LA SOMBRA DEL PASADO

La verdad contra la Historia

La sombra del pasado - Revista Mutaciones

Hace trece años el director y guionista Florian Henckel von Donnersmarck convirtió su opera prima, La vida de los otros (2006) en la sorpresa de la temporada. Y lo logró combinando con pericia elementos tan aparentemente volátiles como el melodrama, el cine político y la reconstrucción histórica, con los que se ganó inmediatamente el respaldo de la crítica, atrajo al público a las salas y, de propina, se hizo con numerosos premios como el Oscar de la Academia a la Mejor película de habla no inglesa. Sobresalientes credenciales que se vieron pulverizadas con su siguiente film, The Tourist (2010), remake hollywoodiense de El secreto de Anthony Zimmer (Jérôme Salle, 2010) que fue vilipendiado por la crítica e ignorado por el público. Lo que convierte a su última película, La sombra del pasado (2018), en una posible reconciliación del director si no con la crítica al menos con el público y, en un extremo pendiente de confirmarse en el momento de redactar estas líneas, quizás también con la Academia, que la ha nominado a la Mejor película de habla no inglesa y a la Mejor fotografía, excelentemente firmada por Caleb Deschanel. La sombra del pasado (desafortunada traducción del original Werk ohne Autor, u Obra sin autor, que ya da indicios de la naturaleza cuasi culebronesca del film) narra las desventuras de Kurt Barnert (Tom Schilling, en la piel de un personaje inspirado en el artista Gerhard Richter) durante las tres décadas que separan 1937, año en el que se celebró en Dresde la exposición Arte Degenerado, con la que el nazismo demonizó el Arte Moderno, de 1967, cuando Kurt presenta su primera exposición como pintor exiliado en la República Federal Alemana (RFA). Un largo periodo que podría justificar hasta cierto punto el carácter elefantiásico de La sombra del pasado -con sus tres horas y ocho minutos de duración, líneas de diálogo que parecen aspirar a ser cinceladas en piedra, y un considerable despliegue de recursos a disposición de un melodrama bigger-than-life– pero cuya ambición e insulsa puesta en escena la convierte en una película fallida e incluso antipática, por rimbombante.

Y es que bajo el vistoso envoltorio propio de un melodrama histórico, estereotipado pero más o menos entretenido, lo que parece vertebrar La sombra del pasado es un discurso sobre la mirada, entendida como una manera  de construir una identidad y preservarla ante los embates de la Historia de Alemania, marcada durante esas tres décadas por totalitarismos de distinto signo. Un interesante punto de partida que enfrenta la mirada ofrecida por el arte, entendido como una visión personal, y aquellos poderes, nacionalsocialistas, soviéticos o también capitalistas, que lo instrumentalizan con la intención de asentar una visión oficialista y utilitaria del arte y de la realidad. Dos polos antagónicos que en La sombra del pasado se encarnan, respectivamente, en el protagonista Kurt y su gélido suegro y némesis, el imperturbable Carl Seeband (Sebastian Koch, en un papel que es puro cartón piedra), advenedizo ginecólogo nazi que se adapta al status quo soviético de la RDA, asentada tras la derrota del nazismo en 1945. Una rivalidad que se prolonga a lo largo del tiempo (y que se resuelve de forma tan precipitada como poco satisfactoria), y de la que se desprende un interrogante que impugna la construcción de la película.

Porque ¿bajo qué punto de vista pueden mostrarse hechos históricos como los que se muestran en La sombra del pasado? Cuestión que parece dirimirse entre la recurrente imagen de síntesis de la mano del niño Kurt (Cai Cohrs) cubriendo parcialmente hasta el desenfoque la visión en primera persona de sucesos tan traumáticos como el secuestro médico de Elisabeth (Saskia Rosendahl) la tía del protagonista¸ desequilibrada y amante del arte, y una de las máximas de la chica, quien le hace prometer a su sobrino que “nunca apartará su mirada” ante horrores del nazismo com el programa de eugenesia que acabará con su vida por decreto, en una forzada carambola, de Seeband. Una llamada, pues, a preservar la identidad a través de la mirada de Kurt ante los peligros de la tergiversación artística e histórica propia de los totalitarismos que desemboca primero en la búsqueda del joven de una visión propia dentro del restringido corsé de lo permitido en la RDA y más adelante en la asunción de una obra pictórica, basada en la copia de fotografías ya existentes, que se jacta públicamente de carecer de contexto y, por tanto, de Historia que lo sustente.

