LOS OTROS 80 (PARTE 1)

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Héroes improbables

Dicen por ahí que la historia la escriben los vencedores. Si eso es así, es posible que sea lo sucedido entre Tiburón (1974) y Parque Jurásico (1993), ese cine popular conocido como ochentero y que ahora vive una recuperación nostálgica, industrial y, de vez en cuando, analítica. De la inmensa producción de esos casi veinte años, los títulos que se mencionan son siempre los mismos: Indiana Jones, Regreso al futuro, Star Wars, Los Goonies, Los cazafantasmas… Salvo alguna excepción que ha ganado estatus de culto con los años (La cosa o Blade Runner) todas ellas fueron enormes éxitos de taquilla que han permanecido en el imaginario colectivo forjando una imagen idílica de lo que fue la ficción de esos años.

Todas ellas retornaron a la narración tradicional con una mayor voluntad de juego, cierto espíritu hedonista, abundantes dosis de fantasía e imaginación y una pátina de melancolía que, en ocasiones, se deslizaba hacia el conservadurismo reaganiano. Pero hay otras muchas que escapan de ese patrón, que lo pervierten o lo retuercen con sorna. Algunos casos han sobrevivido convirtiéndose en un paradigma alternativo, como puede ser el caso de Gremlins, pero la mayoría han ido desapareciendo de la memoria hasta desvanecerse. Es una pena, porque hay una buena cantidad de películas que, amparadas por esta corriente de cine sin vergüenza, llegaron muy lejos en su voluntad de jugar con los canones. Por eso recupero aquí una pequeña muestra de ese otro cine ochentero, algo así como el reverso tenebroso de todo aquello que se está revisando en este especial dedicado a Amblin. Cinco películas que no marcaron una época pero sí nos dicen mucho de ella; cinco películas que rompen las reglas marcadas; cinco películas, en fin, que merece la pena revisitar.


  • El dragón del lago de fuego (Dragonslayer, Matthew Robbins, 1981)

El dragón del lago de fuego

Es interesante revisar la lista de Wikipedia sobre el género “espada y brujería”. Interesante porque, mientras los títulos producidos hasta 1979 son apenas una veintena, la producción de los 80 iguala en cantidad a la de las once décadas restantes. Las razones de este boom son múltiples y darían para otro artículo, muy muy extenso, pero es más que probable que la primera razón se encuentre en el éxito de La guerra de las galaxias (George Lucas, 1977). La magnitud del fenómeno despertó el interés de Hollywood por la fantasía, y de ahí a desempolvar los cuentos de Robert E. Howard y los relatos artúricos (que ya eran parte de la mitología creada por Lucas) había solo un paso. La segunda razón se encuentra en el éxito de Conan el barbaro, la película de John Millius que en 1982 marcó los estándares del género convirtiéndose en el espejo donde se mirarían el resto. Es posible que fuese este éxito el que eclipsara a El dragón del lago de fuego, la inclasificable producción con la que Disney trató de triunfar en el género antes que Millus. La película supuso un duro fracaso para la productora y fue rápidamente olvidada, aunque el tiempo y la reivindicación de directores como Guillermo del Toro la hayan convertido en eso tan difuso que se conoce como “film de culto”.

Vista hoy en día, El dragón del lago de fuego sorprende, más allá de sus impresionantes efectos especiales y la música de Alex North, por ir en dirección opuesta a lo que dictaban tanto el canon fantástico como la lógica empresarial de Disney. El dragón del lago de fuego nos introduce en un mundo de fantasía que no evita el oscurantismo y la suciedad de la Edad Media: los reyes son crueles y mezquinos; los sabios unos locos; las grandes gestas, una quimera. Esto bien podría emparentarla con el mundo de Conan que diseñó Robert E. Howard en los años 20, pero Robbins y Hal Barwood, su coguionista, optaron por ofrecer un protagonista en las antípodas del bárbaro musculoso. Galen es un jovencito inepto y miedoso al que todo parece venirle grande, tan ridículo y tierno a la vez que se le podría considerar el patrón del mítico Guybrush Threepwood, el protagonista del videojuego The Secret of Monkey Island (Ron Gilbert, 1990) creado por LucasArts. Con un protagonista así, toda la película se tiñe de un patetismo entre lo terrorífico y lo satírico que convierte a El dragón del lago de fuego en un fascinante ejemplo de lo que “el otro cine ochentero” puede ofrecer.


  • 70 minutos para morir (Miracle Mile, Steve De Jarnatt, 1988)

70 minutos para morir

De 70 minutos para morir ya hablé largo y tendido en este otro artículo, pero sería una injusticia no recuperarla para esta lista. La razón es sencilla: representa todo lo que entendemos por cine ochentero al tiempo que lo retuerce y lo cuestiona de una forma muy ingeniosa. Si su primera mitad responde perfectamente a las fantasías habituales del periodo, la segunda se dedica a indagar en las bases ocultas de esas fantasías. Y como buena película ochentera lo hace a través de un discurso más emocional que intelectual, asumiendo su lugar dentro de la época y buscando una mirada diferente a las narraciones de la era Reagan sin por ello destruir lo valioso del periodo. Hay aquí imaginación, ligereza y desparpajo, pero también cierta locura y una pincelada de desesperanza, todos los ingredientes que hacen de esta etapa algo único en la historia del cine popular.


