MR. ROBOT (TEMPORADA FINAL)

Adiós, amigo: el nacimiento de un nuevo autor

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Mr. Robot (Sam Esmail, 2014-2019) ha probado, desde el primer momento, que va más allá de sus propias influencias. Es fácil caer en el mero homenaje estéril o ser acusado injustamente de plagiar obras ya consagradas por el público y la crítica. Sin embargo, aun siendo evidente que la serie bebe de películas que iniciaron este siglo, como El club de la lucha (David Fincher, 1999), American Psycho (Mary Harron, 2000) o Matrix (Lana Wachowski y Lili Wachowski, 1999), Sam Esmail consigue un sello verdaderamente único gracias a una dirección muy atrevida y al independizarse finalmente de sus precedentes a través del afianzamiento de su propio universo.  A lo largo de las cuatro temporadas de Mr. Robot,  Esmail ha usado todo tipo de procedimientos: planos-secuencia artificiales (hasta de un capítulo de duración), planos cenitales o detalle inteligentísimos, pero, sobre todo, un característico y asfixiante encuadre. Este último trata de poner a sus personajes literalmente contra el marco, a un extremo o a otro, para enfatizar (de forma muy acertada) los sentimientos de angustia y alienación que emanan de los ejes temáticos del show.

La cuarta y última temporada se concibe a modo de largo especial de Navidad, con unas implicaciones profundamente irónicas. La imaginería navideña que se muestra en estos capítulos conlleva una doble significación, ya sea la crítica usual de la serie contra los mecanismos de consumo de nuestras sociedades, como una sarcástica fe en que los deseos y esfuerzos de fsociety pueden llegar a buen puerto. No obstante, la verdadera estrella en lo alto del árbol de Navidad es, de nuevo, Sam Esmail, cuyas propuestas son más alocadas que nunca. Si bien para algunos el ya inapelable sello autoral de Esmail podrá ser hiperbólico o incluso gratuito, existe una intención honesta de potenciar las posibilidades de narración que el lenguaje cinematográfico le permite. Así, el espectador presenciará, por poner varios ejemplos, un capítulo entero sin diálogos, guiado únicamente por un ritmo trepidante de música e imágenes, u otro capítulo dividido en 5 actos con una puesta en escena deliberadamente teatral. Estas decisiones no parten de la aleatoriedad, ya que en el primero incide de forma magistral en lo innecesario del diálogo expositivo a la hora de perpetrar un robo, mientras que en el segundo se apoya en códigos de la tragedia griega clásica para magnificar la anagnórisis de su personaje principal.

Todo ello, ciertamente, es casi inaudito en televisión, si se tiene en cuenta que Esmail se ha echado a sus espaldas la dirección y la escritura de todos los capítulos de la temporada. Esta cuarta y última tanda podría verse manchada mínimamente por ciertas conveniencias de guion a la hora de empujar la trama, pero son intrascendentes enmarcadas en el sentido totalizador de lo mostrado. Además, no se puede olvidar que Mr. Robot, si bien establece un universo cargado de referencias al mundo real, de gran actualidad, siempre se guió por códigos alejados del realismo a través de una dirección y puesta en escena muy extrañantes. Como no podía ser de otra forma, la suma de decisiones arriesgadas desemboca en un tramo final con un giro totalmente radical, a simple vista, el cual supone la última apuesta de su creador: un todo o nada en pos de un desenlace que haga justicia al viaje de Elliot Anderson. Pero la simple vista nunca fue suficiente en Mr. Robot, si se tiene en cuenta que su protagonista es la figura del narrador no-fiable encarnada.

Finalmente, casi contra todo pronóstico, la serie cierra de manera plenamente consecuente, consciente del arco argumental principal que supone el desarrollo de Elliot y con la capacidad de ejecutar todos los mismos procedimientos ya vistos anteriormente, pero llevados a su sublimación estética. Completa, por tanto, sus reflexiones en torno a la fragmentación de la identidad personal en el contexto social (ya sea en la esfera familiar o la más externa), además de la inevitabilidad del sufrimiento en pos de una mejora del individuo y su mundo circundante. Esto lo consigue mediante la confluencia de lo onírico y lo esquizofrénico, en relación con lo artístico, lo cultural y, en definitiva, con la esencia misma del ser: contradictorio, perdido, expuesto, pero capaz de todo con el objetivo de sobrellevar el dolor. En medio de este frenético final, por último, nos encontramos nosotros, los espectadores, finalmente apelados por nuestra conducta voyeurista, partícipes pasivos de las desgracias de una vida y un mundo ficcional que se parece mucho al nuestro, pero que debemos dejar partir.


Dirección: Sam Esmail, Jim McKay / Guion: Sam Esmail (creador), Randolph Leon, Adam Penn, Jeff McKibben / Producción: Sam Esmail, Kyle Bradstreet, Chad Hamilton, Christian Slater, Rami Malek / Música: Mac Qualey / Fotografía: Tod Campbell / Editor: Franklin Peterson, Justin Krohn, John Petaja / Reparto: Rami Malek, Christian Slater, Carly Chaikin, Martin Wallström, Portia Doubleday, Michael Cristofer, Grace Gummer, BD Wong, Joey Bada$$, Bobby Cannavale, Elliot Villar, Gloria Reuben.

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