DOCUMENTAMADRID 2017: COMPETICIÓN INTERNACIONAL DE CORTOMETRAJE

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El paso común de todo

Tiempo. Solo tiempo. Lo que provoca el desgaste de todo lo que nos rodea. Un punto común a tres cortometrajes vistos en esta sesión del festival. Los cineastas responsables de los mismos tratan de encontrar el reverso trágico, reflexivo e incluso cómico a este desgaste temporal en Dream Box  (2017) -Imagen de cabecera de está entrada-, de Jeroen van der Stock, La estación del silencio (2016) de Tizian Büchi y Anciana con aguja (2016) de Elodie Ferré.

Dream Box es un cortometraje belga ambientado en un centro japonés de internamiento animal. Reflexiona sobre la relación hombre-naturaleza y, en su inicio, la cámara se mete de lleno en un bosque japonés. El silencio impregna todos los primeros minutos que acontecen al posterior ruido de humanidad al trasladar la acción a la perrera. Los animales son proscritos escondidos en ese particular Bosque de Sherwood japonés y, al ser capturados, tienen que someterse a la justicia humana. Una justicia que interviene quirúrgicamente (y fuera de campo) sobre ellos, que los atrinchera entre cuatro paredes y un plato de pienso y que finalmente los ejecuta de la forma más “humana”, con corredor de la muerte incluido y, esta vez sí, con imágenes explícitas de su inhalación de gas venenoso.

La estación del silencio es puro costumbrismo. Costumbrismo que con pena se observa como va muriendo. Este cortometraje francés nos sitúa en La Côte-aux-Fées, un pueblecito alpino suizo cuya economía se sostiene con las pistas de esquí y demás oficios del sector primario. Viejos son sus habitantes y sus inviernos, silenciosos y provocadores de viajes espirituales por sus blancos terrenos. La puesta en escena obedece a estos sentimientos solemnes, donde solo escuchamos música en su desenlace, con el tradicional folklore de esta villa profundamente especial.

Una dicharachera viejecita teje y su nieta graba. Premisa más que simple para un laborioso monólogo cómico en el cortometraje francés; Anciana con aguja. Un solo plano fijo en el que el entrañable personaje principal habla de la sociedad, la vida y, ¡cómo no!, el paso del tiempo. La viejecita se permite incluso corregir las labores de dirección de su nieta, provocando, con un refinado punto de humor, la demostración de la sabiduría adquirida con el paso de los años.

Los distintos alegatos pueden ser ecologistas, tradicionales y familiares. El tiempo los hace iguales, a la vez que nos hace iguales a absolutamente todos.

Carlos Rodríguez

La huella en foco

A Gis

Tres propuestas distintas que convergen en señalar a la huella como verdadero elemento protagónico. Eclipse senza cielo (2016) del italiano Schirinzi, A Gis (2016) del brasileño Thiago Cavalhaes y Batería (2016) del cubano Damián Sáinz son aproximaciones a vidas y experiencias personales cuyo enfoque se muestra esquivo a la mitificación que propicia el trabajar en un caso de forma individualizada. Por el contrario, estos tres cortometrajistas más bien muestran, escarban y rodean para dotar de sentido al proceso, a la ausencia y a ese espacio de resistencia que parte de individuos situados frente a la norma social.

Eclipse senza cielo ahonda en el ejercicio y ejecución de algunas de las obras artísticas del pintor y escultor Romano Sambati en su taller. En un espacio de trabajo donde la cámara indaga, en primera instancia, en la corporeidad del proceso de creación, en la superficie del lienzo y en las texturas y técnicas de un artista quien, en prolongado silencio, moldea, raspa, aplica calor, espera y retuerce los materiales hasta insuflar de nuevos significados a su artesano trabajo formal. En paralelo, Schirinzi, propone el salto de filmar esas formas con oscurantismo, mediante una especie de juego tenebroso y metacinematográfico de luces y sombras. Todo ello suspendido en una banda musical de rotunda pulsión o de golpe que abre un mundo de posibilidades audiovisuales hacia el poder sugestivo de la abstracción.

