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BIRDSONG


Abusos pop

Esta opera prima del director, guionista, director de arte, montador y compositor de la banda sonora Hendrik Willemyns (también líder y co-fundador del grupo musical de pop belga Arsenal) abre con la siguiente cita “El negocio de la música es un animal que devora a los soñadores, junto a las alas con las que volaban” Una advertencia que, además de orientar moralmente la película que aún está por venir, traza una conexión directa y confesa entre Birdsong (2019) y el poemario Room of Imaginary Creatures del que se extrae esta reflexión. No es casualidad: de publicación simultánea al estreno del filme en algunos países, parece ser que este libro fue editado por el propio Willemyns en su primera aventura editorial, para la que contó con la participación de numerosos profesionales del mundo musical en calidad de escritores e ilustradores de este bestiario protagonizado por otra profesional, esta del sexo, con la ambición de explorar las borrosas fronteras entre música, poesía y prostitución. Probablemente debido a su condición de pieza fundamental de un proyecto mayor, y aún a falta de haberlo podido leer, se diría que Room of Imaginary Creatures comparte objetivos con los otros dos elementos fundamentales de esta exploración (y denuncia) de las relaciones entre industria y creatividad: el último LP de Arsenal, In the Rush of Shaking Shoulders (2018) y, como no, Birdsong, cuyo cartel promocional reedita sin apenas variaciones la carátula del disco que le precede en la fértil carrera creativa de Willemyns.

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Pero a pesar de estos presumibles paralelismos, y de las conexiones argumentales, estructurales, sonoros y tonales entre unas y otras obras, fruto de la experiencia profesional de Willemyns como músico, Birdsong deja atrás la cita poética con la que se inaugura para rematarla con otra de cosecha propia, que certifica que “Ese animal [el negocio de la música] está muriéndose”. Aunque, como revelará la confesión de Asuka (Natsuka Kobayashi) -cuya subjetividad se convierte en el aglutinante narrativo de una película que va desde la causalidad argumental hasta lo abstracto, pasando por lo episódico, sin apenas solución de continuidad- este animal no dará su último aliento sin pelear hasta el último de sus casi feudales privilegios. Asuka es una joven tokiota que trabaja en el turno nocturno del servicio de limpieza de un edificio de oficinas en el que se encuentra la sede del programa televisivo de gran éxito Mysong; una especie de Operación Triunfo autodenominado (y promocionado) ante propios y extraños como toda una “Fábrica de estrellas”. Dotada de sensibilidad y capacidades musicales, Asuka vive, sin embargo, una vida cotidiana mostrada bajo los signos de la abulia vital. Su marido Jin (Shinji Matsubayashi), que trabaja de sol a sol como vendedor en una tienda de electrodomésticos, parece haberse conformado con verla apenas unos minutos al día en el angosto apartamento que ambos comparten junto a la abuela de él, al borde de la senilidad, y la hija de ambos, que Asuka cría prácticamente en solitario con cansada resignación. Una cotidianeidad planteada en Birdsong desde lo anímicamente gris, a través de planos cerrados en los que los interiores parecen cernirse sobre los personajes que los habitan, y cuyas tonalidades cromáticas, del azul al blanco y con un omnipresente gris como mínimo común denominador.

Elementos de la puesta en escena que siembran las bases de una gelidez tonal, algo traicionada por el uso y abuso de una banda sonora casi omnipresente, que la película nunca abandona ni siquiera cuando se adentra en los sintéticos terrenos de lo decididamente pop, donde se encuentran sus instantes más bizarros y llamativos, haciendo del filme una rara avis de atenuados ecos de parte del ambicioso y alegremente amoral cine de culto de finales del siglo XX. Alimentando la sospecha de que, siendo una confesión en primera persona, todo en Birdsong, desde la apuesta de Asuka para participar en Mysong presentándose a sus procesos de audición hasta su posterior prostitución para poder pagarse las clases de música que supuestamente le permitirán alcanzar el éxito, puede ser visto como una estrategia de la protagonista para justificar tanto su ambición como el narcisista lugar que ocupa en la trama ante el público. Pero a partir de cierto momento, esta subjetividad más o menos sugerida se adentra en una narrativa errática, casi episódica por momentos, y hasta alucinada en su lógica interna y envoltorio formal.

