FESTIVAL DE BERLÍN 2019 – SECCIÓN OFICIAL (I)

Perpetuaciones y desvíos

Este era un año clave para el Festival de Berlín: tras dieciocho años, Dieter Kosslick dejaba su cargo como director del certamen. Su emotiva despedida en la ceremonia de clausura (con oso de peluche enorme de regalo incluido) esperaba homenajearlo, pero también, hasta cierto punto, tapar el enorme problema de legitimidad que hacía años que sobrevolaba su mandato. Aunque no puedo calcular el origen exacto del escepticismo público hacia su figura, pues es tan individual como el criterio de cada uno, la carta abierta que 79 directores alemanes firmaron en 2017 parece un buen punto de inflexión. En ella, se pedía una “renovación programática” en la competición y una sucesión del cargo a manos de un “cinéfilo apasionado”; dos demandas con implicaciones funestas. ¿Quería eso decir que Kosslick no estaba manteniendo la Berlinale al mismo nivel que sus compañeros europeos de clase A? Una duda que cualquier programador (y, en definitiva, cualquier profesional) preferiría evitar a dos años de su jubilación.

Dieter Kosslick
Emotiva despedida a Dieter Kosslick, director del Festival de Berlín (2001-2019)

Todos los festivales tienen sus luces y sombras, pero el claroscuro se extrema en suelo berlinés. Por un lado, este es un evento de gran calibre para la exhibición alemana, cuyas salas reciben a más de medio millón de espectadores en un margen de diez escasos días, con todos los beneficios económicos que esto reporta (según cifras del propio certamen). En un año de déficit de espectadores tan brutal como el pasado 2018 (la recaudación en Alemania cayó un 15%, por primera vez por debajo del billón de euros desde 2014), la Berlinale es de los pocos eventos que puede ayudar a levantar, de nuevo, estos números de asistencia al cine sin apenas subir el presupuesto público destinado a organizarlo. Para el cinéfago medio el Festival es una apuesta asegurada, un reclamo que no necesita publicidad alguna. Una programación izquierdista, el compromiso con la presencia de mujeres en el evento y la gran presencia de títulos LGTB+ acabarían de redondear una cita obligatoria en la fría capital alemana.

Pero hace años que faltan nombres realmente potentes en la Sección Oficial a Competición. Sundance, celebrado unos pocos días antes, se queda con las promesas del panorama indie norteamericano, mientras que Cannes va a por los grandes peces y coproducciones internacionales, que muchas veces prefieren esperar a mayo antes que estrenarse en Berlín. Tampoco vemos que Kosslick apueste por una curación realmente arriesgada en la carrera hacia el Oso de Oro[1], como sí pasa en los Tigres de Rotterdam. Da la sensación de que el Festival se desvive, en un sentido bastante literal, entre la constante persecución de candidatos mainstream y la discreta reivindicación del espíritu vanguardista de un cierto cine europeo. La gran pregunta aquí es, ¿cómo ha repercutido esta dinámica en la Competición de esta 69ª edición? Y, a la vez, ¿cuáles han sido las joyas que han desfilado estos días por el Auditorio berlinés y de qué forma han instaurado un cambio en la forma cinematográfica? En las siguientes líneas, repasaremos las principales corrientes que se han visto en las dieciséis candidatas al Oso de Oro, en busca de una respuesta a estas dos preguntas, que nos ayudarán a discernir, también, la dinámica general de un evento entre la perpetuación clásica y sus maravillosos desvíos.

Pirañas
Pirañas, de Claudio Giovannesi (Oso de Plata a Mejor Guion)

El realismo institucionalizado

Es algo sabido que gran parte de la fauna y flora de toda Sección Oficial de un festival medianamente grande estará compuesta por títulos absolutamente clásicos que pueden llegar a obtener más o menos resonancia entre la crítica internacional, pero que raras veces sorprenderán de verdad. Suelen ser biopics, adaptaciones de novelas, historias “basadas en hechos reales”, cuyo hábitat idóneo parece reducirse a las distintas competiciones festivaleras, sea por su temática o por su discreta apuesta formal.