Después, una balada, la de Gisberta. Esta pieza musical de Maria Bethânia es la que impulsa definitivamente a Thiago Carvalhaes a crear A Gis, película premiada con la Mención Especial a Mejor Cortometraje del festival. Tratándose de un hecho despiadado y atroz como el asesinato de una mujer transexual a manos de un grupo de adolescentes en Portugal, su efectividad está en conformar mediante fotos, recortes, un mapa,  una voz en off (la que representa la sombra de Gisberta) y contando con apenas los testimonios de sus padres, un relato formal y narrativo que refleja ese germen social de rechazo y crueldad conocido como transfobia.

Con Bateria, la experiencia pasa por dotar de valor humano a un espacio-tabú, una fortaleza militar histórica que sirve como lugar de cruising en Cuba. Su director recorre el lugar deteniéndose en las pintadas como si de pinturas rupestres se tratara, al tiempo que se escuchan las voces de los entrevistados en off. Cada uno de ellos otorga bagaje al lugar, pues de eso se trata, de la huella, del poso complejo de historias entremezcladas desde ese vestigio militar que ahora va en busca de lo utópico.

Bea Planas

Humanismo realista y realismo humanista

En la boca

En el festival se pudieron ver los cortometrajes Greetings from Aleppo (2017), de Thomas Vroege y Floor van der Meulen, En la boca (2016), de Matteo Gariglio, y Mano de obra (2016), de Loukianos Moshonas. El ser humano como centro sagrado y único receptor de derechos sociales y derechos humanos y su estigmatización en la llamada lucha de clases son los temas que los tres cortos tratan con verdadero realismo. La puesta en escena que desarrollan los dos primeros intensifica este realismo y, especialmente en En la boca, otorga dramatismo y buen ejercicio cinematográfico.

Este realismo es total en el cortometraje neerlandés Greetings from Aleppo. Los directores Thomas Vroege y Floor van der Meulen cogen na serie de grabaciones filmadas por el fotógrafo Issa Touma y las montan para mostrar ese realismo que, en este caso, es el que refleja la grave situación de guerra en Siria. Las diferentes desgracias contempladas en el corto no consiguen combinarse de forma suficientemente correcta, ya que no dan muestra de relato dramático en ningún caso. Las secuencias son de videoaficionado y se lamenta que lleguen a dar tanta sensación chapucera como la de cualquier usuario que haga vídeos aleatorios con su i-phone en Aleppo.

En la boca sale vencedora al saber utilizar su complicada puesta en escena natural. El cortometraje se adentra en los barrios bajos de Buenos Aires, aquellos cercanos al estadio del importante equipo de fútbol Boca Juniors. Es como si un episodio de cualquiera de los realities al estilo Callejeros hubiese sido dirigido por un cineasta profesional. La miseria y el realismo social que muestra se encuentran perfectamente orquestados en el interior de una chabola donde toda una familia disfuncional desarrolla su supervivencia sin coreografías y sin que la cámara tenga que valerse de estas para desarrollar un arco dramático en su narración. Una supervivencia vendiendo entradas falsas para los partidos de esa religión común a todas las clases sociales como es el fútbol moderno.

Son las clases sociales las que aparecen bien delimitadas en Mano de obra. La falsa sensibilidad de las clases sociales ante los problemas del mundo reflejados en la reforma de un piso y en charlas nocturnas de amiguetes. Al amo ya no le pueden llamar amo y al siervo ya no le pueden llamar siervo pero esa desaparición nominal no implica ni por asomo una desaparición real entre los nuevos y actuales amos y siervos. El montaje intercala las secuencias de la reforma con las de las charlas, creando esa doble sensación de ser uno mismo en ambas situaciones, el que da órdenes en una parte de su conciencia y el que pide la justicia en el mundo en la otra. El angelito y el demonio de la conciencia, sabiendo que es el demonio el que abarca más del 50 % de la misma.

Carlos Rodríguez


  • Premio al mejor cortometraje: Mano de obra
  • Mención Especial del jurado: A Gis
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2 comentarios en “DOCUMENTAMADRID 2017: COMPETICIÓN INTERNACIONAL DE CORTOMETRAJE

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