MÁRGENES 2017: ZAMA (CLAUSURA)

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Colonialismo encarnado

Un nativo acusado de un delito no especificado es interrogado y puesto en libertad en los primeros momentos de Zama. Sin intención de marcharse ni de confesar el crimen por el que está retenido, la falta de pruebas hace que la justicia colonial libere a este hombre del que no se llega a ver el rostro. Una vez que la cámara le deja fuera de plano, sale corriendo para impactar contra un muro, y el golpe produce un estruendo mientras le miran atónitos los allí presentes. Su voz dialoga con los ojos de este tribunal blanco que ansía un testimonio que le inculpe, y ahí es cuando llega la verdadera confesión: “Hay un pez que pasa la vida en vaivén luchando para que el agua no le eche fuera, porque el agua le rechaza. El agua no le quiere”. En tan solo unos minutos, Lucrecia Martel esgrime todos los elementos  estilísticos con que construye Zama, en una síntesis que culmina con la declaración de este condenado, anticipando el destino de don Diego de Zama. Basada en la novela homónima de Antonio Di Benedetto, esta adaptación supone la incursión en el cine de época de una cineasta que había hecho de los dormitorios de mujeres de clase media contemporánea su lugar de exploración de la condición humana. Sin abandonar la irrupción en la intimidad de sus personajes, no necesita las cuatro paredes para mostrar la reclusión en la que vive su protagonista: un funcionario de la corona española asentado en Asunción a la espera de un traslado a la ciudad.

Don Diego de Zama espera. En la orilla de una playa otea el horizonte con desgana. Así es como Martel comienza su último largometraje, con un plano fijo que muestra a un hombre a la espera (no un hombre cualquiera, un oficial, un colono) mientras, detrás, unos cuantos nativos caminan y se mueven por el lugar, atendiendo sus ocupaciones. El extrañamiento, instaurado desde el primer fotograma, marcará el tono de la cinta y del sinsentido que vive don Diego. Observar se convierte en la principal actividad de este funcionario que pasa de la mirada perdida a la fijación voyerista. Ni el tiempo, ni el espacio: el verdadero objeto de análisis del film es lo que rodea al protagonista y filtra su mirada. Con una puesta en escena que intensifica los sonidos (hipersonoridad), las imágenes se ahogan entre voces que recorren el espacio a la vez que atraviesan a don Diego. Al igual que en el resto de su filmografía, el sonido se convierte en un excelente transmisor de emociones, asemejando las atribulaciones del alma con la variabilidad de ruidos, ritmos y melodías que cuesta aislar de lo visible: la frustración se incrementa siguiendo el compás de la armonía propia del espacio (vital).

Al igual que el pez en lucha con el mar, don Diego batalla contra su propia persona. Entre desconciertos, desplantes y demás vejaciones, no hay esperanza para un hombre encallado, sin posibilidad de escapar en busca de oportunidades o esperanzas. Teñido de rojo, con la fuerza visual de unas imágenes encarnadas tan bellas como sublimes, que dan paso a la concesión de los deseos más profundos que habitan el film, y que sitúan al espectador ante la incómoda verdad que radiografía la cinta. Zama se convierte en el desciframiento progresivo de una inexplicable existencia: el absurdo colonialismo, la burocracia institucional y la falta de motivaciones personales ante la ausencia de horizonte.


Zama (Argentina, España, Francia…, 2017)

Dirección: Lucrecia Martel Guion: Lucrecia Martel (Novela: Antonio Di Benedetto)Producción: Vânia Catani, Benjamín Doménech, Santiago Gallelli, Matias Roveda para Bananeira Filmes, CNC, Canana y más / Fotografía: Rui Poças / Edición: Karen Harley y Miguel Schverdfinger / Diseño de producción: Dan Hennah, Ra Vincent / Reparto: Daniel Giménez Cacho, Matheus Nachtergaele, Juan Minujín, Lola Dueñas, Rafael Spregelburd, Daniel Veronese, Vando Villamil

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