ANNETTE

Elogio del artificio

Annette (2021), el nuevo trabajo de Leos Carax tras la hermética y opaca Holy Motors (2012), es un caramelo envenenado. O mejor aún, es como la manzana roja que la bruja le ofrece a Blancanieves y que, casualidades de la vida, es el alimento que ingiere habitualmente Ann Desfranoux, la cantante de ópera interpretada por Marion Cotillard en la cinta, sometida por esa fusión entre el Fantasma del Paraíso de Brian de Palma y el Monsier Merdeu interpretado por Denis Lavant -en el segmento de Holy Motors donde perseguía obsesivamente a su objeto de deseo, representado en la modelo interpretada por Eva Mendes– que es Henry McHenry, el obsesionado y violento cómico de stand up interpretado por Adam Driver y que sería la suma total de todos los protagonistas de la obra de Carax y reverso tenebroso del propio director. Porque en un vistazo superficial, el nuevo trabajo de Leos Carax aparenta ser su trabajo más asequible y transparente. Una ópera rock compuesta por el duo musical Sparks, de narrativa tradicional, visualmente esplendorosa, que parte de elementos del romanticismo y el melodrama clásico y una suerte de subversión y deconstrucción del género musical -que alude y reinterpreta trabajos como la obra de Jacques Demy o Stephen Sondheim y la ironía del duo conformado por Matt Stone y Trey Parker– y que, si se lee de manera literal, puede ser menospreciada tanto por aquellos que buscan al Carax más críptico como por el espectador más mainstream, noqueado por sus decisiones estilísticas y formales más bizarras. Porque todo lo expuesto anteriormente es cierto, pero también no lo es. Dos lados de un espejo que se retroalimentan, de la misma manera que se confrontan. Una obra tan pura y primitiva en su epidermis como profundamente compleja en el interior. Un trabajo en el que, si nos adentramos en su infinidad de capas, más allá de su brillante superficie, podemos encontrar la cara b de su trabajo previo, Holy Motors.

En la primera secuencia de Holy Motors, Leos Carax rompía la cuarta pared en el prólogo de su cinta al introducirse en la ficción, en el celuloide, a través de una sala de cine. En su interior, un público anónimo asistía aletargado a la proyección de una película, bañados en una luz espectral de tonalidad esmeralda. Una secuencia que servía de metáfora del contenido del filme, donde Carax entonaba su canto de amor hacia el cine en su estado más primitivo, en contraposición con la aséptica y anestesiante artificialidad del cine del siglo XXI. De idéntica manera, Carax se introduce -al igual que al resto del equipo que compone el filme- en la secuencia que da inicio a Annette. En ella, y a partir del primer tema compuesto por Sparks, So May We Start, Carax habla directamente al espectador, informándole de lo que se va a encontrar y marcándole un patrón de conducta y estado de ánimo ante el que debe predisponerse hacia lo que va a ser proyectado. Y de idéntica manera, si Holy Motors se iba desarrollando a partir de una serie de microsegmentos conformados por los distintos roles que el actor Denis Lavant iba asumiendo en ese personaje vaciado de pasado, personalidad y yo, aquí los actores principales del filme, Adam Driver y Marion Cotillard, son despedidos por el equipo de la cinta -al final de la secuencia de arranque-, para transformarse (al igual que el personaje de Lavant en Holy Motors) en sus alter egos de la ficción: Henry McHenry y Ann Desfranoux.

Pero al igual que Driver y Cotillard se desdoblan en Henry y Anne, estos últimos lo hacen de nuevo -como las múltiples identidades de Lavant en Holy Motors– en dos personajes: el yo de la vida profesional y pública, y el yo de lo íntimo y personal. Un juego entre lo real y lo ficcional donde lo segundo absorbe a personajes y cinta a lo largo del metraje. Henry es un cómico involucrado en una relación más pasional que amorosa con su objeto de deseo, la cantante de ópera Ann Desfranoux. Un choque entre baja y alta cultura, las fuerzas antagónicas, pero también complementarias que son el motor de Annette, de consecuencias trágicas. Henry se desnuda (en cuerpo y alma) en sus provocadoras actuaciones frente a un público aletargado -que al igual que los espectadores del prólogo de Holy Motors, están bañados por la anestesiante luz esmeralda que emite Henry y que irá inundando la paleta cromática del filme y en consecuencia el entorno donde se mueven los personajes- y la tragedia operística representada por Anne en sus exitosas obras acaba por marcar su destino. Dos personajes que anidan en un universo artificioso que se acaba trasladando a su entorno privado y en consecuencia a las decisiones formales de la cinta de Carax.

Porque todo en Annette está inequívocamente dirigido a potenciar el artificio, casi como si Carax quisiera invocar el espíritu de Georges Méliès para las audiencias del nuevo siglo. Y si en Holy Motors era capaz de crear belleza de una sesión de captura de movimiento, casi reconvertida en revisión contemporánea de la cronofotografía de Eadweard Muybridge, aquí las secuencias del filme -en especial la tormenta y el naufragio posterior- se imbuyen de la teatralización de los universos profesionales de Henry y Anne, en especial de la segunda. Pero en ese camino de dos direcciones, de rupturas constantes entre lo real y lo representado, también lo real se introduce en la ficción, como en la onírica y bella secuencia de la ópera, donde Anne se introduce dentro de un entorno natural, integrado artificialmente en el interior del decorado de lo representado.

 

Ese juego en espiral entre lo real y lo ficcional y la difícil separación de esos dos mundos en un mundo contemporáneo conectado a la hiperrealidad -de ahí esas secuencias formalmente feístas que representan una suerte de programa de prensa rosa potenciado y extrañado a partir de una suerte de GIFS que atrapan a sus protagonistas, limitándoles su movimiento (el movimiento constante, tema central y obsesión del cine de Carax), confluyen en el personaje que da título al largometraje, Annette. Un juguete roto -de ahí su representación física y simbólica, eco del Pinocho de Carlo Collodi– que busca infructuosamente convertirse en una niña de verdad, al ser privada de su espacio íntimo y personal, atrapada y asfixiada en su éxito mediático. Algo que es representado en la secuencia en la que la imagen de Annette es consumida y poseída en una infinidad de dispositivos móviles, prisionera de los límites de la pantalla, de idéntica manera que sus padres son subyugados y sentenciados por los límites de sus respectivos escenarios físicos. Metáfora tan bella como trágica de la prostitución del arte con fines comerciales, que sirve de complemento al discurso ya planteado en Holy Motors desde una perspectiva aparentemente más cercana. Porque Carax, al igual que Henry, se desnuda para entregar quizá su trabajo más personal y descarnado, a partir de unas formas hiperestilizadas y magnificadas y un popurrí fastuoso y desacerbado de tonos y referencias, que van desde el romanticismo al goticismo, pasando por elementos tan aparentemente alejados de la propuesta, como el terror de serie b subgénero de mad doctors y el fantastique más primigenio.


Annette (Francia, 2021)

Dirección: Leos Carax / Guion: Ron Mael, Russell Mael, Leos Carax / Producción: Charles Gillibert, Paul-Dominique Win Vacharasinthu, Adam Driver / Música: Sparks / Fotografía: Caroline Champetier / Reparto: Adam Driver, Marion Cotillard, Simon Helberg, Devyn McDowell, Natalia Lafourcade, Kanji Futurachi, Wim Opbrouck, Rusell Mael, Ron Mael, Leos Carax

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