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EDITORIAL: MUTACIONES CUMPLE SIETE AÑOS


Mutaciones cumple siete años

Nunca fui tan libre escribiendo como cuando escribía en Mutaciones. Lo cuento ahora que la vida me ha traído por otro lado y la revista cumple siete años. Me acuerdo de aquella noche en el Bar La Pomarada, cerca de los cines de Plaza España, en que cobró forma el primer número de la Revista Mutaciones. Estábamos Rafa S. Casademont, Fran Chico, Pablo López, Patricia Marín, Enrique Pérez, Álvaro Pérez, Bea Planas, Carlos Rodríguezy yo, y si bien no me acuerdo de qué hablamos sí recuerdo las bromas, las burlas y las ideas delirantes como una sección dedicada al “cine y los bigotes” (en serio). No tuvimos la audacia de apuntar nuestra visión sobre la crítica de cine en una servilleta porque estábamos demasiado ocupados haciéndonos caricaturas los unos a los otros. Desde entonces, la crítica de cine, la cinefilia y la amistad han sido para mí inseparables; y es lo que significa el nombre de Mutaciones.

Hay un mito ciertamente ridículo que asocia la cinefilia al vampirismo y la soledad; en realidad sucede lo contrario. La cinefilia ha sido, es y será siempre un fenómeno social: un grupo de personas, sin otro vínculo entre sí que una pasión, se reúne para compartir aquello que ama. Si la sala de cine es el lugar del encuentro anónimo, la cinefilia es su contrapartida social: las conversaciones en la puerta del cine. En una ciudad como Madrid, que ha sufrido el expolio de espacios públicos y la expulsión del centro por los turistas y el precio de la vivienda, descubrí en la cinefilia el poder de reconfigurar otro centro urbano, rizomático, a través de festivales, filmotecas, salas de cine y bares. Más que unos primeros trabajos precarios, que tuve que acabar abandonando, la cinefilia me dio una manera de rehabitar la ciudad (en un sentido literal, me regaló mis primeras compañeras de piso).

En aquel entonces, no obstante, estábamos todos muy dolidos con un profesor que había dicho: “no eres un crítico (profesional) hasta que no te pagan por ello”. Exigíamos un reconocimiento a la seriedad y profesionalidad con que nos tomábamos la crítica incluso si no nos retribuían el esfuerzo. Me he acordado mucho de la frase desde entonces. La última vez a propósito de una discusión por el excelente editorial de Pablo Fernández, ‘Las preocupaciones de un crítico de cine’, cuando un colega en las redes sociales le criticaba por emplear el sacrosanto espacio de la crítica para reflexionar sobre su escritura. Como suele suceder, aquel profesor tenía razón. Lo que olvidó añadir fue que si “vivimos en un mundo lo suficientemente mercantilizado como para que el gusto sea medible, convertido en valor de cambio. Y más que el gusto, el comentario, la escritura” -según el generoso editorial de Carlos Losilla en esta revista-, la crítica de cine que realmente importa es la crítica amateur. Solo el crítico amateur puede mostrar su fragilidad, las dudas de su escritura e inscribir el análisis de las películas en el tiempo, lugar y comunidad donde estas cobran un sentido, es decir, en una intersubjetividad que es lo que, en el fondo, trata de construir toda revista. ¿Qué es la crítica de cine si no la cinefilia a través de la escritura? (normal que internet y Letterboxd hayan convertido a tantos cinéfilos en críticos). Tampoco nos dijo aquel profesor que esto, el amor compartido al cine, es lo primero que se sacrifica en aras de la profesionalización. El desafío, claro, radica en cómo garantizar la subsistencia amateur sin ceder la libertad (¡se han cerrado tantas revistas y blogs en estos siete años en que el SEO ha barrido con todo!).

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«No tuvimos la audacia de apuntar nuestra visión sobre la crítica de cine en una servilleta porque estábamos demasiado ocupados haciéndonos caricaturas los unos a los otros.»

Tanto rodeo para decir que, en contra de nuestras profesionales intenciones, esta manera de entender el cine es lo que durante siete años, y a pesar de (en realidad gracias a) sucesivos cambios y rotaciones de personas, ha mantenido Revista Mutaciones tan viva. Quién iba a decir que el término “mutaciones” acabaría refiriendo a una manera de organizarnos. En su momento, por cierto, Mutaciones era un guiño tanto al libro de Adrián Martín y Jonathan Rosenbaum como -ya se puede decir- a los X-Men.

