MISERY

Publicada en Publicada en Especiales, Stephen King

El placer de contar historias

No resulta ninguna sorpresa que, de las innumerables adaptaciones que se han hecho de sus novelas, Stephen King considere Misery una de sus favoritas. La película de Rob Reiner es uno de esos ejemplos de narrativa sencilla, de película cuyo principal objetivo es contar una historia de la forma más eficaz posible. Eso encaja mucho con el propio King, un autor al que resulta fácil imaginar contando cuentos de terror a la luz de una hoguera. El placer de narrar, de sumergir al lector/espectador en el mundo de la historia, está en el centro de su obra. Es un placer tan sencillo como ancestral, en el que importa tanto el qué como el cómo. Tanto es aquí la palabra relevante. Así como hay un cine en el que la forma en que el director traduce y transforma el trabajo del guionista es lo que prima, hay otro cine, de raíces más clásicas y populares, en el que varios textos conviven a la par: guion, puesta en escena, montaje, música, diseño sonoro… No pretendo crear aquí una jerarquía de tipos de cine, pues cada una de las vertientes cuenta con exponentes de sobra para demostrar su valía. Sin embargo, sería un error obviar que Misery es una película de Stephen King, William Goldman y Rob Reiner, los tres trabajando en profunda sintonía.

El primero ofrece aquí, además de los cimientos, muchos de sus temas recurrentes. La historia de Paul, un escritor de novelas románticas harto de estar encasillado en un personaje que detesta y que termina atrapado en la casa de Annie, una fan con serios problemas mentales, sirvió a King para exorcizar su propia sensación de encallamiento cuando sus seguidores rechazaron su intento de dejar de lado el terror y pasarse al fantástico. Pero también le permitió ahondar en su fascinación por el mundo rural de los Estados Unidos, con una visión que siempre está cargada de mala baba pero también de cierta ternura. Sin embargo, otros elementos presentes en la novela original, como el estrago de las adicciones (un lugar común en el trabajo de King), quedaron apartados cuando William Goldman se hizo cargo del guion.

Y es que, si King es el que pone sobre la mesa los materiales con los que se va a jugar, Goldman, demostrando porqué es uno de los guionistas más reputados de Hollywood, se dedica a amplificar el potencial de esos materiales. A base de podar y focalizar, centrándose en solo algunos elementos de la novela y añadiendo de su propia cosecha únicamente lo imprescindible, el guionista de Todos los hombres del presidente (Alan J. Pakula, 1976) da aquí una clase magistral de lo que un buen guionista debe hacer: coger una serie de materiales y darles forma, dejando solo lo vital, para que un director pueda llevarlos a imagen. El trabajo de estructura en Misery es tan férreo, diseminando la información de forma inteligente, evitando el exceso de exposición, favoreciendo una inquietante ambigüedad tonal, que a primera vista parece tremendamente sencillo. Sin embargo, solo a base de trabajo y talento se puede llegar a tener un texto tan bien destilado, tan redondo, como el de la película de Rob Reiner. Con todo, lo más brillante del guion de Misery está en la decisión de darles, a través de breves pero bien dibujadas secuencias, un gran peso a los personajes del sheriff y su mujer. A través de esta pareja de entrañables abuelos, Goldman dibuja el contrapunto perfecto del oscurantismo y la miseria moral e intelectual que representa el personaje de la fan, a la vez que genera una corriente de cálida ternura que se vuelve horriblemente cruel a partir de cierto momento de la trama.

Finalmente, Rob Reiner, un director de la escuela de Sidney Lumet, tan ascético que en ocasiones parece bordear el terreno del telefilme, recoge lo plantado por King y regado por Goldman para firmar el que, probablemente, sea su mejor trabajo tras la cámara junto a Cuenta conmigo (otra adaptación de Stephen King) y Spinal Tap. Reiner, consciente de que trabaja con un protagonista que pasa casi toda la película tumbado en una cama, decide prescindir de casi cualquier movimiento de cámara, lo que, unido a un montaje que funciona casi siempre por corte y a una fotografía centrada en el blanco de la nieve, genera una sensación de estatismo que refuerza la indefensión del protagonista. Al mismo tiempo, tratando de sacar el máximo partido posible a las pocas localizaciones con las que cuenta, Reiner construye espacios dentro de otros espacios a base de un inteligente uso del plano detalle. Así, cuando al protagonista se le cae la horquilla con la que está intentado abrir la puerta de su cuarto, el primerísimo primer plano de sus dedos tratando de alcanzar ese miserable trozo de metal que tan importante se ha vuelto para su supervivencia convierte ese esfuerzo de apenas centímetros en algo titánico. Un tratamiento similar reciben la mayoría de los objetos de la película: una cerilla, un cigarro, la máquina de escribir, un cuchillo… Esto hace que la película adquiera cierto tono fetichista, muy coherente con sus dos personajes principales, ambos obsesionados con ritualizar elementos de su vida (Paul siempre deja una cerilla, un cigarro y una botella de champán preparados para el momento en el que termina una novela; Annie guarda recortes de periódico de cada uno de los momentos más horripilantes de su existencia).

Con todo, el gran acierto de Reiner está en el trabajo de dirección de actores. Aunque las alabanzas siempre van hacia el notable trabajo de Kathy Bates, las interpretaciones de James Caan, Richard Farnsworth y Frances Sternhagen rayan al mismo nivel, formando un conjunto de enorme solidez y coherencia. Hay en el trabajo de estos cuatro actores una corriente sumergida de humor negro (una vez más, algo muy propio de Stephen King) que, al principio, aligera lo macabro de la historia pero que, a partir de cierto momento, acaba por acentuarlo. Esto, unido a la decisión de Reiner de no apartar la mirada en los momentos de mayor brutalidad, acaba por construir una película que, por encima del suspense, favorece una desasosegante sensación de crueldad. Porque eso es precisamente Misery: un thriller cruel como pocos, una historia sobre dos personajes que quieren escapar en la que ninguno está dispuesto a permitir que el otro lo consiga. Y, mientras tanto, nosotros les miramos.

Pablo López

Misery (1990, Estados Unidos)

Dirección: Rob Reiner / Guión: William Goldman, basado en la novela de Stephen King / Producción: Andrew Scheinman, Rob Reiner / Música: Marc Shaiman / Montaje: Robert Leighton / Fotografía: Barry Sonnenfeld / Diseño de producción: Norman Garwood / Reparto: James Caan, Kathy Bates, Richard Farnsworth, Frances Sternhagen, Lauren Bacall

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Un comentario en “MISERY

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