DUNE

Los sueños como promesas corporativas

Dune - Revista Mutaciones

Dune (Denis Villeneuve, 2021) es el vivo ejemplo de que el blockbuster de alto standing sigue teniendo un lugar de preferencia en taquilla. La faraónica producción que Warner ha dedicado a esta película para llevar con fidelidad al cine la obra seminal de Frank Herbert es una encomiable tarea que se ve lastrada por una irregular adaptación de la misma y proféticas visiones de secuelas que depende del éxito de esta primera parte.

Villeneuve afronta esta adaptación con una fidelidad casi dictatorial, que si bien sirve con las secuencias más memorables como recordatorio de algo que funciona mejor en la ficción escrita, en los momentos de interludio no es más que una revisión de una historia que ya se ha llevado al cine con resultados más reconocibles. Salvo contadas escenas de localizaciones naturales, naves gigantescas, o villanos flotantes, la película tiene un pobre vocabulario visual para rellenar la infinidad de secuencias de cabezas conversando que pueblan los espacios entre los puntos importantes a tachar en la lista de cosas que hacer.

Sin embargo  está lejos de ser una película lenta. Aborda gran parte de la novela, con un guion que a veces se siente apresurado, y otras totalmente superfluo y estirado. Sobre todo en una última hora de metraje en la que le cuesta encontrar un momento idóneo en el que terminar esta mitad del libro.

Al final, esta premura con las secuencias deja una sensación agridulce, como si uno hubiera absorbido más de lo que se ha mostrado, sin que hubiera necesidad de que se haya tardado siquiera tanto en contar lo que se ha narrado. Se habla de política, pero al menos en esta adaptación, no la hay. Hay venganza, crueldad o justicia poética. Pero nada de política. Los Harkonnen están ahí para ser los malos de turno, los Sardukar son los mercenarios imparciales, que luego son más malos que los propios malos, los Atreides y los Fremen son los héroes sin defectos, etc.

 

Es una historia del todo maniquea, pero que parece sentir vergüenza por esa mitad de la novela. Ese momento en el que el Leto Atreides de Oscar Isaac le habla a Paul (Timothée Chalamet) sobre la política que va a tener lugar en Arrakis se disipa por la propia naturaleza de esta adaptación. Hay momentos espectaculares, súper memorables (la propia introducción de los Sardaukar) que dejan de funcionar bajo el peso de la promesa de una compleja visión de la política espacial que simplemente no está ahí.

Esta simplificación del texto arrastra también gran parte del atractivo de la novela. Villeneuve se atreve a arrancar tramas, soltar términos y nombres que, con el contexto adecuado y la intención apropiada, servirían para que la incertidumbre de una trama con sueños premonitorios y visiones del futuro tenga algo más de propósito, más allá que el de una colección de imágenes y promesas que según como funcione la película en taquilla, puede que caigan en saco roto.

Ahí es donde el Dune de Villeneuve tropieza, en una confianza superlativa en un material original en el que ese mismo contexto, la información, está dosificada en un glosario al que acudir cuando algo nuevo surge en la historia. La película no puede contar esa herramienta, así que se ve obligada vomitar una retahíla de información a toda máquina para, en dos horas y media, estrujar todo ese enciclopédico escenario en el que presentar un universo, y prepararlo para las secuelas. La idea de simplificar según qué términos es apropiada para el tipo de título comercial que es (principalmente el de una “guerra santa” muy diferente en la novela original), pero se pierde la intención de muchas de estas ideas.

Los sueños a los que tanta importancia se les presta, ejercen una función casi anecdótica, sin ofrecer otra lectura más que la de un superpoder, y no aquellos mensajes de las profundidades que advierte la enigmática narración al principio de la película. Hay un momento en el que Duncan (Jason Momoa) bromea con Paul sobre la función de los sueños, y la secuencia invita a verle a él como el que se equivoca, el que se ríe de la significancia de los mismos. Pero el resto de la película no hace nada para subrayar dentro de la narración, qué significan estos sueños para el protagonista. Porque así, sin nada a lo que adherir estas fantasías del subconsciente, e insisto, estos sueños en los que tanto se apoya la película, simplemente son secuencias esparcidas a lo largo del metraje de un “próximamente en Dune” que puede que nunca llegue a ocurrir.

Ojalá este Dune tuviera un poderío mitológico más allá de la grandeza de unas imágenes digitales anecdóticamente grandilocuentes. Ojalá que la película no tuviera prisa de ir de aquí para allá, sin preocuparse por proponer mil ideas, en lugar de quedarse con las que de verdad funcionan. Porque las partes que funcionan, son espectaculares. Cualquier secuencia con el Barón Harkonnen de Stellan Skarsgård es espeluznante, y parece que es el único personaje al que Villeneuve se atreve a rodar con una intención de misterio y rimbombancia que de verdad casa con sus escenarios y su acting.

Ojalá Dune pueda ser, entero y verdadero, de principio a fin. Tan orgulloso y excesivo como merece ser llevada al cine, y tan completo y descarado como debería corresponder. Ojalá esta película haga dinero, y pueda acabarse esta primera parte de la historia, porque tal y como es ahora mismo, no es ni la mitad de lo que se merece.

Dune (Estados Unidos, 2021)

Dirección: Denis Villeneuve / Guion: Denis Villeneuve, Eric Roth, Jon Spaihts / Producción: Cale Boyter, Joseph M. Caracciolo / Música: Hans Zimmer / Fotografía: Greig Fraser / Montaje: Joe Walker / Dirección artística: Tom Brown, Karl Probert  / Reparto: Timothée Chalamet, Rebecca Ferguson, Oscar Isaac, Jason Momoa, Charlotte Rampling, Stellan Skarsgård, Josh Brolin, Zendaya, Dave Bautista, Javier Bardem

2 comentarios en «DUNE»

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.