ISAO TAKAHATA

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Escalar la montaña

Isao Takahata
Isao Takahata durante la promoción de su última película. Fotografía de Shizuo Kambayashi

A Isao Takahata cada proyecto le resultaba un verdadero esfuerzo. De naturaleza insegura y perfeccionista, el director nipón dedicaba años a cada una de sus películas, para desesperación de su productor en el estudio Ghibli, Toshio Suzuki. Este fue quien dijo que con Takahata se sabía cuándo empezaba pero no cuándo iba a terminar. El propio Miyazaki comentó durante la larguísima producción de El cuento de la princesa Kaguya que estaba por tirar la toalla con su compañero y mentor. “Un vago”, le llamaba, para al día siguiente recordar lo mucho que había aprendido de él y cuánto le admiraba.

Takahata no era animador, solo director de cine de animación, una condición bastante inusual en la industria. Puede que eso le dificultase ajustarse a los plazos de una producción animada, aunque también le ofrecía una perspectiva diferente sobre la narrativa basada en el dibujo. El caso es que, por las razones que fuese, Takahata tardaba años en embarcarse en nuevos proyectos, de ahí que en una carrera de casi 50 años cuente con menos de una decena de largometrajes. Aun así siempre volvía. Hace unos meses, de hecho, Takahata anunció que volvería a dirigir. Ahora sabemos que ya no será posible pero lo importante es que quería, que estaba dispuesto a afrontar la dolorosa escalada a la montaña una vez más, y eso nos dice mucho de quién fue Takahata. También, por supuesto, nos queda su cine.

Y vaya cine. La obra de Takahata solo cuenta con ocho largometrajes y tres series, si no contamos las muchas colaboraciones en proyectos de otros directores. Pero todo el corpus tiene interés, a un nivel sorprendente. Intelectual, porque Takahata era un hombre de ideas, pero sobre todo emocional. Sus mejores películas son algo así como esos abrazos que te rescatan de un momento de bajón. Al igual que Miyazaki, Takahata hizo de los más pequeños gestos, del estudio del movimiento más sutil, una obsesión que le llevó a cotas de emoción absolutamente desbordantes. Admirar cómo la niña de Recuerdos del ayer asciende una escalera invisible o a Kaguya dar sus primeros pasos es encontrarse frente a frente con la vida, recreada fotograma a fotograma con una delicadeza que derrite.

Junto a esto, Takahata nos deja también una carrera llena de esfuerzo por romper las barreras de la animación, por acabar con sus ataduras y alcanzar una narrativa cada vez más libre. Él fue el responsable de La princesa encantada, uno de los saltos evolutivos más importantes para la industria del anime japonés, que rompió lazos con Disney, los estrechó con la cultura nipona y asumió la idea de que el cine no tiene edad. A partir de ahí, cada una de sus películas fue un experimento con los límites de tono y de estilo. Los primeros minutos de Gauche el violonchelista o los múltiples estilos de dibujo en Pom Poko dan buena muestra de ello; pero nada tan sencillo y poderoso, que hable tan claro del potencial de la animación para expresar nuestras emociones más profundas, como el arrebatador momento de furia de la princesa Kaguya, cuando Takahata rompe con todo el estilo previamente establecido para adentrarse con trazo nervioso en la frustración de su joven protagonista.

Con la muerte de Takahata perdemos a uno de los grandes de la historia del cine, pero mientras le recordemos las barreras que su cine rompió permanecerán para siempre derribadas. Y, por supuesto, siempre podremos volver a su cine en busca del calor y la honestidad de un director que hizo pocas películas pero se aseguró de que todas y cada una merecieran la pena.

Pom Poko (1994)

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