PETRA

  La obsesión por el fuera de campo

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“Si no hay verdad, no hay belleza”, sentencia un accidental personaje hacia la mitad de Petra, en una afirmación que bien podría resumir el espíritu del último film de Jaime Rosales, el cual ha construido como una suerte de rompecabezas, cuyas piezas desordenadas van conformando el mosaico completo una vez encajadas.

En Petra convergen los elementos propios de una tragedia griega, donde resuenan ecos del Edipo de Sófocles (el incesto, el suicidio, la muerte del padre), para narrar la historia de su protagonista femenina, si bien no será aquí el destino inexorable lo que marcará la acción, sino la presencia paterna en tanto figura transformadora y degradadora de las vidas de cuantos se encuentran a su alrededor.  Jaume, el padre, verdadero epicentro de la historia, compadece en un doble sentido: por un  lado, como figura abyecta, corrosiva, personaje mefistofélico al que solo anima su interés personal, que acaba poniendo en fuga a sus hijos, y, por otro, como falsificación del papel del artista, del entendimiento del arte como fábrica de éxito y de dinero. Cabe preguntarse si Rosales ha buscado inspiración en artistas contemporáneos como Damian Hirst.

Para dar forma a este drama, el realizador recurre a la división en forma de episodios,  precedidos de un título donde se anticipan los acontecimientos que tendrán lugar, al estilo de algunos films de Rohmer. La sucesión de cuadros escénicos no sigue una cronología lineal, sino desordenada en el tiempo, convergiendo pasado, presente y futuro en la narración. Un coro de música sacra puntúa determinados momentos, volviendo la atmósfera entonces densa, de una pesada religiosidad. El naturalismo de los diálogos aparece contrapuesto a las estudiadas decisiones formales que hacen de Petra su principal atractivo: la cámara se mueve orgánicamente a través del plano, sinuosa, envolvente, desde los umbrales que forman las puertas hasta desembocar en el espacio donde se encuentran los personajes. Rosales filma a sus protagonistas en continuos y lentos planos-secuencia, desplazándose como un espectador imparcial que observa.  En otra apuesta formal, el rostro de Petra aparece desenfocado en la escena del bar, como metáfora plástica de sus dudas acerca de su propia identidad: desconoce quién es su padre y Jaume la ha descalificado como artista.

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La sensación de organismo vivo del propio film, como si éste fuese autónomo respecto de la acción principal, se ve reforzada a través de la recuperación de la imagen fuera de campo: la cámara, oprimida en sus márgenes, escapa de sus límites visuales para acabar ofreciendo en plano los bordes de la imagen, lo que permanece fuera de cuadro, dilatando el tiempo de la escena en la que tiene lugar el drama de sus protagonistas. Recoge así una realidad que permanece ajena, inmutable respecto a los conflictos de aquellos. Rosales ya anticipó algunos de estos manierismos con la imagen en Las horas del día (2003), donde los personajes aparecían encuadrados dentro de marcos visuales (dinteles de puertas o en el reflejo de los espejos), como metáfora de sus encierros.  También experimentó entonces con el fuera de campo, si bien en sentido inverso al de Petra: si este aquí permanece explícito, allí quedaba oculto al espectador aun recogiéndolo la cámara, mediante la filmación de puertas cerradas donde detrás tenía lugar la acción o la escena del taxi donde el protagonista perpetra un delito oculto tras el salpicadero.

En Petra, el espacio interior y el exterior se identifican con la asfixia y la libertad respectivamente; con la atmósfera viciada y putrefacta, de un lado, y el aire puro o con el alejamiento de lo falso, de otro: así, la lujosa casona de Jaume está situada en plena naturaleza, o el anhelo de Petra de abandonar Madrid para vivir en el campo tras la decepción que sufre al conocer a aquel en su condición de padre y de artista.

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Será también en el entorno paisajístico donde tendrá lugar la liberación de la opresión que representa Jaume, a manos del hijo putativo, mismo escenario donde más tarde operará la redención de Petra y Marisa, su suegra. Rosales cuida al máximo la composición en cada encuadre, milimetrados obsesivamente, donde las texturas de los materiales cobran un aspecto bidimensional (la piedra de las paredes de la casona, las vetas de la mesa de madera de la terraza, las baldosas de cerámica de la cocina donde trastea Teresa, la altitud de la hierba del campo que atraviesan Petra y Lucas): el resultado es el de una película reposada, orgánica, que encuentra su contrapunto en la perversidad del personaje de Jaume. El mal en su cotidianeidad, despojado de efectismos, diríase “en crudo”, se configura así como temática recurrente a lo largo de la filmografía de Rosales.

Un film, a la postre, que plantea la importancia de decir las cosas a tiempo para evitar la tragedia, de secretos familiares que se desvelan como si se tratase de los esqueletos que uno de los protagonistas saca a la luz en una excavación. Rosales ha actualizado con Petra la tragedia clásica, en una valiente y exquisita película.


Petra (España, Francia, Dinamarca, 2018)

Dirección: Jaime Rosales/ Guion: Jaime Rosales, Michel Gaztambide, Clara Roquet / Producción: Bárbara Díez, José María Morales, Antonio Chavarrías, Jérôme Dopffer, Katrin Pors, Mikkel Jersin, Eva Jakobsen / Fotografía: Hélène Louvart / Montaje: Lucía Casal / Diseño de producción:  Bárbara Díez / Reparto:  Bárbara Lennie, Alex Brendemühl, Joan Botey, Marisa Paredes, Petra Martínez, Carme Pla, Oriol Pla, Chema del Barco, Natalie Madueño

2 comentarios sobre “PETRA

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