VENECIA 2019 – SECCIONES PARALELAS

Pasarelas extraoficiales

La 76ª Muestra de Venecia se presentaba con ganas de encumbrarse como el festival de cine más glamuroso del mundo. Con una gran variedad de películas para visionar, conferencias a las que asistir o estrellas mundiales a quienes adorar, Alberto Barbera –director del certamen desde el 2011- parece haber acertado al mimar a los asistentes proponiéndoles experiencias gratificantes que, por su gran abundancia, son imposibles de incluir en el presente texto.

Quizá el ejemplo más curioso ha sido la fiesta que tuvo lugar en la proyección fuera de concurso de Roger Waters: Us+Them (Sean Evans y Roger Waters, 2019), justo el mismo día en que el mítico músico cumplía 76 años. Los allí presentes recibieron al ideólogo de Pink Floyd: The Wall (Alan Parker, 1982) felicitándole al unísono. Por otro lado, tampoco pasó desapercibido el coloquio con tintes políticos que se produjo después de la emisión de la película. La directora del Nobel Peace Center di Oslo entrevistó en directo a Waters en un encuentro donde Trump, Johnoson y Bolsonaro fueron el principal foco de la conversación, y al que el músico apunta directamente en su gira-película. El conflicto israelí-palestino y las acusaciones de antisemitismo hacia el inglés no se quedaron sin tratar.

Ciñéndonos a lo estrictamente cinematográfico, la Biennale de Venecia ha dado para mucho, y fiel reflejo de la apabullante oferta fílmica han sido los pases fuera de la sección oficial, ya sean del apartado Orizzonti, fuera de concurso o de las numerosas sesiones especiales que cada año enriquecen las salas del Lido. En ellas, dos han sido los temas a los que se ha concedido una atención especial: la política y las relaciones conyugales -esto último sobre todo porque las figuras maternas y paternas fueron objeto de varias de las producciones más destacadas e interesantes del certamen-.

Roger Waters: Us+Them
Roger Waters: Us+Them (Sean Evans y Roger Waters, 2019). Sección oficial: fuera de concurso.

La política

Si de política alguien sabe, ese es Costa-Gavras. Toda su filmografía la ha dedicado al cine político que tantas alegrías (Z., 1969) y desencuentros (L’Aveu, 1979) le han causado. El realizador -que durante el próximo Festival de San Sebastián recibirá el Premio Donostia- regresa a su Grecia natal con Adults in the Room adaptación del libro homónimo escrito por el ex-ministro de finanzas Yanis Varoufakis. Su cine, medio del que hace uso para “hablar sobre nuestra sociedad y de lo que sucede cada momento en el mundo”, han convertido al griego en uno de los mayores exponentes críticos del séptimo arte. En Adults in the Room Costa-Gavras se ensaña con el Fondo Monetario Internacional y con la Europa gobernada por cínicos que pecan de infantilismo y egocentrismo. El tono burlesco e irónico con el que retrata la política convierte la película en un acto performativo ridículamente cíclico que se repite cada noche electoral.

Con un corte más épico se presentó también fuera de concurso The King el drama histórico libremente inspirado en Enrique IV y Enrique V, de William Shakespeare. Dirigido por David Michôd y producida por Netflix, el largometraje destaca por la presencia del joven actor en auge Timothée Chalamet en el papel principal. Sin embargo, más allá de la incógnita de cómo pueda haber respondido el protagonista de Call Me By Your Name (Luca Guadagnino, 2017), la película genera dudas en cuanto a la profundidad filosófica que quiere adoptar al plantear una lectura política y maníquea de la herencia familiar. La memorable vestimenta audiovisual no justifica la pobreza narrativa y estructural que sitúa el film por debajo de otros títulos recientes con ambientación shakesperiana como Macbeth (Justin Kurzel, 2015).

