LAS PEORES PELÍCULAS DE LA HISTORIA SEGÚN REVISTA MUTACIONES

Después de preguntar a toda clase de trabajadores y críticos del mundo del cine, no podía faltar nuestra propia lista. Estas son las peores películas de la historia para el equipo de Revista Mutaciones:


Rafael S. Casademont (Consejo de redacción)

Bang Gang: una historia de amor moderna (Eva Husson, 2015). Podría haber pensado en la típica película de prestigio que no soporto, ir a por una comercial tan famosa como horrible o tachar alguna cutrez de serie B de desastre pero, después de pensarlo mucho, no hay nada peor para mí en el cine que lo que significa esta película de Eva Husson. Se supone que es una historia real en la que un grupo de adolescentes en Francia realizaron una serie de orgias y, en consecuencia, varias enfermedades venéreas se distribuyeron por su instituto. Se supone también que es de autor, de calité, la Kids (Larry Clark, 1995) de esta nueva era rezaban sus lemas publicitarios. El resultado, sin embargo, es una película perdida en montaje y confusa en su puesta en escena, pretenciosa hasta el tuétano, sin personajes ni dirección. Solo hay una cosa que consigue mientras pretende narrar los devenires afectivo-sexuales de esta serie de adolescentes, sexualizarlos hasta lo obsceno transformándose en lo más cercano que he visto a lo que imagino que es pornografía infantil.  En definitiva, mal realizada, presuntuosa, insoportable y tremendamente reprochable a nivel ideológico, un todo perfecto.

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Fran Chico (Consejo de redacción, diseño web)

Si decidiera tirar por el concepto de “peli tan mala que es buena”, la obra maestra absoluta de la comedia involuntaria sería sin lugar a dudas Troll 2 (1990), de Claudio Fragasso. Pero me niego a nombrar como peor película ninguna con la que haya disfrutado tanto. En cambio, no hay película que me haya desesperado más que El árbol de la vida (2011), de Terrence Malick. Cumbre de la pedantería fílmica entre la nada y un anuncio de compresas, en España muchos cines tuvieron la cortesía de devolverte el dinero si abandonabas la sala en la primera media hora de la proyección (una gran oportunidad que no supe aprovechar). Venecia estrenará una versión extendida de 180 min. en su próxima edición. Allá ellos.


Paula García Terrones (Redacción)

Si existe la idea platónica de «americanada» probablemente esté representada en la película Persecución extrema (John Bonito, 2006). La traducción al castellano no engaña: John Cena (haciendo de John Cena) es un marine persiguiendo a unos terroristas que han secuestrado a su mujer. Ya está. Así durante toda la película. Mientras tanto, explotan cosas. Muchas. Michael Bay estaría orgulloso.


Alberto Hernando (Consejo de redacción)

Lo imposible (2012), de Juan Antonio Bayona, hace del sufrimiento y de las miserias reales que produjo el tsunami de 2004 en el sudeste asiático un espectáculo para el público occidental, que debía identificarse con la insoportable y perfecta familia protagonista. No es lo peor de la película, que resulta manipuladora, complaciente, sentimentaloide y de una épica y grandeza terriblemente mal entendidas. Y es que, con un grandísimo presupuesto y momentos espectaculares, Lo imposible no es una película mala pero Bayona hace lo peor que puede hacer un cineasta: falsificar la experiencia, emborrachar los sentidos y abotargar la sensibilidad.


Pablo López (Consejo de redacción)

La pasión de Cristo (Mel Gibson, 2004). Por usar astutamente cien años de narrativa cinematográfica para construir un discurso de odio visceral y sin matices. En esta película, todos somos culpables (menos Cristo y Mel Gibson, por supuesto).


Raquel Loredo (Redacción)

Congo (Frank Marshall, 1995). Porque su ridiculez no produce risa sino vergüenza ajena. Una adaptación pésima y del revés de la novela homónima de Michael Crichton, que mezcla todos los géneros posibles y solo provoca que se aprecien más las películas de Michael Bay. Por algo muchos la llaman ‘Tongo’.