En esta línea, por ejemplo, podríamos leer adaptaciones de novelas, como el film Pirañas, de Claudio Giovannesi (Ali ojoz azules), que en España veremos gracias a TriPictures. La película, que ganó el Oso de Plata a Mejor Guion por el libreto del mismo Giovannesi, Maurizio Braucci y Roberto Saviano (también autor del libro original), cuenta la historia real de un grupo de adolescentes napolitanos que deciden entrar en el mundo de la mafia y, una vez dentro, se ven atrapados en un macbethiano círculo de poder que los llevará hasta lo más alto… y de vuelta abajo. Un relato que podría aportar una reflexión verdaderamente potente sobre la perpetuación del tribalismo en la peligrosa era del simulacro pop, pero que acaba cayendo en los lugares más comunes de su paradigma narrativo. Al final, ni siquiera el carisma de Francesco di Napoli, entre inocente y socarrón, puede rescatarnos de la constante sensación de déjà vu a otras muchas historias reales de kids with guns.

Mr. Jones
Mr. Jones, de Agnieszka Holland

Otra de las historias estreñidas por ese “basado en hechos reales” es Mr. Jones, de Agnieszka Holland (Spoor: El rastro), que narra, en clave de thriller periodístico, el épico viaje que Gareth Jones (James Norton) hizo a Ucrania para destapar la miseria de lo que después conoceríamos como Holomodor. Si bien Holland apuesta por una interesante aproximación a la puesta en escena de la primera mitad de la cinta, desafiando desde el manierismo y el collage ese tan malentendido realismo de los relatos históricos, la segunda parece caer justamente en esa imagen desaturada, cruda e hiperrealista que pretendía evitar. Aunque también desde el guion se simplifica todo el elenco de personalidades que habitan la historia de Jones, poniendo a las personas en el lado correcto de la Historia sin matiz alguno (qué buenos son los buenos, qué malos, los malos), el mayor desperdicio es la caída de la imagen en el artificio “realista” pero tan falto de alma y de sustancia, tan parecido a todo el resto de películas-denuncia de época, que dificulta sentir verdadera empatía hacia sus personajes.

El tercero en el combo de “películas que podrían haber sido mejores si no hubiesen sido fieles a un material anterior” es la noruega Out Stealing Horses, de Hans Petter Molland, Oso de Plata a Mejor Fotografía. Aunque el debate sobre la necesidad de darle a este título (ciertamente bonito pero nada original) el premio a la Mejor Fotografía lo podemos dejar para otra ocasión. En este caso, Petter Molland no adapta una historia real, sino la novela homónima de Per Petterson sobre cómo un pasado trágico y un presente no demasiado esperanzador se entrelazan en la mente de su anciano protagonista (Stellan Skarsgård, un habitual en el certamen berlinés). Pero el relato del que parte, lleno de saltos atrás y adelante en el tiempo, es muy propio de la novela y su traducción al séptimo arte queda más que limitada por la naturaleza de su historia original. De alguna forma, y permitidme que me vaya a la otra punta del mundo para explicarme, es como si Memorias de África (Sydney Pollack, 1985) hubiese adaptado la novela de Isak Dinesen al pie de la letra. Es una adaptación posible, y de ahí las dos horas bien cargadas de contenido de la película noruega, pero la cantidad de información que se da en tan poco tiempo juega contra sí misma.

Out Stealing Horses
Out Stealing Horses, de Hans Petter Moland (Oso de Plata a Mejor Fotografía)

Esto es todo por ahora. En el siguiente texto, trataremos la naturaleza europeizante y telefilmesca de algunos de los otros títulos de la Sección Oficial, poniendo especial atención en aquellas películas que rompen, para bien, el canon del realismo dramático en favor de una puesta en escena más atrevida y efectiva. Sigan leyendo.


[1] Para un repaso más extensivo a lo que han sido los últimos certámenes de la Berlinale, ver aquí.

2 comentarios en “FESTIVAL DE BERLÍN 2019 – SECCIÓN OFICIAL (I)

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