BLISS

El tormento y el éxtasis

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Channel 83 fue la frecuencia televisiva más alta jamás utilizada en la historia del sistema de televisión norteamericano NTSC, antes de su clausura en 1983. Utilizado como repetidor por canales de televisión de escasa potencia de emisión, que fortalecían así sus señales para llegar a territorios en los que no habrían podido emitir en solitario, esta banda ancha se convirtió en el refugio de cadenas televisivas locales de todo pelaje. Y también en el de precarios emporios televisivos de ficción como CivicTV, presidida por Max Renn (James Woods) en la mítica Videodrome (David Cronenberg, 1983) y cuya careta musical sirve no en vano de inspiración, o modelo a copiar, de la de la productora Channel 83 Films, responsable de la totalidad de los largometrajes firmados por Joe Begos. Un apunte cinéfilo que, visto lo ofrecido hasta ahora por el también guionista, y (junto al director de fotografía Mike Testin) uno de los dos operadores de cámara de Bliss, homenajea una muy determinada área del cine fantaterrorífico de la década de los ochenta, del que Begos bebe, y podríamos decir que hasta emborracharse, en sus dos películas anteriores, las pese a algunos elementos de interés bastante desvaídas Casi humanos (2013) y Poder mental (2015).

Un díptico, precedente a esta Bliss, que se retroalimentaba de los numerosos guiños y referencias al cine de esa época, centrándose especialmente en el dirigido por John Carpenter, en Casi humanos, y David Cronenberg, con Scanners (1981) a la cabeza en el caso de Poder mental. Película, esta última, que abría con el aviso, escrito en blancas mayúsculas sobre un fondo negro, de que “ESTA PELÍCULA DEBE REPRODUCIRSE A ALTO VOLUMEN”, citando literalmente la apertura de El asesino del taladro, dirigida en 1979 por Abel Ferrara. Nuevo guiño cinéfilo, esta vez al periodo más asalvajado de la filmografía del posteriormente reputado director de El rey de Nueva York (1990), Teniente corrupto (1992) o El funeral (1996), que se despliega en Bliss hasta desarrollarse como importante referencia tanto narrativa, en su descripción de personajes devorados por sus propios excesos, como atmosférica, en su nada complaciente retrato urbano de la ciudad de Los Angeles. Un quiebro profesional que se aleja así de los orgullosos lugares comunes del género fantástico y de terror de la época que hasta ahora habían sido la razón de ser del cine de Begos, para aproximarse a las formas más reconocibles (por codificadas) al cine de autor de antaño. Cambio que, no en vano viene precedido en lo creativo por un periodo de sequía fílmica en la carrera de Begos, quien en Bliss se aventura en los pantanosos territorios de la creación y el bloqueo artísticos, tomando como inspiración el desencanto para con la industria del cine que le generó su inactividad como realizador durante los cuatro años que separan Bliss de su filme anterior, el apuntado Poder mental.

A modo de violenta y retorcida fábula sobre la ambición artística, Bliss (o éxtasis, tanto artístico como también religioso) narra el ruidoso descenso a los infiernos creativos de la pintora y dibujante angelina Dezzy (interpretada con un poderoso aplomo por Dora Madison) quien buscando romper el bloque creativo que amenaza con acabar con su autoestima y ahorros decide romper un periodo de equilibrada y sana abstinencia para entregarse durante una noche al alcohol y otras drogas más o menos duras. Excesos entre los que se cuenta el consumo de un oscuro polvo que, una vez esnifado, lanza a Dezzy a un estado mental en el que la alucinación y la realidad se confunden, viéndose poseída, además, por una inusitada sed de sangre ajena que amenaza tanto la salud mental de la joven como la vida de sus conocidos… pero que logra despertar, por fin, su pasión por la pintura. Así las cosas, Bliss supone todo un catálogo de lugares comunes sobre las supuestas relaciones existentes entre el consumo de drogas, los trastornos emocionales y psíquicos y la creatividad artística. Tópicos que, independientemente de su veracidad, aparecen aquí adobados por una trama argumental vampírica, que apareja metafóricamente la sed de sangre de su protagonista con lo destructivo de su ambición como artista, alimentándose de los que rodean a Dezzy hasta acabar con ellos para así poder seguir creando la misteriosa pintura (cortesía del artista Chet Zar) que va completando en un estado próximo al trance, y que se adivina como su opus magna.