También político es el punto del que parte Benedict Andrews para retratar a Jean Seberg, icono de los años 60 tras compartir pantalla con Jean-Paul Belmondo en Al final de la escapada (À bout de soufflé, Jean-Luc Godard, 1960). La película recorre los años en los que Seberg, interpretada por Kristen Stewart, volvió a EEUU y simpatizó con los Black Panthers, siendo por ello víctima de una tortuosa persecución por parte del FBI. Pese a que la interpretación de Stewart intente salvar el film, Seberg no pasa de ser un simple biopic que intenta tocar una gran variedad de temas, pero que queda huérfano al no encontrar la manera de hilar los distintos frentes que trata.

The King - Revista Mutaciones
The King (David Michôd, 2019). Sección oficial: fuera de concurso.

 

La familia (des)unida

La endiablada Pelikanblut (Katrin Gebbe) inauguró la sección Orizzonti dejando perplejos a los espectadores al mostrar la problemática realidad que muchas familias sufren cuando no son capaces de controlar las emociones de sus recién incorporados hijos adoptivos. La directora alemana pone a prueba a Wiebke (Nina Hoss) que, a causa de la actitud violenta de la recién llegada Rya (Katerina Lipovska), duda del sentido de ser madre. La lucha por comprender y ayudar a la niña se desarrolla paralelamente al proceso de adiestramiento de caballos de la policía, llegando a emparejar al animal y a la pequeña en un macabro ritual espiritual destinado a la perdición. La música atmosférica que acompaña las imágenes estimula el carácter amenazador que, poco a poco, va creciendo en la película convirtiéndose en pesadilla tanto para los propios protagonistas como para los espectadores.

La seguridad está presente en todas las capas que componen el macabro largometraje de Gebbe, desde la presencia policial hípica, al deseo de los familiares de los compañeros de guardería de Rya por excluirla del colegio tras sentirse intimidados por la actitud inhumana de la joven. Tampoco pasa desapercibida la inclusión del hombre protector –el compañero de trabajo de la protagonista que se empeña en ayudar constantemente, pero no de manera malintencionada- que no hace más que hurgar en la herida existencial de la madre al sentirse ella incapaz de cimentar la estabilidad en su entorno familiar.

No muy lejos de Pelikanblut, aunque con una escenificación y tratamiento totalmente diferente, se sitúa Sole, la ópera prima del italiano Carlo Sironi. “Un debut verdaderamente significativo”, según Barbera. El film narra la historia de Ermanno, un joven que vive al margen de la sociedad, encasillado frente a las máquinas tragaperras a la espera de que el destino le regale la oportunidad de desintoxicarse de su monótona y aburrida vida. Ermanno conoce a Lena, una polaca embarazada que llega a Italia con intención de rehacer su vida. Los dos jóvenes deberán fingir ser pareja hasta que nazca el bebé y darlo en adopción a los tíos del chico, quienes no pueden tener hijos.

Sole - Revista Mutaciones
Sole (Carlo Sironi, 2019). Sección Orizzonti

Siendo Italia un país en el que la falsa adopción está ilegalizada y las madres de alquiler perseguidas, la película de Sironi explora el tráfico de neonatos que consterna a la sociedad. El formato académico del que hace uso el director encapsula a los jóvenes en una realidad silenciada que no da opción a ser reconocida. La sequedad del ambiente, la ausencia casi total de diálogos y las frías actuaciones de los intérpretes producen una sensación de extrañamiento y lejanía explotada hasta el punto de que se pone en duda incluso las motivaciones de los personajes. La armonía áspera que predomina en el film, sin embargo, se rompe y libera su condición en una de las escenas más bellas de toda la sección Orizzonti que, casualmente o no, simpatiza maravillosamente con el que quizá sea el pasaje más libre de Ema (Pablo Larraín, 2019), perteneciente a la sección oficial: Ermanno y Lena acuden a un pub donde, mientras el joven sentado en uno de los sofás del local observa el baile de la chica, sus miradas se cruzan bajo una lluvia de luces y colores que trastocan los sentimientos convenientemente preestablecidos.