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Iniciándose como una nueva confesión, esta claramente exculpatoria, ante el presidente de la empresa promotora de Mysong (interpretado por Maro Akaji) tras ser acusada del asesinato de uno de los ganadores del concurso, Ryo (Kazuhiko Kanayama) y así robarle una de sus canciones, este segundo tramo de la película supone un ataque frontal al modo en el que los sueños de éxito, generados por la propia industria a través de toda una mercadotecnia propagandística en la que la música pop es contemplada como un simple efecto colateral, deviene explotación estructural. Desde el momento en el que Asuka decide dejar atrás su gris vida para acariciar los oropeles del éxito, prometido por quienes ven en ella algún tipo de potencial (como música y víctima propicia), la protagonista de Birdsong se sumerge en una serie de encuentros con desconocidos que le ofrecen dinero a cambio de abusar sexualmente de ella. El cómo se pasa de una oferta para emprender su carrera musical a formar parte de una agenda de contactos para una página web de servicios sexuales es algo que el filme de Willemyns parece dar por sentado, sin de explicar de qué modo una forma de explotación se relaciona con la otra. Pero su falta de recato para establecer este vínculo desde la causalidad más elemental, se sustenta, por un lado, en el conflicto de clase que late bajo las imágenes de toda la película, y, por el otro, en el hecho de que en este segundo tramo, Birdsong se mueva en un terreno más propio de la parábola sobre el grado de explotación de la industria de la música, a través de destellos entre los que brilla con luz propia el momento en el que Asuka se decide a seguir sus sueños tras ver ¡un anuncio para enrolarse a las fuerzas armadas!

Pero el que casi todos los pasajes de esta segunda confesión de la protagonista partan de un grado de artificiosidad, formal y/o dramática, mucho mayor que en el tramo anterior de la película convierte a Birdsong en una contradicción ambulante respecto a lo que presuntamente pretende denunciar. Desde ese instante, el filme de Willemyns se torna en todo un catálogo de depravaciones machistas que, de la mano de una creciente toma de conciencia de Asuka de su condición de víctima defenestrada, componen un crescendo de violaciones intuidas mediante una plasmación formal progresivamente más agresiva, en la que no faltan ni referencias a la sexualidad machista pop más o menos latente del manga o el anime (o del pop en general) ni tampoco delirios zoofílicos. Resulta bastante esclarecedor, en este sentido, la cuasi transformación en lobo de uno de los violadores de Asuka. Vista Birdsong en su totalidad, prácticamente todos sus personajes masculinos (y algunos de los femeninos también) actúan como depredadores sexuales y/o sociales. Pero este estilizado, y un tanto obvio, teatro de la crueldad acaba siendo víctima de su propio desarrollo formal. Tanto las escenas de animación que sustituyen algunos de los más terribles episodios vividos por Asuka como los mentados episodios de zoofilia mutante, que sitúan al público entre el estupor y la guasa, o los más logrados, por poéticos, instantes pictóricos que aparecen desperdigados por la película, parten de una base estética y dramática puramente pop (y a veces incluso kitsch) que, si bien permite el que estos momentos tengan una cierta pegada formal, genera una distancia respecto al sufrimiento de su protagonista que devalúa su capacidad para perturbar a la audiencia, banalizando su martirio en carne de vistoso entretenimiento.

Tratándose de la confesión de una víctima que es presa de su propia ambición, a duras penas disimulada, la película de Willemyns se debate así en la misma encrucijada de su protagonista, quien además de la ambigüedad moral de su discurso en primera persona que impregna toda la película, no tarda en incorporar desde dentro de la ficción su cada vez más precario estado mental y emocional a las canciones que compone. Esta dicotomía moralmente resuelta sobre el papel, pero a duras penas en pantalla dada la vistosidad del modo en el que se plantea en imágenes y sonido, establece una dinámica casi definitoria de Birdsong como película en sí misma considerada: la que se produce entre sufrimiento y creatividad y en la que la segunda frivoliza tanto lo que la inspira como el modo en el que estas vivencias llegan al público, plastificadas y listas para su consumo. Y es que, vista en su totalidad, y más allá del impacto de muchas de sus escenas, lo más interesante de Birdsong reside en su condición de artefacto pop incapaz de escapar a los límites de un planteamiento formal que esterilizan la moralidad de sus intenciones. La cuestión es si esta contradicción parte de una estrategia creativa premeditada o si, por el contrario, es el involuntario certificado de la victoria del arte sobre la vida que Willemyns parece condenar sirviéndose, precisamente, del equivalente cinematográfico de los mecanismos que a decir de Birdsong hacen posible esta derrota vital.


Birdsong (Bélgica y Japón, 2019)

Dirección y guion: Hendrik Willemyns/ Producción: Hans Everaert, Filip Van Moerkercke y Ken Ochiai/ Fotografía: Michael Dwyer/ Montaje: Hendrik Willemyns/ Música: Hendrik Willemyns/ Reparto: Natsuko Kobayashi, Shinji Matsubayashi, Maro Akaji, Kazuhiko Kanayama.

 

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