Como puede leerse hasta aquí, al menos en lo que a argumento y desarrollo se refiere, Bliss no es un prodigio de la originalidad o la sutileza, pero tampoco lo es del desarrollo: su trama parece girar incesantemente sobre sí misma, aprovechando la percepción alterada de su protagonista para ofrecer una experiencia tan embarullada en lo sensorial como plana, por poco desarrollada hasta desde una perspectiva metafórica, en lo intelectual. Un factor que sitúa a Bliss al filo mismo de la autoindulgencia, repitiendo machaconamente situaciones sobre las que va incorporando variaciones con una morosidad capaz de hacer largos sus 80 minutos de duración. Pero, afortunadamente, Begos es capaz de aportar una atmósfera audiovisual que solo puede definirse como atronadora, que aleja Bliss del engolado retrato del bloqueo artístico en el que, visto su argumento, muy fácilmente podría haber caído en manos de un director menos agresivo. Una fotografía saturadísima en su paleta de colores, que exhibe orgullosamente la naturaleza de Bliss de pequeña producción gracias al grano de imagen que le otorga el haber sido filmada en 16mm, un montaje epiléptico, lleno de cortes y parpadeos lumínicos, una cámara en movimiento perpetuo y una banda sonora compuesta mayoritariamente por temas de bandas musicales Death Metal, son parte esencial de la voluntad de Begos de distanciarse de una visión lánguida del periplo creativo de su protagonista, en un extremo muy beneficiado por la entregada y magnífica interpretación de Dora Madison.

Es en esta renuncia expresa a todo tipo de respetabilidad respecto a la figura del artista, y en su falta de mesura, de donde Bliss extrae su descontrolada fuerza, extendiéndose tanto a su retrato de personajes, casi todos ellos hedonistas, malhablados y agresivos, a su agresiva renuncia hacia lo hípster en favor de una visión de la existencia y el arte a caballo entre el grunge y el punk, como a su descripción de la ciudad de Los Angeles. Sucia, inhóspita y oscura, el panorama angelino magníficamente puesto en imágenes por Begos y Testin nada tiene que ver con Hollywood y mucho con la soledad que surge de la ambición desmedida por el egoísmo, el hedonista embotamiento químico de los sentidos y la utilización de la vida ajena como fuente de placer propio, siendo todo ello cubierto por la indiferencia ante la suerte de los demás, en lo que parece haberse convertido en el único rasgo que comparten los ciudadanos de Los Angeles.

Pero hay más: pese a que su tono y algunos rastros argumentales la asemejan a algunos cines transgresores de ayer y hoy que el paso del tiempo ha logrado normalizar en mayor o menor grado como el del del mentado Abel Ferrara, con la blanquinegra y estupenda The Addiction (1995) como base capital, o de las últimas películas de Panos Cosmatos o Gaspar Noé (que casualmente empezaba su último mediometraje Lux Æterna (2019) con una advertencia muy similar a la que abre Bliss) esta película los cortocircuita al ponerlos en paralelo con no pocos elementos pertenecientes a un determinado cine fantástico y de terror. Y aunque su integración, abrazando sin ambages el gore, el alucinado asalto a la vista y el oído del espectador, o la escatología, sea un tanto torpe y hasta atropellada por su concentración en el último tramo del film, también contribuyen a distanciar al filme de la respetabilidad y normativización genérica. En cambio, y quizás debido a la escasa empatía que despiertan sus personajes, Bliss desemboca en un nihilismo que, pese a su vistosidad y a causa de su falta de cohesión narrativa, provoca más indiferencia que desazón. El resultado es un furioso ejercicio de estilo que cartografía los estereotipados vínculos existentes entre el tormento y el éxtasis creativo con una falta de equilibrio y mesura que estimula e irrita sin solución de continuidad, convirtiéndose además en el primer paso de Begos en su huida de la complicidad genérica hacia… ¿adónde?


 Bliss (Bliss. EE.UU., 2019)

Dirección y guion: Joe Begos/ Producción: Joe Begos, Brian E. Dutton, Josh Ethier, Lyle Kanouse, Matt Mercer, Caroline Metz, Graham Skipper y Audrey Wasilewski / Fotografía: Mike Testin/ Montaje: Josh Ethier/ Diseño de Producción: Mike Lemek/ Música: Steve Moore/ Reparto: Dora Madison, Tru Collins, Rhys Wakefield, George Wendt, Abraham Benrubi, Chris Mckenna

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