SITGES 2017: LO MÁS DECEPCIONANTE

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Continuamos nuestro recorrido por la programación del Festival de Sitges 2017, ahora con cuatro títulos a los que nos acercamos con interés (incluso excitación) y que han acabado resultando una sonora decepción. No son las películas más molestas del festival (esas ya las hemos comentado aquí), pero si las que más nos han roto el corazón.


GAME OF DEATH, de Sebastien Landry y Laurence Morais-Lagace

Maratón nocturna de la sección Midnight Xtreme, donde el cachondeo sangriento alcanza su máxima expresión. Nos disponemos a ver Game of death, película cuyo argumento promete una partida de un juego muy parecido a Jumanji (Joe Johnston, 1995) en el que un grupo de 7 jóvenes tiene que matar a 23 personas para evitar que exploten sus propias cabezas. La cosa empieza bien. O al menos todo lo bien que se puede esperar de una película sobre un juego de mesa que te revienta la cabeza a distancia. Personajes estúpidos y estereotipados, con cierta gracia, que comienzan a morir de manera absurda y divertida.

Pero pronto empiezan a aflorar las dudas existencialistas y una especie de denuncia a la superficialidad de los millenials a través de insertos de sus “Instagram stories”. Lo que iba a ser una gamberrada disfrutable se convierte en un intento de lección moralista sobre la banalización de la violencia que, además, prostituye la esencia de Asesinos natos (Oliver Stone, 1994) y la hace suya con una pareja de hermanos incestuosos. El protagonista se convierte en una copia de mercadillo de los personajes de Funny games (Michael Haneke, 1997), pretendiendo ser una especie de personificación de la violencia recreacional. Los directores se vienen arriba y, como traca final, la batalla entre los defensores de la decencia y los asesinos descerebrados tiene lugar tras una matanza en una residencia de enfermos terminales. La muerte número 23, la que termina el juego y les libera, depende de que asesinen o perdonen la vida a una niña de unos 8 años con cáncer terminal. Todo un culmen de la sutileza ética que provoca un monólogo interminable sobre el sentido de la vida, nuestro lugar en el mundo y bla bla… Me duermo.

En serio, Game of death, ¿qué me estás contando? Si quieres ser una peli chorra y entretenida sobre un juego de mesa revientacabezas, aprende de Beyond the Gates (Jackson Stewart, 2016). Si en cambio la intención era una reflexión sobre el exceso de la violencia en la sociedad actual y la insensibilización de las nuevas generaciones, también había ejemplos divertidos en esta edición de los que podrías tomar nota, como Tragedy Girls (Tyler MacIntyre). NON PLUS TURRA, por favor.

Fran Chico

CURVATURE, de Diego Hallivis

Desde que 2001: Una odisea del espacio (y posteriormente Blade Runner) demostrase que la ciencia-ficción era un terreno fecundo para la grandiosidad visual, el género se ha convertido en sinónimo de dinero. Mucho dinero. Quien pretende levantar hoy en día un proyecto de ciencia-ficción asume que va a necesitar un presupuesto generoso para poder alcanzar el musculo visual requerido. Sin embargo, siempre ha habido excepciones. En las últimas décadas, películas como Primer (2004) y Coherence (2013) han sido capaces de recuperar esa ciencia-ficción más íntima e intelectual que tanto se ha prodigado en la literatura y que, en el audiovisual, tuvo su referente en series de televisión como The Twilight Zone y Expediente X. Los trabajos de Shane Carruth y James Ward Byrkit demostraban que era posible suplir la falta de presupuesto a base de imaginación e inteligencia, hablando sobre vidas corrientes que se ven alteradas por sucesos científicos únicos.

En un principio, esos parecerían los referentes de Curvature, la cinta de Diego Hallivis sobre una mujer que poco después de perder a su marido descubre que este trabajaba en una máquina del tiempo. Sin embargo, la película toma rápidamente la dirección opuesta, tratando de construir un thriller de Hollywood con los discretos recursos con los que cuenta. El resultado es una absoluta contradicción: una película que intenta ser emocional lastrada por el pobre trabajo de sus actores principales (Lindsay Fonseca está especialmente perdida, incapaz de ofrecer otra emoción que no sea ira constante) y una fotografía que recurre a todos los clichés del manual de estilo de Instagram. Una película, también, que se pretende intelectual pero que se ve incapaz de sacarle partido a las posibilidades de los viajes en el tiempo, hasta el punto de que estos acaban por convertirse en un truco de guion en lugar de ser un elemento central del discurso (como sí ocurría en Primer y Coherence, donde la forma en que la ciencia desbarataba la vida y sacaba lo peor del ser humano era el foco y no una excusa). Y es que, en lugar de aceptar sus limitaciones y hacer de ellas una virtud, Curvature se empeña en ser muchas cosas: thriller psicológico, drama, ciencia-ficción para adultos e incluso película de acción. El resultado, por supuesto, es poco más que un cúmulo de lo peor de todos esos géneros. Un “quiero y no puedo” al que le sobran filtros fotográficos y le falta reflexión e imaginación.

