SITGES 2017: LO MEJOR

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Aquí está la traca final. El quinto de los textos sobre Sitges 2017 está dedicado a las cuatro películas del festival que nos han parecido más notables. Junto con las sorpresas (que podéis descubrir aquí), estas son las películas que, por sí solas, justifican los madrugones, las colas y los comidas a deshora. Con ellas nos despedimos. Hasta 2018.


BRAWL IN CELL BLOCK 99, de S. Craig Zahler

Craig Zahler se consagra con su segunda película (la primera fue la espectacular Bone Tomahawk de 2015) como un director a tener muy en cuenta, tomando los tics posmodernistas de renovación del grindhouse de nombres como Quentin Tarantino, Edgar Wright o Rob Zombie. En Brawl in Cell Block 99 estamos ante un drama carcelario que coge elementos del cine de artes marciales, del splatter (alguno la comparaba en el festival con la marciana Historia de Ricky –Lam Ngai Kai, 1991–), de las películas nazisploitation (si le quitamos el componente sexual) y los vigilante films en las que un hombre se toma la justicia por su mano en busca de venganza.

Un imponente Vince Vaughn, cada vez más comprometido con abrir su abanico interpretativo más allá de las comedias románticas, es el encargado de protagonizar esta escalada de violencia que funciona casi como un videojuego, con niveles de dificultad ascendente según vamos cambiando el escenario y “jefes finales” (entre ellos, nombres tan míticos como Don Johnson o Udo Kier). Y, como en los videojuegos más clásicos del corte de Super Mario Bros. o Donkey Kong, todo por rescatar a su “princesa”, su mujer secuestrada por un capo del cártel colombiano.

Pero detrás de toda esa hiperviolencia se esconden temas tan profundos como la corrupción del sistema carcelario, el derrumbe y la oscura trastienda del sueño americano y, sobre todo, una llamada a la rebelión activa frente a los problemas. Ya sabes, si quieres que algo se haga bien, debes hacerlo tú mismo. Aunque sea restregando caras contra el pavimento con la suela de tu bota.

Fran Chico

HAGAZUSSA, de Lukas Feigelfeld

Hagazussa es, probablemente, una de las películas más exigentes de toda la programación de Sitges 2017. Su ritmo lento, en ocasiones incluso moroso, la escasa trama, parcos diálogos y atmosfera asfixiante la alejan del cine de género de espíritu más lúdico. Sin embargo, si se conecta con su propuesta, puede ser también uno de los títulos del festival que más huella dejen.

La historia es sencilla: el estilo de vida de una joven que vive en los Alpes alemanes durante el siglo XV es percibido por los lugareños como el propio de una bruja, lo que les lleva a aislarla y acosarla. El director, Lukas Feigelfeld, narra la historia manteniéndose estrictamente en el punto de vista de la joven, que va poco a poco sumiéndose en la desesperanza y, finalmente, en la locura. O en las artes de la brujería, según se mire. Esta ambigüedad es una de las mejores cosas del filme, pero no la única. El trabajo con el punto de vista permite a Feigelfeld construir una historia de terror en la que la fuerza desestabilizadora es el oscurantismo medieval, el fanatismo cristiano de un grupo de gente que desprecia todo aquello que no se encuentra dentro de sus estrechas miras. Aleksandra Cwen, la actriz protagonista, consigue sostener con su presencia todas y cada una de las secuencias en las que aparece (o sea, todas), llevándonos por un tour de forcé en el que sentimos su inocencia, su soledad, su deseo de calor y su desesperación, sumergiéndonos con ella en aguas cada vez más profundas de las que, intuimos, no hay salida posible.

El trabajo interpretativo está arropado por un fascinante apartado visual y sonoro: el trabajo de cámara y fotografía es capaz de ir de lo más austero a lo más barroco, saltando de la miseria del mundo exterior a la riqueza (y la locura) del mundo interior de la joven sin que la película patine en ningún momento. Es muy interesante observar, por ejemplo, cómo la exuberancia de la naturaleza (símbolo del paganismo al que representa la protagonista) funciona en ocasiones como elemento liberador y en otras como represor mediante un inteligente uso de los colores y la luz. Al mismo tiempo, el trabajo sonoro juega a enriquecer los momentos más extremos de la película (el fascinante viaje lisérgico de la joven, donde cada sonido está sutilmente acentuado) mientras la música, apenas unas pocas notas sostenidas, se encargan de construir la opresiva atmósfera de la que hace gala Hagazussa.

Es muy probable que muchos espectadores de la película se sientan rechazados por su propuesta. Como muchas otras películas que favorecen la construcción del drama a través de la atmósfera en lugar de la trama, Hagazussa es un filme visceral y polarizante. Uno conecta con ella o no, y ambas opciones son igual de lícitas. Sin embargo, merece la pena intentarlo, verla como la historia de una joven que trata desesperadamente de vivir (y no solo sobrevivir) en un mundo que la rechaza. Desde ese punto de vista, la película de Feigelfeld se convierte en un artefacto fascinante.

Pablo López

NIGHT IS SHORT, WALK ON GIRL, de Masaaki Yuasa

Night is Short, Walk on Girl es la segunda adaptación que Masaaki Yuasa hace de una novela de Tomihiko Morimi, autor especializado en retratar al young adult japonés contemporáneo desde el surrealismo y el humor. No es extraño que, tras The Tatami Galaxy (2010), Yuasa vuelva a encontrar en la obra de Morimi un campo de juego perfecto para su experimentación formal y a su estilo extravagante y desenfadado.

