CLIMAX

Cine futuro, versión años 90

Escribir de Climax de forma precisa es muy difícil. Lo es porque resulta tremendamente complicado objetivar y describir lo que se conforma en su mayor parte de emociones y sentimientos. Vamos, de confusión. Más aún cuando todo lo que digamos de la historia o de la sinopsis solo distraerá de esa precisión que buscamos. En un principio y, para quitárnoslo de en medio, diremos que la nueva película de Gaspar Noé nos sumerge en una alucinada última noche de fiesta de un grupo de bailarines en un internado abandonado en los años noventa. También que de todo ello se puede extraer una vaga crítica a la sociedad francesa de la actualidad, con algunos apuntes al racismo y al machismo. Bien, sigamos.

El más terrible de los enfants del cine francés de los noventa (aquello que se llamó New French Extremity) nos plantea una narración de inmersión, de paridad con los personajes. Algo, da igual qué, hace que la fiesta vaya en un alucinógeno aumento de locura, llámenlo LSD, misterio o Maguffin. Lo importante, tanto en el cine como en las drogas (como en la vida en general), es el viaje, y este no deja de ser uno, en aumento. La continuidad de falsos planos secuencia podría recordar a Birdman (Alejandro G. Iñárritu, 2014), solo que el francés sí pasa a planos de corte cuando le conviene detener (solo aparentemente) el ritmo de la acción, del baile. Si en Irreversible (2002) ese plano secuencia, en forma de plano fijo, le servía al francés para desesperar a su público clavando en su pecho la imposibilidad de ayudar a una mujer (Monica Bellucci), que estaba siendo brutalmente agredida, sin poder romper la distancia que les separa; la continuidad de Climáx es colaborativa, cercana y envolvente. Es una fiesta en la que participamos y cuesta creer al salir y ver la luz del día que no salgamos de un after en vez de hacerlo de una sala de cine.

Climax funciona como un viaje alucinado, una experiencia donde la continuidad en el plano solo nos adentra en la confusión reinante dentro de una película cuya cámara está más tiempo boca abajo y de lado que recta. Los desvaríos no son casuales, no hay provocación vacua, se siente que al cineasta de 54 años le queda, sí, mucho de terrible, pero poco de enfant. El desafío a los bordes de la grabación, las torceduras y doblajes de la alambicada puesta en escena van en un aumento calculado que busca atrapar, no provocar. La película cuanta con un reparto coral de actores no profesionales a excepción de Sofia Boutella, actriz argelina que, tras demostrar su capacidad de baile en películas como Dance Challenge (Blanca Li, 2002) o Street Dance 2 (Max Giwa, Dania Pasquini, 2012), de patinar y matar sobre cuchillas en Kingsman: Servicio secreto (Matthew Vaughn, 2014), de ligarse bajo las luces de neón a Charlize Theron en Atómica (David Leitch, 2017) o ser lo menos ridículo de La momia (Alex Kurtzman, 2017); se sitúa como lo único aparentemente fiable, por conocido, de una película que gira (literalmente) sobre sí misma. Nos atamos a ella como un clavo ardiendo, aunque quizás sea un error. De todas formas, Noé se encarga de que nos dejemos llevar tarde o temprano. Es difícil no haberlo hecho ya cuando llegan los créditos iniciales (cerca de los 50 minutos de largometraje). Sí, como en resto de su filmografía, los créditos vuelven a ser parte esencial e indivisible del resto del metraje y no un mero conjunto de cartelería informativa.

Los minutos avanzan y, dejando atrás la sala de baile, empezamos a recorrer los pasillos y llegar a las habitaciones. Siguen los bailes y las contorsiones, se huele el sexo y el sudor, sentimos el peligro, la adrenalina subiendo y los colores de Francia se diluyen en su mezcla verdosa cual Vértigo (ambas, la sensación y la película). Climax es, probablemente, el símbolo de madurez artística más loco jamás visto. Es una película de proyección convencional que parece habitar el territorio del 3D y la videoinstalación de 360º, especialmente (y valga la redundancia), cuando se avecina su clímax. En pocas palabras podríamos decir que Climax le hace al cine musical de baile lo que Bailar en la oscuridad (Lars Von Trier, 2000) le hacía al de canto, solo que cogiendo el camino contrario, el del exceso.

CLIMAX

Cuando la película se estrenó en la Quincena de realizadores de Cannes de este 2018, Peter Bradshaw escribió en The Guardian que Climax “hace que otras películas parezcan anticuadas e inofensivas”. Quizás ello sea el mayor valor de esta película de la que se hablará y se debe hablar más en unos años que ahora. Sin embargo, al contrario de lo que pasaba con otro ONMI cinematográfico peligroso como Holy Motors (Leox Carax, 2012), en Climax no hay un gran escudo intelectual, no podemos hablar  de una reflexión de la multipantalla o de la imagen postmoderna. En la última obra de Gaspar Noé no hay información, discurso o reflexión que valga para justificar el todo por mucha bandera francesa que haya. En la película menos explícita en sexo y violencia de las que ha filmado el realizador de Love (2015) o Carne (1991) parece que solo hay una trama floja e inocente de una fiesta descocada. Sin embargo, hay almas desnudas y mucho, mucho, cine violento y salvaje.


Climax (Francia, 2018)

Dirección: Gaspar Noé Guion: Gaspar Noé Producción: Serge Catoire, Brahim Chioua, Danny Gabai, Richard Grandpierre, Vincent Maraval, Eddy Moretti, Gaspar Noé, Olivier Père, Edouard Weil/ Fotografía: Benoît Debie / Montaje: Denis Bedlow, Gaspar Noé / Dirección artística:Jean Rabasse / Reparto: Sofia Boutella, Romain Guillermic, Souheila Yacoub, Kiddy Smile, Claude Gajan Maull, Giselle Palmer.