TOO OLD TO DIE YOUNG

Deconstruyendo géneros, formas y arquetipos

En la secuencia inicial del episodio/parte/volumen siete de diez de la opus magna refniana, los personajes interpretados por Miles Teller y William Baldwin ven un serial televisivo – irónicamente en pantalla grande- que dramatiza y sensacionaliza la parca y vaciada escena inicial con la que arranca esta obra de trece horas de duración, dividida en diez segmentos. En dicha escena, el espectador es testigo del abuso policial perpetrado hacia una mujer, de la mano del personaje de Miles Teller y su compañero en la ficción. Este ejercicio metaficcional -que funciona en la capa más superficial del filme, para desencadenar uno de los brotes de violencia extrema de la misma- descubre el dispositivo conceptual detrás de la apuesta televisiva de Nicolas Winding Refn. En primer lugar, romper todas y cada una de las reglas de la televisión llamada de qualité, denunciando sus formas sensacionalistas, dramatizadas y dependientes de las estructuras narrativas, algo que que ya subvirtió David Lynch hace dos años en su magistral Twin Peaks The Return (2017). A su vez, la decisión estilística por parte de su autor de vaciar su relato de giros, violencia -dejándola casi siempre en un aterrador fuera de campo- y dilatar las secuencias, planos y parlamentos hasta el límite de lo soportable tiene un sentido conceptual. Una representación y dramatización vaciada que juega un doble papel en el relato: hablar al espectador de los mecanismos de la ficción y a su vez, desarrollar la narración.

Una narración que estiliza y crea unos retablos pictóricos en movimiento, a partir de lánguidos y absorbentes travellings 360º,representación en movimiento de las fotografías digitales panorámicas salidas de un smartphone y que pretenden capturar lo real, dejando claro que el entorno que habitan los peones de su tragedia, sofoca y asfixia a los maniquíes agorafóbicos que los habitan, en clara alusión a las figuras hieráticas y estáticas que poblaban el balneario de El año pasado en Marienbad (Alain Resnais, 1960). Un universo de personajes distanciados y alejados del mundo, donde la distancia física entre ellos y el entorno -de ahí el excelente uso del formato 1:85:1- es la representación visual de la distancia emocional que media entre todos y cada uno de los personajes del relato. Algo que contrasta con los preciosistas y a la vez narrativos primeros planos de sus enigmáticos rostros, que sirven para remarcar la importancia del individuo frente al acercamiento de los cuerpos. Una fusión entre los cuerpos que ocurre en paralelo a estallidos de sexo y violencia, provocando una eclosión de sangre, semen o vísceras. El eros y el thanatos en el que oscilan los personajes de su relato. Todo ello a partir de una estilización formal que no puede calificarse de efectista, porque en ella reside el todo del relato.

Un relato que parte de los códigos del noir más contemporáneo y que viene de la mano de Ed Brubaker, uno de los grandes escritores del género en su vertiente cómic. El autor de títulos fundamentales y seminales, como la antología Criminal, Sleeper, The Fade Out o Fatale (por mencionar unos pocos), introduce al espectador en un relato poblado de los arquetipos del género -el policía corrupto, la lolita, la femme fatale, el gangsta– pero con la mirada de NWR. Estereotipos inasibles debido a su impenetrabilidad interna, representados a partir de unos parcos diálogos o la ausencia de los mismos. Porque la verborrea en determinados personajes refleja el vacío interior de los mismos, su vulgaridad e ignorancia -¿alusión paródica a los antihéroes tarantinianos?- confrontados al vaciado antonionesco y melvilliano de los samuráis contemporáneos y occidentalizados, reconvertidos gracias a la magia del posmodernismo en vigilantes urbanos salidos de las páginas del Kill or be Killed de Brubaker y Sean Philips o un trabajo previo de NWR como Solo Dios perdona (2013). Antihéroes introvertidos, cuya introspección es símbolo de una pureza retorcida y perversa, consecuencia de una civilización al límite de la extinción.