Bajo una premisa tan sencilla como una chica pasando una noche de borrachera y un chico que no se atreve a declararse, el director construye una película embriagada de locura que, básicamente, es una cogorza salvaje en la que todas sus filias vuelan libres. Pocas veces la clásica estructura “chico conoce chica” se ha desplegado con tanta imaginación. Yuasa hace, literalmente, lo que le da la gana en una estructura en la que cualquier cosa puede pasar, llena de situaciones absurdas y personajes tiernos y chalados. La película es una travesía de locura y aventura a través de la noche de Kyoto y, a la vez, un viaje interno hiperbólico, escenificado en un tramo final de puro exceso que, a pesar de su histerismo consigue resultar intimista y sólido. Esta aproximación deja ramalazos de creatividad desbordante, aunque en ocasiones corra el riesgo de sobrecargar.

Durante su carrera. Yuasa ha demostrado ser un maestro de la fluidez y la plasticidad, aspectos que en esta ocasión alcanzan el paroxismo. El dibujo es un deleite de hiper-perspectiva y frenetismo que combina estilo clásico y técnica 3D, preocupándose más por transmitir emociones primarias que en ocultar su evidente contraste. La explosión de color y recursos expresivos consiguen un contraste de estados alterados en constante contraposición; a caballo entre la euforia nocturna y la melancolía. Bajo un discurso sencillo de valentía y aceptación, la película plantea reflexiones sobre la noche, la borrachera como herramienta liberadora de lo reprimido y, sobre todo, sobre la sociedad japonesa. Desde la posmodernidad, transmite un retrato agudo sobre el joven japonés actual, anhelante de expresar sentimientos, pero sometido por una tradición férrea de represión; un autocontrol que la película rompe de todas las formas posibles con alegría y descaro.

Night is Short, Walk on Girl puede atragantarse en su torrente de emoción sin filtro y en su excentricidad. Pero es raro encontrar películas que consigan capturar estados emocionales de un modo tan puro y concentrado. Más raro aún es encontrar fantasías adolescentes que combinen tan bien efervescencia y profundidad. El último trabajo de Yuasa no solo es una gran película, es una de las más interesantes que ha dado la industria japonesa en la última década.

Antonio Serón

BEFORE WE VANISH (Sanpo suru shinryakusha), de Kiyoshi Kurosawa

Mi momento favorito de mi película favorita de Sitges 2017 tiene lugar en una iglesia católica y aun no tengo claro de si se trata de una gamberrada o una cursilería. Tras una larga crisis de pareja, Shinji y Narumi vuelven a estar bien juntos. Shinji, interpretado por Ryûhei Matsuda, desapareció hace unos días para regresar completamente transformado. Basta mirar los andares desnortados de Matsuda para darse cuenta de hasta qué punto parece otra persona a como nos dan a entender que era antes. Ahora dedica toda su atención a Narumi (Masami Nagasawa) y parece vulnerable y perdido como un recién nacido. Es como si hubiese sido abducido, aunque en realidad el alienígena es él y, a la manera de La invasión de los ladrones de cuerpos (Don Siegel, 1956), está preparando junto a otros dos alienígenas la conquista de la Tierra. Pero el cuerpo de Shinji parece algo más que una vaina vacía y leer sus sentimientos e identidad resulta mucho más estimulante y complicado.

La misión de Shinji y los otros invasores es aprender acerca de la humanidad. Para ello deben robar los conceptos de los humanos dejándoles en el olvido. Resulta así especialmente triste cuando Shinji, antaño un marido infiel, toma el concepto de “familia” de la hermana de su mujer.  O cómico cuando hace lo mismo con el concepto de “propiedad” de un vecino que no le quiere dejar entrar en casa. Y un poco ambas cosas cuando toma el concepto de “yo”. Y es que, además de un caramelo para los aficionados a la filosofía del lenguaje o las disquisiciones acerca de la identidad personal, Before We Vanish es una complicada mezcla de ciencia ficción, cotidianidad, melodrama y comedia.

En la escena de la iglesia, Shinji entra atraído por un cartel que promete enseñar el significado del amor. Allí se encuentra con un coro de niños, en la edad de gritar puaj cuando ven un beso, cantando sobre tan noble sentimiento y comienza a hacerles preguntas. La cámara busca encuadrar a un niño a quien robar el concepto, pero Shinji se hace un lío y termina dirigiendo sus preguntas al cura. El sacerdote católico le explica entonces todo lo que un extraterrestre o un cura necesitaría saber acerca del amor y Shinji vuelve con su mujer sin haberle arrebatado el concepto: “no lo entiendo”, “es demasiado complicado”, creo que dice, con el mismo tono de un alumno a su maestra. A partir de esta escena, la película gira hacia los territorios y el conflicto que podéis imaginaros, lo que para algunos (que debieron de tomarse demasiado en serio el discurso del sacerdote) fue una solución demasiado fácil. También es posible que otros se diviertan tomándose la escena y el film como una burla, pero tampoco sería justo y sí demasiado encallecido para el  emotivo e ingenuo final.

Lo que me fascina de esta escena es que está rodada sin ironía. Tiene el mismo dispositivo plano y el mismo tono alienado y desapegado de todas y cada una de las demás escenas, ya sean de muerte, amor, comedia, drama o violencia. El resultado es complejo y marciano. Muy inteligente y en consonancia con la película, pues permanece pese a todo un sentimiento y una humanidad muy viva en sus imágenes; así como algo de Shinji continúa inextinguible en el ultracuerpo. Y uno termina buscando aquello que permanece de lo humano cuando le arrebatas los conceptos y el tono se vuelve indiferenciado y extraño. No sé si esto convierte Before We Vanish en una tomadura de pelo o en una genialidad, pero merece la pena comprobarlo.

Alberto Hernando
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