Pero no todo ha girado en torno a las adopciones. La pérdida también ha protagonizado una de las películas más esperadas del festival: Madre, de Rodrigo Sorogoyen. Partiendo del trabajo homónimo ganador del Goya al mejor cortometraje en la edición de 2017, el madrileño crea una historia compulsiva en torno a la figura de Elena (interpretada por Marta Nieto, a quién le fue otorgada el premio a la mejor actriz en la sección Orizzonti) que, sin embargo, funciona perfectamente sin los 20 minutos iniciales relativos al corto premiado.

Aunque los larguísimos y estilizadas encuadres de la película intenten dar continuidad al agobio y a la angustia que transmite el plano secuencia inicial, la obra de partida y su prolongación –retomada 10 años después en la misma playa donde desapareció Ivan, el hijo de Elena- toman caminos distintos al centrarse esta segunda parte en el obsesivo empeño de la protagonista por encontrar en Jean (Jules Porier) signos de su hijo perdido. Rodada en la región de Las Landas (Francia) y en el País Vasco francés, las interminables playas funcionan como extorsión crónica de Elena, que la embullen en la reencarnación fantasiosa de su condición maternal, pero que al mismo tiempo la hunden, trastornándola, hasta caer rendida en una crisis emocional.

El oscarizado Gabriele Salvatores, recuperando un verso de la canción Cosa sono le nuvole interpretada por Domenico Modugno y escrita por Pier Paolo Pasolini, ha enamorado con Tutto il mio folle amore. El director que obtuvo la estatuilla a la mejor película de habla no inglesa por Mediterraneo (1991), adapta en esta ocasión a la gran pantalla la novela Se ti abbracio non aver paura, de Fulvio Ervas. La película narra la persecución que Elena (Valeria Golino) realiza para recuperar a su hijo de dieciséis años Vincent (Giulio Pranno), un chico autista que huye con su padre Willi (Claudio Santamaria) -apodado “Il Modugno della Dalmazia” (región histórica y geográfica que se encuentra en la costa del mar Adriático que pertenece a Croacia)- a través de los Balcanes, sin que este se diera cuenta.

Salvatores retoma a la road movie que tantas satisfacciones le ha dado en su trayectoria y se vale del autismo del joven para denunciar “la dificultad de amar a aquellos que son distintos a nosotros, y con quien se nos hace muy difícil comunicarnos”. La libertad expresiva con la que el director procede a conquistar el corazón de los espectadores se refleja en el respeto con el que Salvatores filma a sus dos principales intérpretes, dejándolos divertirse en escena, intimando con el tiempo perdido que ambos desean recuperar, y disfrutando del viaje iniciático que padre e hijo experimentan al son de la música.

Qiqiu
Qiqiu (Pema Tseden, 2019). Sección Orizzonti

Desde el Tibet ha aterrizado Qiqiu, de Pema Tseden, quien obtuvo el premio al mejor guion por Jimpa en la sección Orizzonti de la pasada edición. El conflicto entre los valores tradicionales y la apertura a un mundo moderno se refleja a través de una familia campesina y acompañado por un tratamiento tan poético como al mismo tiempo realista y documental.

Dos hermanos sorprenden a su padre jugando con preservativos creyendo que son globos, y mientras este les promete bajar al pueblo para comprarles más, la madre acude al hospital en busca de anticonceptivos, puesto que la ley les prohíbe tener un tercer hijo, pero la pareja quiere seguir disfrutando del sexo. Paralelamente, la hermana de la madre decide convertirse en lama después de sufrir una experiencia amorosa traumática con el profesor de los jóvenes. La inocencia de los niños, en la que se concentra todo el eje metafórico y fantástico del film, contrasta con la denuncia social y la alineación gubernamental que impide ser libres a los habitantes del país a causa de la superpoblación.

