WATCHMEN Y LOS MINUTEMEN: LA MULTIPLICIDAD NARRATIVA

Watchmen. Cómic

Tic-tac, el reloj no deja de sonar

“Tic-tac”, tu reloj interior suena. Mientras divisas estas líneas puede que ya hayan pasado un par de segundos de tu existencia, o quizás una década dependiendo de lo ocioso que seas. “Tic-tac”, lo único que importa es el tiempo, cómo lo consumes y arremetes contra él, cómo lo condensas. Una obsesión divinizada a lo largo de la historia del arte, obcecada por esculpir algo tan frágil y efímero sin por ello corromperlo. Una impostura insana que corría por las venas de Alan Moore pero que, elocuentemente, encontró en un soporte algo infame (el cómic) una de las mejores experiencias que el siglo XX le regaló a esta quimera: Watchmen (1986-1987).

Pocas bondades podemos regalarle a un hombre que no quiere escucharlas. Moore es uno de esos seres que, como sus personajes, parece estar ubicado por encima de ciertos paradigmas vulgares. Pero su obstinación quizás fuera el motor de algo distinto, algo que el cómic no quiso atender hasta que este hombre hizo estallar “la bomba atómica”. Hoy, 30 años después, HBO recoge el testigo de una novela gráfica sublime sin por ello caer en el puro mimetismo como hiciera la cinta homónima de Zack Snyder. Una serie televisiva de 9 capítulos que, de la manera descrita por Felipe Rodríguez Torres en otro artículo, encuentra en sus formas cinematográficas el mismo haber concienzudo que Moore perpetró en la estructura narrativa de aquellas magníficas 12 grapas.

 

Y es la pluralidad narrativa, la inmensidad de soportes diegéticos, uno de los mejores frutos que, tanto el Watchmen de Moore y Dave Gibbons como el ejecutado por Damon Lindelof, nos han regalado. Si uno contempla con aprecio las viñetas de Gibbons se dará cuenta de que la narrativa no sólo se condensa en los bocadillos, las historias de este grupo de vigilantes y su universo se enriquece en cada vértice de la propia historia de los distintos medios o dispositivos de comunicación. El diario de Rorschach; un discurso interior en un soporte de papel, personal, hecho para sí mismo y para nadie más, su mirada psicópata del universo. Dos policías divagan sobre un asesinato, conjeturas del espacio y el tiempo, de los hechos, versadas por unas pruebas incongruentes. Un hombre sostiene una pancarta en las humeantes aceras de Nueva York: el fin está cerca. Hollis Mason y Dan Dreiberg comparten esquinados por recortes de periódicos las historias de Búho Nocturno, cual batallitas de un abuelo con su nieto, melancolía en estado puro. Adrian Veidt coagula su ego en figuras de acción con su propia efigie. Carteles de neón, prensa, grafitis, propaganda LGTBI, segregan el ambiente taciturno de una sociedad que cree vivir siempre el final de una era. Un dios azul sostiene una fotografía, una imagen que revive atrás, durante y mediante. Un espacio del que no puede escapar, todo es un círculo, y él, un punto que está en el centro. “Tic-tac”, el reloj no puede parar de sonar. Los traumas de Espectro de Seda se atragantan en su presente y futuro, su historia ha sido coaccionada por un pasado opaco.

Muchas son las referencias, odioso sería enumerarlas todas. Pero, como esa portada de Time que perfilan las viñetas, el reloj no está estropeado, sencillamente para cada uno suena de distinta manera. Quizás Lindelof lo entendió de esta forma. Su obra expande los medios de comunicación que a Moore no le cupieron en las viñetas. Se abre el telón y una cinta muda inaugura Watchmen, la serie, después de tres décadas. Para hacer una tortilla has de romper un par de huevos, y el showrunner no ha tenido ningún reparo en ello. Veidt está encerrado, su cautiverio se cuaja en tartas de cumpleaños que van acumulando velas. Sister Night no conoce su pasado, sostiene una cinta de VHS y un futurista árbol genealógico le regala la semilla de su origen indeterminado. Mientras Veidt hace operetas, la televisión redefine la historia de sus antiguos compañeros en compases divulgativos y amarillistas. Espectro de Seda ahora es Laurie Blake, superó sus traumas, pero sigue realizando llamadas telefónicas de auxilio y desahogo a ningún lugar de la Tierra.  En Vietnam, la historia alternativa de la conquista americana se narra con marionetas. Looking Glass tiró su biblia y, sin embargo, el Doctor Manhattan se ha aferrado a ella.

Quizás la más monumental y evidente forma de narrar dentro de la narración principal de Watchmen, como ocurriera en las grapas con los Relatos del Navio Negro¸ sea el capítulo destinado a representar el fármaco Nostalgia. El sexto episodio de la serie contradice la verdad periodística con la veracidad de los hechos a través de un paralelismo visualmente efectista. Primero se nos presenta el programa divulgativo acerca de los Minutemen, los precursores de nuestros queridos vigilantes, que adquieren visualmente el estilo pulp del entintado de John Higgins. Contrapuesto narrativamente con un fastuoso blanco y negro que reproduce con una droga los recuerdos de una persona. Superposiciones encarnadas que rompen el espacio y el tiempo de una manera inaudita, dando al espectador dos lecturas completamente distintas de la misma historia.

“Si no te gusta mi historia tengo otra”, reza el título del cuarto capítulo de esta obra tan sincera. Y es que Watchmen, tanto el de Moore como el de Lindelof, no posee una sola odisea. La humanidad nunca ha tenido una sola verdad unificada, ¿por qué deberían ser así nuestras historias o la forma de narrarlas? Una pregunta que el subtexto de ambas obras sostiene con eficacia, señalando con el dedo a esas presuntas supremacías que intentan homogeneizar cada aspecto de la especie humana. Veidt quiso ser Alejandro Magno o Ramses II; pero Justicia Encapuchada, un alguacil de cinematográfico de Oklahoma. Cada uno tenemos nuestra propia forma de narrar nuestros periplos, unos pueden hacer soliloquios sobre sus víctimas como Ozymandias y otros, como Lindelof, pueden ubicar directamente la cámara mirando al espectador para que se sienta participe de su propia mirada. Sea como fuere, el reloj ha esperado el momento clave para volver a narrar esta historia. Watchmen referencia y aumenta el potencial de la obra de Moore y Gibbons, siendo elocuente en cada una de sus narrativas propuestas, alzando puentes que comunican espacios narrativos diversos e intrahistorias. Reloj y relojero, el artista y su obra, una dualidad que quizás deba tener más aristas que dos polos sobre la misma historia.  “Tic-tac”, sea como fuere, el tiempo pondrá en su sitio cada historia.

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