Patricia Marín (Consejo de redacción, diseño gráfico)

Mentiras y gordas (Alfonso Albacete y David Menkes, 2009). Por su superficialidad narrativa y falta de interés (tanto la de todos sus departamentos como la que surge posteriormente en el espectador). Por querer ser el reflejo de una generación y acabar siendo un insulto colectivo. Por su pretensión al querer captar jóvenes espectadores bajo la imagen de sus actores. Por su intento fallido de crear “morbo” en base a un guion ridículo. Porque he visto películas deshonestas pero me cuesta visualizar otra tan mala. Porque la película en sí es una mentira (y de las gordas).

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Manuel Muñoz (Redacción)

Sangre de mayo (2008), de Jose Luis Garci. Tres veces tuve que verla, y menuda pesadilla. Grandilocuente proyecto a la gloria nacional, recreación del Levantamiento del 2 de Mayo. Lo más sangrante, su final, una escenificación del famoso cuadro de Goya sin la fuerza y la rabia contenidas en el trazo del pintor, sino más bien manteniendo una actitud de ridícula ceremoniosidad ante la cita obligada. Pretenciosa e insustancial.


Carlos Rodríguez (Redacción)

Super Mario Bros (1993), de Annabel Jankel y Rocky Morton. Por poner a los personajes más famosos de la historia del videojuego en el escenario de Brazil (1985), de Terry Gilliam o Desafío Total (1990), de Paul Verhoeven, y hacerlos deambular a golpe de comedieta de película de tortugas ninja.


Felipe Rodríguez (Redacción)

Star Wars: El despertar de la fuerza (2015), de J.J. Abrams. Es imposible entregar una película con menos arrojo, fuerza y poderío que este retorno a una galaxia muy, muy lejana que habría sido mejor haberla dejado dormir el sueño de los justos. Y es que este ejercicio de mercadotecnia, que no artístico, es un calculado producto de marketing que, cual receta de restaurante fast-food, agrega las cantidades exactas de una serie de ingredientes que supuestamente retrotraen a una generación a los aromas y sabores de su infancia. Una infancia no superada y de la que J.J. Abrams, el rey del refrito, parece sufrir crónicamente. Ya daba pistas de su adoración malentendida de la entente formada por Spielberg/Lucas con Super 8, ese pastiche indigesto entre el E.T. spielbergiano y Los Goonies que intentaba, sin conseguirlo, invocar una magia prefabricada.

Pero El despertar de la fuerza es harina de otro costal. Un sub-producto dirigido por un realizador sin ninguna idea propia, que bebe del pasado de un niño que jugaba con sus X-Wings y Tie-Fighters en el patio trasero de su casa de vallas blancas y setos perfectamente cortados. Un fanboy en el peor significado de la palabra, que intenta replicar las aventuras cortas de imaginación con las que se entretenía en su infancia. Una obra y un autor que no entiende que, con sus defectos y virtudes, el triunfo de Lucas fue hacer avanzar su saga en seis partes, proponiendo nuevas ideas y elementos que enriquecían el conjunto y que aquí brillan por su ausencia. Un conjunto que no era ni más ni menos que un estupendo mash-up de las filias de un joven George Lucas (Kurosawa, el western, las matinees de los años 30, el cine bélico, las carreras de coches, la ciencia ficción de los 50, el Flash Gordon de Alex Raymond, aderezado con una pizca de filosofía y religión salida del Reader’s Digest, más un mucho del viaje del héroe de Joseph Campbell). En cambio, Abrams, en un ejemplo más de su escasa y limitada visión y originalidad, limita y reduce las seis partes de la saga original -con sus múltiples aciertos y errores- en una revisión descafeinada del primer título de la misma, pero lógicamente sin su frescura y su sense of wonder. El resultado, un verdadero ataque de los clones, con situaciones, personajes y set-pieces de acción que intentan reproducir, cual impresora 3D, un título, una época y unas maneras sin conseguirlo y que sirve como ejemplo y metáfora del museo de naturalezas muertas en el que se ha convertido el blockbuster hollywoodiense del siglo XXI.


Marta Sánchez (Redacción)

Piraña II: los vampiros del mar (James Cameron, 1981). Un film bajo la supuesta autoría de un  James Cameron que fue despedido casi al inicio del rodaje donde pirañas voladoras (sí, han leído bien) se dedican a morder los cuellos de los bañistas cual vampiros transmutados, con un ritmo tedioso que provoca aburrimiento.

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