  • Proyecto Brainstorm (Brainstorm, Douglas Trumbull, 1983)

Proyecto Brainstorm

Hay ocasiones en las que una película fallida puede resultar mucho más interesante que otra, digamos, más “redonda”. Aunque no consigan alcanzar todo su potencial o fracasen a la hora de construir un conjunto satisfactorio, aquellos films que bullen con ideas sugerentes o momentos destacables son tanto o más merecedores de ser rescatados que películas que triunfan precisamente porque arriesgan menos. Ese sería el caso de Proyecto Brainstorm, segundo largometraje de Douglas Trumbull, diseñador de los efectos especiales de Blade Runner (Ridley Scott, 1982) o Encuentros en la tercera fase (Steven Spielberg, 1977) y director de otra pequeña joya ignorada, Naves misteriosas (1972).

El punto de partida, un grupo de científicos que diseñan una máquina que permite grabar las sensaciones y volver a experimentarlas al reproducir lo grabado, es inmensamente sugerente, especialmente visto hoy en día, cuando estamos inmersos en inventos como la realidad virtual o la realidad aumentada, los videojuegos han alcanzado un importante grado de sofisticación y la red ha favorecido enormemente la posibilidad de mostrar nuestra intimidad. Treinta años antes de esta era del voyeurismo, Trumbull ya se preguntaba cómo sería compartir un orgasmo, la angustia de una espera o incluso los últimos segundos de vida de otra persona, conocida o desconocida. Para hacerlo aún más interesante, Trumbull diseño esos momentos como películas dentro de la película, cambiando el planteamiento de color y las ópticas, generando un curioso paralelismo entre el espectador que ve Proyecto Brainstorm y el espectador dentro de Proyecto Brainstorm. Todo esto, unido a un notable casting (Christopher Walken, Cliff Robertson, Natalie Wood…) y a la imaginación sin límites que la película va poco a poco desplegando, hacen de ella una obra digna de ser recordada.

Entonces, ¿cuál es el problema? Sin duda, el brusco cambio de tono de su tercer acto, que convierte la película en algo más pueril, menos sugerente y mucho más bobo. Pero conviene tener en cuenta que los errores de la cinta de Trumbull pueden ser el resultado de uno de los aspectos más interesantes del cine popular de los 70 y los 80, su capacidad de asumir riesgos, de trabajar por instinto en lugar de rendirse a lo ya probado. Sí es así, no podemos más que alabar un fracaso como Proyecto Brainstorm.


  • Hidden (Lo oculto) (The hidden, Jack Sholder, 1987)

Hidden

Uno de los subgéneros que más prosperó durante toda la década fue el de las buddy movies. Desde Límite: 48 horas (48 Hrs., Walter Hill, 1982), hasta Arma letal (Lethal Weapon, Richard Donner, 1987), pasando por Danko: Calor rojo (Red Heat, Walter Hill, 1988) o Socios y sabuesos (Turner & Hooch, Roger Spottiswoode, 1989). La fórmula permitía jugar con dos elementos muy populares durante todo el periodo (violencia y comedia) y resultó tan exitosa que era difícil encontrar un año sin distintas variaciones de extrañas parejas, generalmente policiacas, obligadas a convivir para resolver un caso. Pero pocas son tan sorprendentes como Hidden.

Sobre el papel es poco más que una reformulación en clave de ciencia-ficción del prototipo “poli bueno-poli raro”, pero la puesta en escena de Jack Sholder le da un tono sorprendente, capaz de jugar con lo tonto y lo solemne, con lo brutal y lo tierno, en una misma secuencia. Es esta habilidad para mantenerse siempre al borde del ridículo, peleando para sacar algo visceral y único de materiales de derribo, lo que hace de Hidden una experiencia única y una de las películas más netamente ochenteras, tan hedonista, excesiva, satírica y, en el fondo, desesperada por encontrar algo de calor humano como la propia etapa que la dio a luz.


  • La revancha de los novatos (Revenge of the Nerds, Jeff Kanew, 1984)

La revancha de los novatos

La comedia estudiantil, otro género que floreció en el periodo, tiene cierta tendencia al trazo grueso y al estereotipo. Salvo excepciones como El club de los cinco (John Hughes, 1985) la mayoría parten de los roles típicos dentro de la cadena trófica estudiantil (el perdedor, el deportista, la animadora, la empollona, etc…) para jugar con ellos, sin cuestionarlos o humanizarlos de ninguna forma. A pesar de que algunos títulos como Porky’s (Bob Clark, 1981) han sobrevivido a base de nostalgia, la mayoría han pasado al olvido según las estructuras jerárquicas de los institutos y las universidades estadounidenses iban evolucionando (no siempre a mejor) y la historia, con sucesos como el del instituto Columbine en 1999, las iban convirtiendo en aún más groseras e insensibles.

Eso, sin embargo, no sucede con La revancha de los novatos, una de las pocas películas estudiantiles de la época que se posicionó frente al bullying y comprendió que el futuro del país estaba en manos de aquellos chavales a los que llamaban nerds de forma despectiva. Sin perder un ápice de capacidad cómica, la película de Jeff Kanew humaniza al tradicionalmente considerado perdedor y le ofrece un espacio de fantasía en el que recordar que, al contrario que los chavales populares que habrían de quedarse atrapados en el limbo de “los mejores años de su vida”, ellos tenían todo el tiempo del mundo por delante.


¡Pero aquí no acaba la cosa!. Los 80 son un pozo sin fondo de pequeñas sorpresas, así que no os perdáis la segunda parte de esta lista, donde hablaré de otras cinco películas igual de excesivas, viscerales e interesantes.

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