ESPEJO, ESPEJO

Bombillas averiadas

En Espejo, espejo (2022), ningún personaje está conforme con su vida. Todos trabajan en una empresa de cosmética, donde los ideales están por encima de la realidad y donde el propósito de la belleza ha sido construir un imaginario estético en el que nos sintiésemos seguros. Gracias a las iniciativas de Paula (Natalia de Molina), la responsable de las redes sociales, la empresa decide apostar por un rumbo distinto en beneficio de una imagen mucho más inclusiva y libre. A partir de su propuesta, aparentemente inofensiva, los protagonistas se verán envueltos en una guerra contra ellos mismos. Un duelo contra sus respectivos reflejos, donde la identidad y los deseos particulares más encubiertos comenzarán a hacer ruido sin posibilidad de dar marcha atrás.

La película, una comedia coral, reflexiona sobre numerosos temas de actualidad por medio de personajes variopintos: Álvaro (Santi Millán) está inmerso en una compleja irrealidad sobre su intelecto; Cristina (Malena Alterio) es una mujer casada que siempre se ha sentido hombre; Alberto (Carlos Areces) está acomplejado por su físico –y encorseta, a su vez, sus sentimientos por su compañera Paula–; y Antonia (Betsy Túrnez) tiene que lidiar con escenas de menosprecio debido a las diferencias jerárquicas que la distancian del resto

La variedad de las situaciones permite vestir a la narrativa de un ritmo ágil gracias a la alternancia con que se intercalan los dramas. El problema es que, pese a la diversidad de las tesituras, el mensaje que la película trata de transmitir –directo desde la primera secuencia, donde Álvaro trata de seducir a su nueva secretaria (Toni Acosta) a través de las fotografías de su despacho–, acaba siendo víctima de la redundancia. El argumento está tan subordinado a la idea de liberar la identidad de las ataduras sociales, que la única dimensión que fundamenta la psicología de los personajes –a excepción de Cristina, con la que el espectador conseguirá conectar gracias a la ligera profundidad adquirida mediante la relación con su padre (Tito Valverde)– radica en ese continuo hándicap mediante el que los protagonistas sufren la presión de la sociedad. La falta de humanización deriva del desconocimiento absoluto de las distintas vertientes de sus personalidades, que apenas podrían ser descritas por una única palabra. En el caso del bonachón de Alberto, acomplejado; para el presumido de Álvaro, trauma; para la retraída de María, falta de amor propio; para la risueña de Paula, desamparo. De esta manera, la incapacidad de dotar a los personajes de costuras más profundas que sus circunstancias como víctimas del sistema, hace que la reiteración de los dramas suponga la excusa perfecta para que, en ocasiones, la intriga (y el mensaje) decida ceder su asiento a la monotonía.

Espejo, espejo Revista Mutaciones

 

Para retratar todas esas situaciones de disconformidad y desespero, Marc Crehuet se apoya en constantes lentes angulares. Un recurso indudablemente acertado si consideramos la capacidad exclusiva de las focales largas para deformar el espacio, especialmente, cuando la distancia entre la cámara y los objetos es cada vez menor. La máscara que los protagonistas portan –y que no se corresponde en absoluto con lo que realmente desean– los convierten en individuos corrompidos consigo mismos. A través de este lenguaje, el aspecto de los personajes adquiere una dimensión mucho más caricaturesca, donde la distorsión física, además de servir como metáfora visual para exteriorizar la crisis que los sujetos guardan en su interior, también permite violentar los momentos en los que estos recorren desalentados la oficina en busca de un milagro.

La nueva comedia de Crehuet destaca, sobre todo, porque la fórmula humorística no se centra en la risa fácil, ni en el sometimiento de los personajes a situaciones comprometidas. Los sentimientos son el hilo conductor, y la comedia se cobija en el drama porque los protagonistas no están supeditados al humor, sino a la veracidad de sus estados anímicos –estados descritos con anterioridad por su carácter transgresor y unidireccional–: las frustraciones de Álvaro frente al espejo, la flacidez con la que Cristina se afianza de valentía, la ingenuidad impulsiva de Alberto, la perversidad vengativa de Antonia. Al igual que los sujetos referenciados, el tono de la película cambia ingeniosamente: al principio, los personajes son unas bombillas averiadas que buscan una renovación con urgencia, pero a medida que la historia avanza, la comedia estimula una sensación de intranquilidad a raíz de unos personajes que, amordazados durante toda su existencia, pelean al límite de sus posibilidades. Y cuando por fin parecen encaminados a sus verdaderas identidades, cuando por fin consiguen oponerse a sus conflictos, descubren que las inseguridades nunca se fueron, que continúan vigentes. El momento en el que la comedia y la tragedia se funden, donde la realidad y el espejo están, como en la vida misma, más conectados que nunca. 


Espejo, espejo (España, 2022)

Dirección: Marc Crehuet / Guion: Marc Crehuet / Productora: Rodar y Rodar / Música: Guillermo Martorell / Dirección de fotografía: Pol Orpinell / Reparto: Santi Millán, Malena Alterio, Carlos Areces, Natalia de Molina, Carlos Bardem, Toni Acosta, Betsy Túrnez. Loles León, María Adánez y Verónica Forqué.

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