JOKER

La lucha de clases como génesis de los mitos superheróicos

En su origen, los comic-books que dieron lugar al género de superhéroes fueron fruto de las consecuencias de la Gran Depresión provocada por el crack de 1929. Cuadernillos en cuatricomía con 64 páginas de acción, aventura y suspense por 10 centavos el ejemplar, que sirvieron para paliar la desazón y desesperanza que la crisis económica había provocado en las clases más desfavorecidas y olvidadas de la población. La paradoja de todo esto era que los apolíneos, honrados y majestuosos héroes con los que pretendían verse representados estos niños de los barrios y comunidades más marginales eran los auténticos causantes de los problemas. Bruce Wayne/Batman u Oliver Queen/Green Arrow eran playboys millonarios, dueños de gran parte de sus respectivas ciudades: Gotham City y Star City. Lo mismo podría decirse de Wesley Dodds/Sandman, heredero de otro aristócrata venido del pulp, Lamont Cranston alias La Sombra. Y así una infinidad de héroes que en sus coloridos uniformes y a partir de la violencia física pretendían resolver de manera harto naif e hipócrita, las consecuencias de un problema criminal que solo provenía de los excesos y los desequilbrios sociales de la clase social dominante, a la que curiosamente ellos pertenecían.

Por lo tanto, no es casual que Todd Phillips haya situado la acción de su particular aproximación al personaje creado por Bill Finger, Jerry Robinson y Bob Kane en el año 1981. Porque si la crisis económica del 29 dio lugar al género superheróico una década más tarde -con la aparición en 1938 de Superman en Action Comics 1 y en 1939 de Batman en Detective Comics 27- aquí la acción se sitúa casi diez años después de la crisis del 73, momento en que Ronald Reagan llega al poder y comienza a integrar sus políticas sociales neocon, las cuales pretendían ocultar el drama de la pobreza, arrebatando los fondos públicos que permitían tratar a enfermos mentales que no tenían los recursos económicos necesarios. A su vez, la cinta se estrena una década después de la crisis de 2008. Un momento de aparente recuperación económica que ha dejado por el camino y olvidados a una infinidad de víctimas invisibles de la debacle económica, aquí representadas todas ellas en la figura de Arthur Fleck, futuro Joker.

Es en dicho concepto y punto de partida donde se encuentran los mayores aciertos del filme. La decisión consciente de Phillips de subvertir los mitos del hombre murciélago y convertir al criminal en la víctima y al entorno del héroe en el villano de la función dirige la obra hacia una interesante mirada hacia la lucha de clases y las políticas neoliberales bajo las que se enfundan normalmente estos héroes surgidos del conservadurismo. Un concepto que no oculta su deuda con la seminal Taxi Driver (Martin Scorsese, 1974), hija absoluta de la crisis económica del 73 y que supo aunar el zeitgeist nihilista y desesperanzado que se respiraba en la América de los 70 a partir de la figura de Travis Bickle (Robert de Niro), convirtiéndose en padre legítimo de este patético y memorable Joker, que posee a un Joaquín Phoenix que a través de la contorsión física y el cuerpo mancillado es capaz de reproducir la angustia interior de un individuo anónimo que busca un sentido y un lugar en un mundo y una sociedad mezquina e hipócrita, espejo de ese Nueva York de los años 70 que representaba la cinta dirigida por Scorsese y escrita por Paul Schrader.

A su vez, Joker también mira de frente y sin ocultarlo a un título menos popular de Martin Scorsese, El rey de la comedia (1982). Una obra tan complementaria conceptualmente como contraria formal y tonalmente a Taxi Driver, que se centra sobre todo en la distorsión de los medios de comunicación, tanto desde el punto de vista social como individual, partiendo de los códigos de la comedia negra y una aparente sencillez conceptual y formal. Y aunque Phillips -en un alarde de arrogancia- pretenda hacer creer que no se ha basado en ningún material del medio original, el lector avezado podrá encontrar retazos tanto de Batman: La broma asesina (1988) de Alan Moore y Brian Bolland -en su mirada empática y patética hacia un Arthur Fleck que busca infructuosamente convertirse en comediante- como de Batman: El regreso del Caballero Oscuro (1986) de Frank Miller, tanto en la omnipresencia y poder de la pantalla y el marco televisivo, su crítica nada velada hacia el reaganismo, o la secuencia final entre el personaje de Phoenix y el de de Niro en el plató de televisión, que trae al recuerdo un fragmento del tercer volumen de la obra magna de Frank Miller.

Es en este concepto y propuesta formal donde se encuentran los mayores aciertos de la cinta: ya sea en ese plano que representa las múltiples y ensordecedoras pantallas de televisión (de nuevo Miller en el espejo retrovisor) escupiendo ruido y ocultando el mensaje primordial de los motivos de lo ocurrido (donde el drama personal y enterrado da lugar a la catástrofe social mediatizada), o en los reflejos especulares donde protagonista y espectadores empatizan, se funden y se disocian. Todo ello a partir de un Joaquín Phoenix que hace de su cuerpo el hilo conductor que conforma la narración y la puesta en escena del relato. Pero, en su contra, la acumulación de referentes previos no dan lugar a una mirada que vaya más allá de sus referentes: el score de la compositora Hildur Guðnadóttir se mira demasiado en las atmósferas asfixiantes y desoladoras de la banda sonora de Howard Shore para Seven (David Fincher, 1995); la referencia de soslayo al Requiem por un sueño (2000) de Darren Aronofsky -en el segmento materno-filial de Joker y su adicción a la pequeña pantalla- no va más allá de la anécdota; o algunas soluciones discutibles, redundantes y efectistas del libreto que son potenciadas a partir de las decisiones de puesta en escena ─en concreto, la secuencia de Arthur Fleck y su objeto de deseo en el apartamento de esta última─ que evocan el clímax de El club de la lucha (1999) de David Fincher pero sin la experiencia catártica de esta. Pequeños pero fundamentales detalles que acaban dando como resultado un filme más que notable, que aunque conceptualmente brillante, no es capaz de entregar un “algo” más de su cosecha. Eso no quita para que nos encontremos con uno de los blockbusters más interesantes de la actualidad y una cinta que roza en determinados momentos la brillantez. En definitiva, un trabajo de reinterpretación memorable de los mitos del cómic, una buena película para la historia del cine.


Joker (EE.UU., 2019)

Dirección: Todd Phillips / Guion: Todd Phillips, Scott Silver / Producción: Bradley Cooper, Todd Phillips, Emma Tillinger Koskoff / Música: Hildur Guðnadóttir / Fotografía: Lawrence Sher/ Montaje: Jeff Groth / Reparto:  Joaquín Phoenix, Robert de Niro, Zazie Beetz, Frances Conroy, Brett Cullen, Shea Whigham, Bill Camp, Glenn Fleshler, Leigh Gill.

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