ALITA: ÁNGEL DE COMBATE

El hiperrealismo como enemigo de la cinética

La traducción del lenguaje del manga o del anime para paladares occidentales ofrece no pocas complejidades en su traslación, ya sea en viñetas o en fotogramas. Las reglas, formas y códigos del lenguaje audiovisual oriental van más allá de la traducción y adaptación del argumento, sino que requiere entender los conflictos, o su mayor paleta de grises, que se encuentran entre los extremos del bien y del mal absolutos de los relatos occidentales. Esta es la razón por las que no han sido comprendidos o bien interpretados en su traslación cultural y su orden de lectura de izquierda a derecha. Sin olvidar, por supuesto, uno de sus grandes elementos, sus códigos estilísticos, donde la energía cinética, la hiperbolización de las escenas de acción y la magnificación de las mismas, donde la splash page se convierte en una dilatación extrema de los tiempos del plano, han aportado tanto al arte del cómic como de la animación de unas características particulares que el conservadurismo formal de Occidente no ha sido capaz, en la gran mayoría de ocasiones, de emular o representar.

La adaptación de Ghost in the Shell  (Rupert Wyatt, 2017) es un claro ejemplo. La distopía filosófica-científica bañada en neo-noir, adaptación del anime de Mamoru Oshii se convirtió en una típica y tópica historia de venganza que perdía su esencia a medida que avanzaba el metraje. Y no hablemos de la adaptación en imagen real de Dragonball Evolution (James Wong, 2009)… Pero sí que ha habido cineastas que han sabido entender, absorber y representar el lenguaje, las formas, el tono y el estilo del anime en su paso al cine occidental: las hermanas Wachowski. Las cineastas ya absorbieron, reinterpretaron y acogieron elementos de trabajos como Appleseed o Ghost in The Shell en su trilogía Matrix (1999-2003), donde el cyberpunk de William Gibson, con su Neuromante como punta de lanza, se transformaba en una suerte de hiperbólica y esteticista (en el buen sentido de la palabra) reformulación del lenguaje y el tono del anime en imagen real y para audiencias occidentales. Un paso más allá llegaron las hermanas con su siguiente trabajo para la gran pantalla, Speed Racer, uno de los animes clásicos y fundamentales de la era pre-Akira, estrenada en España con el título de Meteoro, donde más que nunca, la estilización, la cinética y la distorsión y caricaturización de los personajes proveniente del anime original, eran transformados en imágenes digitales realísticamente animadas, de una manera tan bella y pura. Pero la arriesgada y maravillosa apuesta de las Wachowski se saldó, lamentablemente, con la indiferencia del público y la incomprensión de la industria y la crítica.

Y llegamos a Alita. Un proyecto harto tiempo deseado por el verdadero protagonista de la función, el productor y coguionista, James Cameron. Porque la adaptación del manga de Yukito Kishiro ha sido siempre uno de los proyectos deseados del cineasta. Ya desde los 90 la sombra de Alita perseguía a un James Cameron que primero por motivos estrictamente tecnológicos (el desarrollo de los efectos visuales) y en la actualidad por su interminable producción de innumerables secuelas de su Avatar (2009), nunca encontraba el momento para realizar uno de sus proyectos más queridos. Hasta que un Robert Rodríguez necesitado de un renacimiento de su carrera se le apareció en su puerta. Curioso que Cameron encontrara en Rodríguez un alma gemela para desarrollar este proyecto, ya que aunque el mejor cine de Rodríguez (es decir, el de sus inicios) respiraba un dinamismo y una puesta en escena heredera de Tex Avery, los estilos de ambos directores no pueden ser más diferentes. Rodríguez busca, más allá de la perfección técnica, una organicidad global donde el todo es mucho más importante que las partes, aunque estas últimas algunas veces se tambaleen. Algo normal si se entiende que Rodríguez se mira en el espejo de producciones de serie B y serie Z, sin la intencionalidad de su compañero de armas, Quentin Tarantino, este si buscando constantemente la subversión de los sub-géneros que adora. En cambio, James Cameron ofrece espectáculos construidos desde la tecnología, tan brillantes como abrumadores, tan perfectos objetivamente como faltos de flexibilidad y maravilla en su conjunto.

El resultado final es un trabajo donde Cameron y sus depuradas y perfectas imágenes en 3D impresionan pero no maravillan. Aspectos visuales que objetivamente son valorados con la frialdad de aquel que observa los complejos engranajes del interior de un reloj. El sentido de la maravilla está ausente en el momento que, más importante que la energía cinética que debe transmitir un combate entre androides mejorados y un universo digital fastuosamente representado, el cineasta se centra en un primerísimo plano de la cibernética y darrowiana extremidad de Alita. Mientras tanto, Rodríguez y su torpe pero personalísimo estilo queda enterrado bajo varias capas de CGI de ultimísima generación y un tópico trasfondo de iniciación y lucha de clases o especies tan previsible como los dos trabajos previos de Cameron, Titanic (1997) o Avatar. El tan fastuoso como abrumador vacío envoltorio de ambas superproducciones es aquí repetido con un trabajo tan eficiente como ausente de personalidad de Robert Rodríguez. Un trabajo que también se ve lastrado por una primera mitad donde el exceso de exposición para entender las características y la mitología del mismo debería haber sido representado a la manera de Mad Max Fury Road (George Miller, 2015). En dicho trabajo, Miller construía la historia y desarrollaba a sus personajes a través del movimiento cinético imparable que contenía la reinterpretación/secuela de la saga clásica de los 80. Quizá en su último tramo, Alita consigue dicho objetivo. Sobre todo cuando se acerca levemente a la maravillosa Speed Racer, en concreto en las secuencias que transcurren en el deporte de riesgo heredero del Rollerball (2002) de John McTiernan. Pero aunque el destino de personajes y espectadores sea alcanzar esa ciudad de las nubes que observan desde la lejanía, la cinta nunca alcanza a despegar y de emprender el vuelo, lastrada paradójicamente por una técnica sin la que no habría podido nacer.


Alita: Ángel de combate (Alita: Battle Angel, Canada, Argentina, EEUU, 2019)

Dirección: Robert Rodríguez Guion: James Cameron, Laeta Kalogridis, Robert Rodríguez Producción: James Cameron, Jon Landau / Música: Junkie XL / Fotografía: Bill Pope / Montaje: Stephen E. Rivkin, Ian Silvertein / Diseño de producción: Caylah Eddleblute Steve Joyner / Reparto: Rosa Salazar, Christoph Waltz, Jennifer Connely, Mahershala Ali, Ed Skrein, Jackie Earle  Haley, Keean Johnson, Jorge Lendeborg Jr., Lana Condor

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