ENTREVISTA A ZOE BERRIATÚA

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La vida de Zoe Berriatúa, nacido en 1978, gira en torno al cine. Hijo de una familia de cineastas, historiadores y coleccionistas, empezó a trabajar como actor en series de televisión cuando solo tenía diez años y, desde entonces, no se ha separado del audiovisual. Tras una exitosa carrera como cortometrajista, Zoe consiguió, respaldado por Álex de la Iglesia, dar el salto al largometraje con Los héroes del mal (2015). Ahora, aprovechando el inicio del rodaje de En las estrellas, su segunda película, nos sentamos con él para charlar sobre su obra.

Muchos de tus trabajos hablan de relaciones que se desintegran. ¿Te interesan más los finales que los principios? Sí, tanto en una película como en las historias. Cuando termina una pareja haces un recuento para ver de qué ha servido todo. A lo mejor has sacado hijos, a lo mejor solo has sacado problemas, o unos cuantos polvos divertidos y unas cuantas postales bonitas.

Te interesan los recuerdos, también. Me interesa mucho la melancolía… Yo soy una persona profundamente melancólica y tengo un especial apego a la fantasmagoría…. Tanto Epílogo (2008) como Quédate conmigo (2010) son historias de fantasmas, de fantasmas del pasado, de lo que pudo ser, de la belleza de la melancolía.

El último plano

Dos de tus cortos –Quédate conmigo y El último plano (2013)- comparten muchas ideas, pero con un tono muy diferente: el primero es más furioso, lleno de mala leche, mientras que el segundo parece más sereno, más contenido. ¿Querías revisar lo que habías contado o los ves como visiones complementarias? Siempre son revisiones. Todo lo que he hecho tiene que ver con personajes que se dan cuenta de que son unos imbéciles y que lo están haciendo todo mal, o personajes que se dejan arrastrar por su pasado, por sus fantasmas. Me gusta enseñarle al espectador qué pasa si te metes en ese agujero negro horrible, porque me asfixian las películas triunfantes y el discurso positivista que veo a mi alrededor.

Los héroes del mal

Los cambios de tono que se ven en Quédate conmigo y El último plano son algo común en tu trabajo. Por ejemplo, Los héroes del mal empieza siendo una mirada entre irónica y tierna a la adolescencia para, poco a poco, ir transformándose en un thriller psicológico. ¿Qué es lo que te atrae tanto de ellos? Los cambios de tono son muy peligrosos. Una productora, amiga mía, decía que destruyen los guiones. Yo, sin embargo, tengo una tendencia brutal al cambio de tono. Los adoro porque los observo en nuestras vidas todo el tiempo, de repente, lo que empieza en risas acaba en drama en un momento. El hecho de que no lo veas venir y esos cambios de tono sean bruscos creo que le da fuerza al conflicto. Me parece un viaje mucho más rico, más interesante y más complejo, como lo es la vida. Creo que esa idea de que una película tiene que mantenerse encorsetada en un tono y un género es algo naif, algo que dentro de unos años será cosa del pasado. Igual que ahora vemos en el cine mudo cosas que nos parecen ingenuas.

Cambiando de tercio, The Thing in the Corner, el corto de animación que dirigiste en 2011, tiene una estética muy particular que recuerda a los trabajos de Terry Gilliam pero también a la animación de Europa Central o del Este, como las películas de Jan Svankmajer. ¿Con qué referentes trabajaste? The Thing in the Corner es una versión de muchas cosas que he visto. En concreto, en las ilustraciones, me ha influido mucho Bruno Bozzetto con Allegro non troppo, por ejemplo. Me ha influido mucho un tipo de cine animación que era cine en sí mismo, no necesariamente cine para niños. Ese es el gran, enorme, problema que veo ahora mismo en el cine de animación comercial. Películas como Heavy Metal, un cine adulto como el de Ralph Bakshi o para amantes de la animación, como el que hacían Bruno Bozzetto, Yuri Norshtein o Jiri Barta… ya no lo veo. Obviamente, el cine de animación para adultos sigue existiendo, cosas como Anomalisa, pero para mí se ha perdido toda una corriente de animación que tenía valor por sí misma, por encima del yugo del cine infantil. Mi corto pretendía ser eso… Es un corto blanco, lo pueden ver todos los públicos, pero no es un corto para niños. La mejor lectura del corto probablemente la hará un adulto. Ese es el cine de animación que a mí me gustaría hacer.