La mencionada dilatación extrema de cada secuencia, de cada plano, de cada línea de diálogo no es una mera pose cara a la galería. Subyace bajo esta capa de aparente estilización superficial una destrucción del canon de la narrativa clásica tradicional, casi como si NWR, al igual que Lynch previamente, tirara por tierra los rígidos preceptos conformados por el pope Robert McKee y que el cine occidental -en especial el cine norteamericano- lleva arrastrando como una rémora durante décadas. Pero eso no significa que la obra no tenga una estructura narrativa y unas temáticas en su interior, más allá de la bella y extenuante estilización de su propuesta. Porque la epopeya seriada es la gran novela americana contemporánea, imbuida de la desesperanza y el nihilismo del mejor noir contemporáneo, representado en la figura de Martin, el personaje interpretado por Miles Teller. Una figura sacrificial como el Jesucristo del Nuevo Testamento, tanto metafórica como literalmente, que emula y recrea, en los ambientes contemporáneos donde se mueve la obra, el camino de la tentación y de la pasión de la figura bíblica y en cuya escena de despedida en la comisaría, la obra da cuenta de los dos extremos entre los que se mueve el poliédrico trabajo de NWR: del exceso a la contrición, de la sátira a la poética. Y es en ese ejercicio entre lo universal y lo banal, entre lo vulgar y lo sagrado, donde el largometraje seriado se escinde y rompe las formas de lo que el espectador espera de ella: dejando fuera de campo aquello que la narrativa tradicional pone de manera sensacionalista en primer plano y colocando en el centro del relato aquello que el mainstream situaría en la periferia.

Pero NWR no se queda solo en la destrucción de las formas rígidas de la narrativa tradicional occidental. Too Old to Die Young es también una obra que denuncia, con aspecto de exploitation, el machismo inherente a los géneros cinematográficos, en especial el noir, representado en la figura de Yaritza, la sacerdotisa de la muerte y heredera de femmes fatales provenientes de la obra de Ed Brubaker como Miss Misery en Sleeper o la sobrenatural protagonista de Fatale. Una mujer sometedora y vengadora de los arquetipos y estereotipos de la masculinidad tóxica. Un trabajo donde el género pasa de la masculinidad más perversa y tóxica a la reformulación hacia el empoderamiento femenino, donde la femme fatale ya no es una pesadilla sexualmente castradora fruto del machismo más rancio y recalcitrante, sino un símbolo de poder de la justicia de la femineidad. En cambio, los protagonistas masculinos no son más que niños rotos, caprichosos y débiles, fruto de un complejo de Edipo que les introduce en un círculo vicioso y perverso sin fin de venganza bañada en sangre, vísceras y fluídos. Un juego tan retorcido como infantil de dominación y sumisión, que en manos de NWR se convierte, al igual que el conjunto de la obra, en una reformulación aparentemente superficial, complicada de atajar en primera instancia, pero que si se es capaz de superar su rubicón y la estructura aparentemente antinarrativa del trabajo, da como resultado uno de los trabajos más interesantes del año, ya sea cinematográfico o televisivo, que abre, al igual que Twin Peaks The Return, nuevos caminos no solo para el medio televisivo, sino para el audiovisual en general.


Too Old to Die Young (EEUU, 2019)

Dirección: Nicolas Winding Refn / Guion: Nicolas Winding Refn, Ed Brubaker, Halley Wegryn Ross / Producción: Lene Bolgrum, Rachel Dik y Alexander H. Gayner/ Música: Cliff Martinez / Fotografía: Darius Khondji, Diego García  / Montaje: Annie Guidice y Matthew Newman / Diseño de producción: Tom Foden / Reparto: Miles Teller, Augusto Aguilera, Cristina Rodlo, Nell Tiger Free, Jena Malone, John Hawkes, Babs Olusanmokun, William Baldwin

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