memoria como la que plantea La madre de todas las mentiras y que, como sugiere en su último plano, hace gala de fuerza personal tan valiosa como quizás demasiado débil en su singularidad para ser audible en un mundo no tan nuevo, pero en el que para la mayoría de las personas la imagen y la verdad ya no son lo que eran.

La madre de todas las mentiras (Kadib Abyad, Marruecos, Egipto, Catar y Arabia Saudí, 2023)

Dirección, guion y producción: Asmae El Moudir, para Insightfilms, Fig Leaf Studio, Al Jazeera Documentary y Red Sea Fund / Dirección de fotografía: Hatem Nechi / Montaje: Asmae El Moudir / Música: Nass El Ghiwane / Intérpretes: Asmae El Moudir, Zahra, Mohamed El Moudir, Ouarda Zorkani, Abdallah EZ Zouid, Said Masrour.

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