Pablo López

 BIG FISH AND BEGONIA, de Liang Xuan y Zhang Chun

Según sus directores (Liang Xuan y Zhang Chun) la historia de Big Fish and Begonia surge del libro taoísta Zhuangzi y añade detalles de la recopilación de mitos Shan Hai Jing y de las leyendas de Soushen Ji. La película consigue cierto equilibrio condensando este cóctel mitológico pero también acaba provocando su principal defecto: el apelotonamiento. Poco de la sabiduría ancestral de estos trabajos se acaba pegando a Bigh Fish and Begonia, que se resiente de una hipertrofia que sintetiza perfectamente el dicho “caballo grande ande o no ande”. La película hace malabares con tramas intimistas, fantasía desatada, subtexto new age, mensajes naturalistas, viajes de transformación y, básicamente, todo lo que veinte películas de Ghibli han explorado por separado con éxito. Parece una olla a presión a la que se han arrojado elementos interesantes por separado, bajo la ingenua idea de que eso sería suficiente para hacerlos funcionar juntos.

Prácticamente todo el aspecto visual y narrativo se tambalea por ello. El diseño de producción está muy cuidado y presta especial atención al detalle, buscando crear un mundo hermoso y rico, pero el resultado es un pastiche orientalista que no termina de cuajar. Es evidente el énfasis en la fotografía, iluminación y textura, pero la animación mediocre echa a perder el tremendo trabajo alrededor. Aquí hay mucho más cuidado en crear un envoltorio vistoso que en capturar la vida o la belleza del movimiento. El mismo defecto envuelve a la narración, que crea mucho fuego de artificio para intentar disimular que no pasa demasiado. Drama, comedia y aventura se combinan con poca fortuna en un intento de no dejar a nadie fuera, consiguiendo todo lo contrario. En apenas noventa minutos se intenta desarrollar demasiado a través de una protagonista demasiado pasiva frente a unos conflictos que se resuelven solos. Debido a todo ello la historia es incapaz de dar nada más que argumento y sobredosis de diálogo, sin crear apenas atmósfera o desarrollo de personajes.

Pero incluso ignorando todo eso, la película tiene un último error fatal que la hunde: es extremadamente plana. Los directores han expresado su deseo de “realizar una película conmovedora que enseñe a los adolescentes el poder del amor y la fe”, pero el resultado muestra un manejo del drama muy elemental. Es incapaz de conmover a pesar de lo mucho que lo intenta. La cursilería y la ingenuidad confluyen en un festival de la lágrima fácil; literalmente, los personajes se tiran la película llorando, rompiendo cualquier efecto dramático. Desplegando todo lo que técnicamente debería ser drama, pero sin entender los mecanismos de la emoción. Esto hace que el público adulto (y adolescente) no pueda sacar nada del filme, y como película infantil resulta cargante, confusa y lenta. Todo esto deja a Big Fish and Begonia en una incómoda tierra de nadie. Es evidente lo muchísimo que quiere ser una película de Ghibli, pero el resultado es una fotocopia grandilocuente sin alma.

Antonio Serón

A GENTLE CREATURE, de Sergei Loznitsa

La protagonista de Krotkaya (A Gentle Creature), la última película del ucraniano Sergei Loznitsa, no tiene nombre y apenas voluntad. Tomada del cuento La sumisa, de Fiódor Dostoyevski, y despojada de toda su psicología, lo único que guía sus actos es el propósito inmutable y pasivo de enviar un paquete a su marido, que yace en una prisión rusa acusado de asesinato. Con el gesto inmutable de Vasilina Makovtseva, más una máscara que un rostro con músculos para el llanto o la sonrisa, se mueve como quien sabe que no tiene ninguna posibilidad de elección, firme e impasible en su búsqueda, imperturbable ante los golpes y degradaciones que encuentra por el camino.

Para hacerle llegar el paquete a su esposo, la protagonista tendrá que desplazarse a la ciudad donde se encuentra (o encontraba) preso. Allí, como en una fábula kafkiana, la remitirán de un lugar a otro sin que pueda acceder nunca al corazón de la cárcel. Se diría, más bien, que la ciudad entera, organizada en torno suya, es la prisión.  Sin nombre ni coordenadas geográficas o temporales, la ciudad parece una metáfora de nuestro mundo o de una Rusia totalitaria que en la película parece intemporal. Si no fuera por la irrupción ocasional de un teléfono móvil cabría pensar que estamos en la Rusia de Brézhnev.

Bajo los abusos de poder oficial, los humillados y ofendidos de la ciudad construyen réplicas totalitarias: prosperan las mafias, los abusos de los avispados y la falta absoluta de esperanza. Para Loznitsa no hay apenas diferencia entre unos y otros. Al final de la película, todos los miembros de esta colonia penitenciaria se sentarán comer a la misma mesa en un banquete onírico en el corazón de la ciudad. Ricos y pobres, poderosos y mezquinos, en A Gentle Creature todos comparten la misma miseria y la misma culpa: la naturaleza del ser humano o, tal vez, del ser ruso.

A pesar de los cambios respecto de la novela de Dostoyevski, Loznitsa recupera aquella búsqueda del alma rusa y la exploración del sufrimiento de sus gentes que caracterizó a la literatura del siglo diecinueve. Pero esta vez el único propósito de la búsqueda de aquella gentle creature parece ser el resentimiento nacional y la misantropía.

Alberto Hernando
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