ARREBATO

El infinito en la pausa

Uno de los elementos que caracteriza a lo vampírico, desde un punto de vista que remite a las figuras tenebrosas de las historias clásicas, esas que muerden y desangran a sus víctimas convirtiéndolas en otros seres como ellas, es el de la vida en la muerte: la aspiración a lo infinito. Aquello que, al menos, tiene un origen fijado por un instante, un tiempo inicial en el que se da comienzo a una secuencia de otros instantes, de infinitésimos convertidos en unidades que se suceden, en algo que perdura, que se extiende y no tiene fin.

Arrebato. Revista Mutaciones

A poco que se busque en textos y publicaciones, es fácil percatarse de que un adjetivo ampliamente utilizado para calificar a Arrebato (1979), la mítica película de Iván Zulueta, es sin lugar a dudas el de vampírico. Y no son pocos los elementos que lo justifican sin salirse de esa idea de lo abducido, de lo que es arrebatado, de la acción de robar, de poseer el alma y, por qué no, el cuerpo de la víctima. Pero lejos de entenderlo desde la perspectiva de lo eterno, aquello que tiene una dimensión temporal, aunque sin final, resulta acertado aproximarse desde la idea de que cada uno de esos instantes, en su constante aproximación a la no duración, resultan ser infinitos en sí mismos. La permanencia, la inmortalidad, por tanto, se convierte en ausencia, en un tiempo retenido, en una pausa.

En su primer encuentro, Pedro (Will More), en su obsesión sobre el manejo del fotograma y la obtención de la imagen en movimiento, le pregunta al director especializado en películas de terror, José Sirgado (Eusebio Poncela): “¿Tú sabes qué hacer con la pausa?” (…) La pausa es el talón de Aquiles, el punto de fuga, nuestra única oportunidad”, e inmediatamente después queda patente la conexión entre el arrebato, el robo de la consciencia, y el estado de detención del tiempo cuando ambos están frente al álbum de cromos de la película Las minas del rey Salomón que el cineasta amateur muestra a José: “Dime, ¿cuánto tiempo te podrías pasar mirando este cromo? ¿Y éste?, ¿te acuerdas? Años, siglos, toda una mañana. Imposible saberlo. Estabas en plena fuga, éxtasis, colgado en plena pausa… Arrebatado”. El tiempo mágico del cine vampiriza la imagen dejándola retenida en un fotograma, en un cromo, en una pausa, mientras todo lo demás fluye, sucede, quedando suspendida en un tiempo arrebatado al tiempo real del que es extraída. Arrebatarse es, por tanto, desvincularse, una forma de atemporalidad para ser ajeno al fluir de la vida, para quedar en libertad.

Arrebato. Revista Mutaciones

En Arrebato, Iván Zulueta indaga en lo atemporal de la pausa de tres formas, en tres maneras de arrebatarse. Tres estados de fuga en los que quedar extraído de la realidad, suspendido en el tiempo: la heroína, el sexo y el cine. El primero, genera cambios de estado, momentos que transportan fuera de lo real, de personalidad o edad incluso, como la ausencia somnolienta que deja a Ana (Cecilia Roth) inerte durante horas sentada ante una vieja muñeca de trapo de Betty Boop, transportada a su infancia, recién ha consumido una dosis del opiáceo. El segundo, el éxtasis del orgasmo en el que José y Ana quedan diluidos en el flashback que los devuelve a los inicios de la relación entre ambos y en los que ella también se inicia en la heroína: “Hay polvos y polvos, pero de los polvos que no son polvos, estos polvos, son los más polvos”, le dice el director a la actriz convertida en amante. Y, por último, el cine, la estricta contemplación de la imagen en movimiento de las tomas en Super8 montadas y enviadas por Pedro a José, acompañadas por el sonido de arrastre del proyector y la reproducción de la voz del primero procedente de la casete que adjunta a la bobina en el paquete postal.

Arrebato. Revista Mutaciones

Pero el infinitésimo, el instante, se crea, se elabora y sobre este principio de fijación de la imagen en el tiempo sobrevuela el martilleante sonido del temporizador conectado a la cámara, del dispositivo técnico que se transforma en el elemento definidor de pausas, el que gestiona el intervalo sustraído entre fotograma y fotograma. De esta manera el director vasco sitúa al espectador en lo primigenio de la obtención de la imagen en movimiento, en el recurso que viene aplicando en sus pequeños trabajos anteriores; véase sino la fruta que va creciendo en cada bocado o el negro del café que avanza en los terrones de Leo es pardo (1976), efecto de azúcar manchada y ennegrecida que vuelve a emplear en Arrebato y cuya presencia es ejemplo de la obsesión del realizador por el paso del tiempo y de la transustanciación de las cosas. Obsesión por lo inexorable del devenir del tiempo real por un lado, pero también del control del tiempo cinematográfico manipulando el ritmo y las velocidades por otro. De esta manera, los fotogramas que se tiñen de rojo en cada arrebato de Pedro no son sino pausas en el proceso de generación de la imagen en movimiento, de los fotogramas encadenados en el proceso filmación, de las múltiples capturas de la luz.

Pedro, en la aspiración, en la búsqueda de una unión mística con el cine, al igual que José, persigue el punto de fuga y decide quedarse atrapado en esos fotogramas en rojo, cambiar de estado y forma, transustanciado a una luz proyectada, que no destruido, sino vampirizado. Muerto en el tiempo real, pero permanente, siempre vivo e infinito en la pausa.


Arrebato (España, 1979)

Dirección: Iván Zulueta / Guion: Iván Zulueta / Producción: Nicolás Astiarraga / Montaje: José Luis Peláez, José Pérez Luna, María Elena Sáinz de Rozas / Fotografía: Angel Luis Fernández / Sonido: Paco Femenia, Miguel Ángel Polo, Francisco Peramos / Música: Grupo Negativo / Reparto: Eusebio Poncela, Will More, Cecilia Roth, Marta Fernández Muro, Helena Fernan-Gómez, Luis Ciges.

 

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