EL VIAJE DE CHIHIRO

El mito de Orfeo feminista

La capacidad visual y metafórica de El viaje de Chihiro (Hayao Miyazaki, 2001) no se acaba nunca, por ello, después de 20 años sigue fascinando a público y crítica, y despertando nuestra nostalgia.

Si una falsa creencia ha calado a lo largo de los años es la de que el cine de animación está dirigido a un público infantil y que eso lo convierte automáticamente en cine simple, sin espacio para la reflexión. Aunque este debate parece estar superado, aún quedan ciertos prejuicios a la hora de abordar un film de animación. Sería complicado decidir cuál es el público objetivo de la oscarizada película de Studio Ghibli, El viaje de Chihiro, en cualquier caso, es lo suficientemente inteligente para entretener a les niñes con su pasmoso despliegue visual y para atrapar a les adultes en las capas más profundas de su trama y sus diversas lecturas, lo que hace que perdure en la memoria.

El viaje de Chihiro Revista Mutaciones

Las películas del estudio siempre se han desligado de la condescendencia que empaña cierto cine susceptible de ser visto por niñes. Por ello, nunca hay un vacile a la hora de mostrar sangre, criaturas tenebrosas, cuestiones bélicas o la muerte. Y también por eso, personalmente, no olvido la primera vez que vi una película de Miyazaki, casi como un punto de inflexión en la acorazada y mullida infancia modelada por el cine Disney.

Lo crucial de la cuestión es que tampoco omite la política. No la entiende como si esta se tratara de algo únicamente comprensible para las personas adultas. En Porco Rosso (1992), el protagonista ya pronunciaba en el silencio de un cine el mítico: “mejor cerdo que fascista”, en La princesa Mononoke (1997) la política también atraviesa todo el filme, con su mensaje ecologista y la defensa de los ideales como un valor tácito. En el viaje de Chihiro la política aparece de una forma menos explícita pero no necesariamente más sutil, ya que al igual que en las anteriores, recorre todo el esqueleto de la película.

 

Los mensajes políticos calan en les niñes y vuelven a las personas adultas apasionadas

El viaje de Chihiro recrea un universo aparentemente infantil pero profundamente oscuro, con un sistema capitalista instaurado, de recompensa y castigo, y el trabajo esclavo como norma. Un sistema que roba la identidad de sus trabajadores. Y las deidades, además, actúan como cómplices de este sistema opresor.

Chihiro debe evitar mirar atrás para escapar de ese mundo horrible que ha atrapado y robado su fuerza de trabajo. Como si abandonara el inframundo representado en el mito de Orfeo y Eurídice −o el de Adam Smith−. Sin embrago, en el universo Ghibli, es la niña la que rescata a la Eurídice de esta historia (Haku), y es tan astuta como para salvarse ella también.

El viaje de Chihiro Revista Mutaciones

El viaje de Chihiro es una película mutante, que puede entenderse de distinta forma en cada visionado. En cualquier caso, elucubrar teorías que den respuestas no es interesante ni pertinente fuera de las profundidades de los foros de internet. Lo interesante de la propuesta de Miyazaki es su conjunto y su poder inmersivo. Su animación demostraba que los límites estaban solo en la fisicidad de los cuerpos o de los escenarios y que en su viaje animado casi todo era posible.

Aunque el viaje de Chihiro no ha dejado de proyectarse en cines, este nuevo estreno vuelve a conectar con un público devoto de Ghibli, y brinda la oportunidad de desconectar de la opresión corpórea por un par de horas en la sala de cine.


El viaje de Chihiro (Hayao Miyazaki, Japón, 2001)

Dirección: Hayao Miyakazi  / Guion: Hayao Miyazaki/ Producción: Studio Ghibli / Fotografía: Atsushi Okui / Música: Joe Hisaishi / Montaje: Takeshi Seyama/ Diseño de producción: Norobu Yoshida / Reparto: Rumi Hiiragi, Miyu Irino, Mari Natsuki

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