Las fugas simbólicas en Qiqiu refuerzan la fragilidad de la narración, pero no ocurre lo mismo en la testimonial Verdict, en donde la crueldad se apodera de la familia filipina protagonista a base de violencia y un machaque tortuoso por parte de un padre hacia su mujer y su hija. Ganadora del Premio Especial del Jurado en la sección Orizzonti, la cinta de Rymund Ribay Gutierrez transmite nerviosismo, agonía y desesperación en un retrato brutal del poder masculino sobre el femenino en una sociedad atrasada y abusiva.

 

Destellos venecianos

Como en cada edición, varias de las nuevas producciones generaron un particular interés entre los asistentes, ya sea por las propias palabras pronunciadas por el director del festival -como en el caso de Zumiriki, dirigido por Oskar Alegria-, o simplemente por la envergadura descomunal que pueda llegar a alcanzar la presentación en exclusiva de la segunda temporada papal de Paolo Sorrentino.

Zumiriki es un film indefinible, no es un documental ni tampoco una ficción, no es un film antropológico ni etnográfico”. La inclasificable obra del realizador navarro –quien fue director artístico del Festival Internacional de Cine Documental Punto de Vista- es una rara avis dentro del cine que, a través de la naturaleza, propone un viaje íntimo y personal a la memoria, a su infancia. De esta manera, su experimento cinematográfico reflexiona sobre los distintos lenguajes e identidades, sumergiendo al propio realizador en un universo poético y bello.

Durante cuatro meses, Alegria se aisló en los bosques pirenaicos de Navarra, junto a sus múltiples cámaras, para intentar completar las imágenes que su padre rodó años atrás. Los árboles que sobreviven, los paisajes que están a punto de desaparecer, los animales perdidos… el pasado recupera su sentido gracias a este viaje iniciático y espiritual filmado “sin premeditación previa, sin tener el tiempo en cuenta”.

The New Pope - Revista Mutaciones
The New Pope (Paolo Sorrentino, 2019). Sesión especial

Pero si la belleza estética define a la obra de un director, esta es sin duda a la del napolitano Paolo Sorrentino. Con La gran belleza (La grande belleza, 2013) conquistó a todos los espectadores gracias a su relectura y reactualización de La Dolce Vita (1960), la gran obra felliniana, y se ha hecho hueco entre los grandes cineastas plásticos del siglo XXI. Quizá sus siguientes películas no estén a la altura, pero su aventura vaticana (The Young Pope, 2016) devolvió al italiano a lo más alto del peldaño. La continuación de la serie, renombrada The New Pope –del que se proyectaron los capítulos II y VII-, profundiza aún más en la distopía papal indagando cínicamente en la crisis, ya no tanto de la Iglesia, sino humana.

Pio XIII (Jude Law) está en coma y el Vaticano necesita buscar un sustituto, por lo que se le propone a Sir John Brannox (John Malkovich) que sea su sucesor. A las debilidades carnales, la crisis espiritual, la servidumbre a Dios… se le añade la amenaza del terrorismo islámico, lo cual le sirve al director de La juventud (La giovinezza, 2015) para englobar aún más su crítica al sectarismo oscuro. Sorrentino deslumbra una vez más con su realización onírica, enfática y embaucadora, capaz de hacer levitar a sus personajes y convertir cada escena y secuencia en una pequeña obra maestra. Su clasicismo barroco enamora, a la vez que su gamberrismo provoca.

Más desapercibida desembarcó en el Lido Il Varco, obra dirigida a cuatro manos entre Federico Ferrone y Michele Manzolini. Aun así, el ensayo fílmico destacó en la sección no competitiva Sconfini, en el que trabajos sin restricciones de género y duración toman lugar. Il Varco, narrado con los ojos y voz de un imaginario soldado italiano destinado al frente ruso en 1941, bucea a través de imágenes en blanco y negro desgranadas –resultado de cuatro años de investigación en archivos históricos- por la más mísera condición humana y por el sentido de la guerra. El pasado se conjuga con el presente intercalando grabaciones actuales del frente ruso-ucraniano, y demostrando que las heridas abiertas hace más de 70 años nunca se han cerrado.

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