The Thing in the Corner

Tienes un corto de animación, has trabajado con varias texturas de digital… ¿Te interesa experimentar con diferentes técnicas o las eliges en base a la historia que estás contando? Cuando escribo una historia trato de incluir todos los juguetes que me gustan. Escribo ad hoc para incluir toda esa clase de universos que a mí me gustan. Me hablabas antes de Terry Gilliam, él hace una animación que no es manierista, donde lo importante es el diseño y el concepto, no el acabado. Precisamente, yo amo El señor de los anillos de Ralph Bakshi, a pesar de que está profundamente despreciada, porque la gente ve que no está acabada… Pero, cuando yo la veo, lo que veo son las intenciones y toda la complejísima concepción dramática de la película, que es una cosa insólita. Los colores son profundamente expresionistas, los fondos cambian de color sin explicación cuando el dramatismo lo requiere. Las batallas son rojas, de un rojo intenso que destruye por completo cualquier tipo de lógica. En los momentos de los orcos está todo teñido de verde y, cuando aparecen los jinetes negros, desaparecen los fondos y todo se convierte en una amalgama pesadillesca de rayas y nubes azuladas. Es una película donde lo importante son las ideas, no el acabado final. A mí me da igual que se note el 3D o la rotoscopia, lo que me importa es cómo esas ideas están construyendo el drama y penetrando en el inconsciente del espectador a través de un lenguaje artístico.

Otra constante de tu trabajo, ahora que hablamos de materiales y técnicas, es que tiendes a utilizar música preexistente… Sí, para mí es maravilloso poder aprovechar el talento de una obra que ya existe, que tiene sus ritmos, sus tiempos, su tono. Lo que hago es escribir un tratamiento de la película, una primera versión y, sobre esos bocetos o incluso ya desde la primera idea, voy eligiendo la música. Luego voy escribiendo y ritmando los diálogos para que coincidan. En las estrellas, por ejemplo, va a tener dos partes, realidad y fantasía, y la parte de la realidad tendrá música compuesta ad hoc, como todas las películas, pero la parte fantástica está escrita en función a música preexistente. Quiero que tenga una imagen de musical, como las películas de Karel Zeman. Me parece una tremenda barbaridad lo que está ocurriendo en el cine, sobre todo en el cine masivo norteamericano, donde muchas veces los directores cogen piezas de referencia, montan con ellas y luego le piden al compositor que haga otra cosa. Este se ve obligado a componer algo que encaje con una música que no es la suya y, por supuesto, el resultado es un bodrio. No tiene ningún sentido: la música y la imagen tienen que ir de la mano. Yo aspiro a no cerrar un montaje sin haber escuchado la música, y disfruto enormemente de trabajar dándole ese valor a la música.

Quédate conmigo

En muchos de tus trabajos introduces elementos de cine de género (el fantástico en Quédate conmigo y El último plano, el thriller en Los héroes del mal), pero siempre de una forma muy personal. ¿Qué es lo que te interesa de los códigos del género y con qué intención los usas? Disfruto muchísimo con el cine fantástico. Creo que es el acto más genuino del hombre respecto a la creación cinematográfica. La imaginación es el poder que hace que el hombre proyecte sus ideas y las convierta en una realidad sensible. Esta imaginación, esta fantasía, me parece que es lo más valioso del ser humano. Por eso me fascina, y sirve para inocularle al espectador conceptos que, de otra forma, no aceptaría en crudo. De ahí que sea mucho más potente, porque no te lo ves venir. No tienes una protección frente a esa verdad. Por eso, con cada película trato de acercarme más al fantástico. En las estrellas va a tener una buena parte de fantasía, partes de stop-motion, incluso una de dibujos animados. En Los héroes del mal también había una parte de fantasía, pero la recorte por una cuestión de unidad y por no suicidarme del todo con mi primera película. Decidí dejarla en algo mucho más homogéneo, con menos cambios de tono, más asequible para el espectador.

Guillermo del Toro me dijo una vez que España no era el mejor país para el género. ¿Cómo ves tú la industria hoy en día? Efectivamente, España es un lugar muy difícil para la fantasía. Yo creo que si Terry Gilliam hubiera nacido en España estaría haciendo corporativos. En mi caso, si no llega a ser porque Álex de la Iglesia apareció un día en una proyección de cortos y vio Quédate conmigo, seguramente no estaría dirigiendo esta segunda película y nadie habría ido a ver Los héroes del mal. Pero, si tenemos un mundo globalizado con producciones de enorme presupuesto que están llenas de lugares comunes, el público irá tendiendo a buscar ese cine donde exista el riesgo, donde estarán las nuevas ideas. Y, una vez más, el cine más comercial recurrirá a ese cine independiente para nutrirse. Es un equilibrio que siempre va a existir, siempre habrá un hueco para hacer las películas que queremos. Aunque tengamos que rompernos la crisma para conseguir hacerlo.  

 

Pablo López

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