La revista nació en el seno del Máster de Crítica de Cine de la ECAM como la prolongación natural de un cinefórum y taller de crítica de cine que organizábamos los alumnos antes de las clases (ahí descubrimos a Don Hertzfeldt) y de unos paseos regreso a casa regados de discusiones sobre cine, donde la idea de la revista fue pensada por primera vez. Tan pronto como se decidió compartir el proyecto con todos los compañeros y compañeras el destino de Mutaciones estuvo sellado: sería un espacio donde la amistad y la generosidad primaria sobre la profesionalidad (y nosotros aún enfadados con el profesor que se negaba a llamarnos profesionales…).

Fue un feliz acierto. Todas las particularidades de la revista que a menudo sorprenden a los recién llegados derivan de aquí: la apertura a cualquier cinéfilo que desee escribir, la personalísima labor de edición que mantienen la dinámica de un taller de crítica, la estructura horizontal de la revista… Se trataba de que cualquier compañero pudiera publicar en Mutaciones la mejor versión de sus textos; de allí la insistencia pedagógica en la edición, que nos repartíamos por parejas entre todos y que siempre ha dado tan buenos resultados, si no para los textos (a quién le importan), sí creando vínculos y amistades en esos correos de ida y vuelta.

La otra idea fundamental era la horizontalidad. Una revista sin director, que no sin dirección, donde desde el nombre Mutaciones (¡cuántos descartes!, ¡qué duro llegar a un acuerdo!, ¡y qué bien resultó!) hasta la temática de cada número fuera tomada por consenso. Cierto que, tras decidir entre todos abrir la revista fuera de nuestro curso, hubo que establecer un consejo de dirección que gestionara las incorporaciones masivas de nuevas promociones y redactoras, pero siempre ha sido un círculo permeable, en rotación, un espacio de trabajo y reparto de responsabilidades más que una distinción.

Estoy convencido de que cada persona tendrá una respuesta distinta a cuál ha sido el mayor logro de Revista Mutaciones en estos siete años. Me habría gustado dedicar el editorial a repasar entrevistas (Rithy Panh, Jonás Mekas (!), Alain Bergala…), retrospectivas y dossieres (como el Especial Cine Malo donde reunimos a una peculiar y mutante Internacional Cinéfila a la que se sumó Rosenbaum celebrando el nombre de la revista) de las que la revista puede y debe sentirse orgullosa, pero prefiero destacar cómo Mutaciones es, también, una experiencia de democracia radical. La demostración de que el sentido político del cine comienza al encenderse las luces. Decía Godard que no hay que hacer cine político, sino cine políticamente. Y ni siquiera hace falta una cámara. Basta con un grupo de extraños compartiendo su vulnerabilidad ante un movimiento de cámara de La quimera (Alice Rohrwacher, 2024); haciendo comunidad y rehabitando la ciudad desde ella.

En ese primer número de Mutaciones escribieron, además de los ya citados: Salvador Arbeláez, Sherezade Atiénzar, Ricardo Barbé, Elena Canorea, Silvia Estévez, Marina Ferrera, Ana Fernández, Miguel Gutiérrez, Valle Lázaro y Cristina Moreno. Hace años que ninguno de nosotros escribe en la revista. La precariedad, la vida, el precio de la vivienda, la profesionalización y más a menudo la reinvención profesional hacia ámbitos menos precarios… Si Mutaciones sigue activa y repleta de nuevas ideas y enfoques críticos es gracias a la generosidad de los últimos redactores de ese primer número de cederla a una nueva promoción del Máster de Crítica de la ECAM y, sobre todo, a la generosidad de ellos y de ellas al recibirla y mantenerla con tan buen ritmo y tantos aciertos.

Siete años después, que Mutaciones siga renovándose y produciendo formas distintas de entender el cine, que mantenga su estructura absolutamente horizontal y el acompañamiento en la edición, que siga siendo un lugar donde dudar, pensar sobre cine y sobre la crítica de cine y donde compartirlo… todo eso es mejor reconocimiento que ser llamado profesional o que escribir en una revista de prestigio. Significa que hace siete años hicimos cine sin saberlo, que Mutaciones es un espacio de amistad.


No quiero cerrar este repaso sin mencionar a una serie de colaboradores habituales que apostaron por Mutaciones cuando aún daba sus primeros pasos y que ayudaron a abrir lo que era casi un proyecto escolar a una auténtica revista de cine, un lugar de encuentro (entre muchos) de la cinefilia. Ellos son: Antonio M. Arenas, Cristina Aparicio, Sergio de Benito, Fernando Bernal, Iván Ginés, José Miguel Hernando, Mario Iglesias, Angelo Khemlani, Yago Paris, Daniel Reigosa, Javier Rueda, Antonio Serón, Luis Suñer… Con el tiempo se sumaron muchos otros colaboradores y colaboradoras. Gracias.

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Primer número de la revista

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