Estrategia que también parece asumir el propio von Donnersmarck para plasmar los acontecimientos históricos que aparecen en su película. El brutal bombardeo aliado sobre Dresde de 1945, la construcción del Muro de Berlín en 1961, o la puesta en marcha del programa de eugenesia nazi son planteados en tiempo presente, sin una perspectiva -aparte del año en el que tiene lugar sobreimpreso en pantalla- que ponga en valor su importancia histórica más allá de las consecuencias que su existencia pueda tener para las vidas de los personajes de La sombra del pasado. Una opción tan válida como cualquier otra pese a que, debido a su carácter casi paisajístico y a la falta de garra en su puesta en escena, genera la impresión de estar ante una plasmación precipitada y frívola de estos momentos… castrando la pegada emocional del melodrama que es, por encima de toda disquisición teórica, La sombra del pasado.

Ya que, más allá de que estos hechos históricos sean los impulsores de la trama escapando al control de sus personajes principales, estos tampoco despiertan ninguna emoción al estar cortados por un patrón próximo al estereotipo cuando no involuntariamente caricaturesco, como ocurre con el personaje interpretado por Koch, cuya maldad e inteligencia roza lo risible. Y que la resolución formal de muchos de los interesantes conflictos que se plantean en la película los reduzca, vistos en pantalla, a un conjunto de escenas carentes del más mínimo arrebato, agrava la situación. En este sentido, son destacables los momentos de La sombra del pasado que, dando por buena una de las máximas de la película que afirma que “todo está relacionado”, actúan como una cámara de ecos. Es el caso del éxtasis que se apodera de Elisabeth al verse rodeada por el sonido de las bocinas de unos autobuses en Dresden, visualmente planteada del mismo modo que una escena posterior en la que Kurt intentará homenajear la memoria de su tía, y de la emoción degenerada y prohibida (y por lo tanto personal e intransferible) que sentía entonces. O cuando, en otro momento, von Donnersmarck plasma como el joven pintor recupera la inspiración perdida gracias a una providencial ráfaga de viento que retrotrae al público a uno de los momentos de juventud del personaje encaramado a un árbol, poco antes de conocer a su pareja Ellie (Paul Beer) que le recuerda poderosamente a su tía… Ideas de un lirismo considerable sobre el papel pero que, tal y como ocurre con los engolados diálogos que trufan la película, carecen de una poética audiovisual que las sostenga en la pantalla, tornándolas forzadas y hasta pomposas en un conjunto dramático en el que los giros de la trama se aproximan peligrosamente a los propios de un culebrón familiar al uso, más fruto del capricho que del fatalismo que se intuye entre las intenciones de von Donnersmarck. Ni siquiera la banda sonora de Max Richter, excesivamente utilizada como subrayado dramático, logra elevar la emocionalidad que sí se da en los momentos más contenidos de La sombra del pasado. Es precisamente cuando rehuye de la insuficiente épica en la que parece instalarse gran parte de la película cuando von Donnersmarck pergeña sus momentos más interesantes como puedan ser el periodo de tensa convivencia bajo un mismo techo por parte de Kurt, Ellie y los padres de la joven, o el modo en que muestra intimidad de la pareja de amantes, construida en base a una lograda complicidad sexual… Instantes en los que la puesta en escena de La sombra del pasado parece latir por encima de su competente factura, en un contexto general que pretende celebrar la vida como pasión, pese a que ésta esté ausente en gran parte de los elementos que componen esta fallida película.

La sombra del pasado - Revista Mutaciones


La sombra del pasado (Werk ohne Autor, Alemania, 2018)

Dirección: Florian Henckel von Donnersmarck / Guión: Florian Henckel von Donnersmarck / Producción: Quirin Berg, Florian Henckel von Donnersmarck, Jan Mojto y Max Wiedemann para Pergamon Film y Wiedemann & Berg Filmproduktion / Música: Max Richter / Fotografía: Caleb Deschanel / Montaje: Patricia Rommel / Diseño de producción: Silke Buhr / Reparto: Sebastian Koch, Tom Schilling, Paula Beer, Lars Eidinger, Rainer Bock, Florian Bartholomäi, Oliver Masucci, Hanno Koffler.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.