TUNO NEGRO

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Cartas marcadas

Es curioso, pero una ciudad tan cinéfila y cinematográfica como Salamanca consiguió sus grandes titulares en la prensa cuando apareció por allí en 2007 un británico llamado Pete Travis (sic) para rodar una película (sic) que se llamaba En el punto de mira. Era un largometraje de acción que fagocitaba los códigos y los modos narrativos de la serie 24 (sí, donde Kiefer Sutherland salía en cada plano) y que muy poca gente habrá visto, pero que tenía en su reparto a William Hurt, Sigourney Weaver, Dennis Quaid o Forrest Whitaker. Tampoco estuvieron mucho por la ciudad, quizá apareció alguno a rodar un plano de recurso, porque la gran escena, cuando volaba por los aires la Plaza Mayor, se hizo en posproducción. Y sin oler a pólvora. Desde un estudio de L.A. y con una maqueta.

Pero este artículo está dedicado a Tuno negro, otra película rodada en Salamanca justo siete años antes. Y que también causó un gran revuelo en la ciudad, porque, de repente, aparecieron en esa pequeña ciudad a orillas del Tormes -supuesto escenario de La Celestina y corroborado lugar de nacimiento de El Lazarillo escrito por un anónimo- Maribel Verdú, Jorge Sanz, Fele Martínez, Eusebio Poncela o Silke. Un alboroto para un lugar de provincias.

‘Tuno negro’ (Pedro L. Barbero, 2001)

No era la primera vez que Salamanca mutaba en plató cinematográfico. Ni mucho menos. En 1991 Sigourney Weaver y Gerard Depardieu ya estuvieron allí, dentro de la catedral, para rodar junto a Ridley Scott 1492: La conquista del paraíso. Otro acontecimiento en la pequeña ciudad castellana. Pero es que mucho antes, en 1959, se rodó en Salamanca Nueve cartas a Berta, de Basilio Martín Patino. Y antes, cuatro años antes, su director impulsó (como lo había hecho en el seminal Cine-Club Universitario) las Conversaciones de Salamanca. Lugar de encuentro para los directores que (para bien) impulsaron el Nuevo Cine Español (NCE). Por allí aparecieron Berlanga, Saura, Borau, Picazo, Camus y pusieron sobre la mesa una cuestión: el entretenimiento está bien, pero se necesita que el cine lleve otra carga de profundidad. Social o no. Y, tras decirlo, salieron disparados a contárselo a todos los festivales de toda Europa que estaban deseando escucharlos. Dolía la dictadura dentro, gustaba escuchar los lamentos fuera. Menos mal.

‘Nueve cartas a Berta’ (Basilio Martín Patino, 1966)

En el verano de 2017 nos dejó el maestro Patino. Por eso no está de más recorrer otra vez esas calles vestidos de tuno. Y siendo estudiantes.

Este artículo, la propuesta que me hizo la redacción de ‘Revista Mutaciones’, consistía en escribir a propósito de Tuno negro. La película de Pedro L. Barbero y Vicente J. Martín en la que un asesino en serie iba liquidando a los alumnos de la Universidad de Salamanca menos aplicados, castigando su pereza a la hora de estudiar. El análisis podría haber servido para proyectar digresiones (palabra muy cinéfila en la actualidad) sobre el ‘slasher’ español, o para conectar la película con la obra de Jordi Grau, de Jesús Franco, de Armando de Ossorio, o también para citar a Dario Argento o Fulci. Probablemente para reivindicarla como la auténtica joya ‘trash’ que de manera involuntaria es y contar alguna curiosidad sobre aquella musa generacional que fue Silke (Tierra, para que nadie busque en Google). Lo que hubiera sido maravilloso, por otra parte. Tuno negro está ahí, pero Salamanca va a ser siempre el ‘territorio Patino’. Donde el estudiante envió las nueve cartas a Berta, donde había un paraíso perdido, retablos casi de las maravillas, torerillos… Rancia, hermosa, como tallada en piedra de Villamayor, como capturada en un ‘stories’ de Instagram cinco décadas antes de que existiera la aplicación. Dolorosa y curativa al mismo tiempo. Un lugar que Patino reconstruía en forma de documental-ficción, en vídeo, en instalaciones, en películas, en textos o verbalizaba cada vez que le daban voz.

Aunque abandonó momentáneamente su ciudad para centrarse en esa trilogía inabarcable, e insondable, que conforman Queridísimos verdugos, Canciones para después de una guerra y Caudillo. Y para convertirse en el cineasta de Madrid, exiliado de su tierra natal. A la que volvió en 2001 para rodar Octavia, su último film de ficción. Su despedida del cine de texto. Su última aportación a la memoria palpitante de una ciudad a la que dedicó una hermosa y compleja carta de despedida. Cine necesario. Como necesitamos todavía a ese tuno negro (infiltrado, radical, contestario) que siempre fue Basilio Martín Patino.

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