THOR: RAGNAROK

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El desayuno de los dioses

El día que Thor regresa a Asgard tras una larga búsqueda, se encuentra con un olimpo de opereta. Los dioses han desatendido la protección de los nueve reinos, representan farsas autocomplacientes y levantan estatuas a Loki, que ha ocupado el trono y la forma de Odín. Thor ha estado teniendo malos sueños. Pesadillas sobre el fin del mundo: el Ragnarök. Momentos antes le vimos combatiendo en una versión marvelita del infierno a Surt, el gigante de fuego que según las profecías destruirá Asgard. Pero el enfrentamiento con Surt no podría ser menos épico, no al menos en el sentido pomposo a que estamos acostumbrados en el cine. Suena Inmigrant Song, de Led Zeppelin, y Thor lucha contra hordas de demonios con la facilidad y el lenguaje de un videojuego (¿jugaron alguna vez al Diablo de Blizzard?). La canción puede sonar a cliché y a una referencia fácil a la mitología nórdica y a una lectura política (peaje obligado) sobre los refugiados, pero es clave para definir el tono y la épica cañera, lúdica y segura de sí misma que hacen de Thor: Ragnarok la magnífica sorpresa que es.

Al comienzo, una serie de gags autoconscientes entre Surt, Thor y una cadena hacían pensar en otra película estropeada por la resaca de Guardianes de la galaxia (James Gunn, 2014. Marvel): el mismo relato de aventuras de siempre revitalizado desde la parodia, la interrupción y la agotadora sucesión de guiños. Y algo de eso hay en Thor: Ragnarok, pero también comedia genuina que respira a gusto junto a sus influencias pulp en el diseño de producción. Porque, aquí, la comedia es una forma de ser.

Cuando Thor y los suyos se enfrentan a los malos lo hacen como quien desayuna por las mañanas. Puede ser rutinario y jode tener que salir de la cama, pero es la comida más importante del día. En este caso, otra vez, se enfrentan al fin del mundo. El equipo de “Los Vengativos” (Thor, Hulk, Valkiria y ¿Loki?) está formado por dioses muy mundanos que discuten entre sí y pueden llegar a comportarse como niños mimados, pero lo del Ragnarök va muy en serio.  Cuando en un momento Thor se separa del resto en una misión suicida, se acepta sin apenas dramatismo: al fin y al cabo Thor es un héroe y es lo suyo. Thor: Ragnarok es uno de esos pocos y milagrosos casos en los que la comedia convive en armonía con el heroísmo y la épica sin contradecirse (otra que se me viene a la cabeza está entre mis favoritas: El Dorado, de Howard Hawks, 1966).

Hubo un tiempo de leyenda en que las valkirias cabalgaban hacia la muerte. Pero fueron otros tiempos y de ellos sólo quedan unos flashes en la memoria. Esa época acabó con el encierro de Hela, diosa de la muerte, hermana secreta de Thor y recordatorio de la violencia con que Odín forjó el imperio de Asgard antes de querer ocultarlo tras una mano de pintura, el encierro de su primogénita y llamarlo civilización. Así que, nada más regresar, Thor desenmascarará a su hermano, pero el fraude, la mentira y los enredos familiares en Asgard son más profundos que cualquier truco del dios del engaño, y aunque Thor trate de reencontrarse con su padre, el reinado y las mentiras de Odín han terminado. Asgard vuelverá a ser de Hela hasta el fin. Y, con su regreso, la opereta y las hazañas mundanas colisionarán con los tiempos legendarios. El mérito nada fácil del film es haber sabido equilibrar todos estos tonos, no a través de la suma sino de encontrar la épica en lo mundano y viceversa. Bastan unos flashes y un apocalíptico choque final para transmitir el verdadero espíritu de leyenda.

Es una alquimia delicada entre tiempos y tonos muy diferentes pero merece la pena cuando con ellos se articula un mito como el de Ragnarok. A las mentiras de Odín, que se avergüenza de su época de leyenda, sangre y fuego, les sucede la caída. Mientras él vivía en Asgard, había un equilibrio (suponiendo que pueda llamarse así a las dos películas anteriores de Thor), pero a su muerte todo se precipita, deviene primero en farsa y termina con los dioses en el limbo. El planeta al que Thor y Loki van a caer podría ser el mismo de Blade Runner si se hubiese hecho con atrezzo de Charlie y la fábrica de chocolate y algunas ideas de El pequeño Nemo. Es el diseño de producción perfecto para el tono en que se mueve la película entonces: orgulloso de su aire kitch y de parecer salido de un juego de rol que encontrara en Hulk su orco particular. Allí comienza la historia de despojamiento y purificación del héroe donde Thor perderá el padre, el martillo, el pelo, el orgullo y algo más, y se hará algunas preguntas sobre qué es ser un héroe, qué clase de Dios es él y qué es Asgard.

Cerrado el ciclo, el mito llega a su fin como prometía la profecía del Ragnarök, y aunque mucho ha cambiado parece que todo sigue igual. En el fondo, la película sigue tratando los mismos temas de siempre sobre la asunción de la responsabilidad y los valores de sacrificio, superación y protección, pero el tono más lúdico que trágico hace que todo sea distinto y necesario. Llevamos años despertándonos por  la mañana convencidos del fin del mundo, de la historia y de tantas otras cosas; Thor: Ragnarök nos muestra cómo seguir enfrentándolo día a día en el desayuno.


Thor: Ragnarok (Estados Unidos, 2017)

Dirección: Taika Waititi Guión: Eric Pearson, Craig Kyle, Christopher Yost Producción: Kevin Feige para Marvel Studios / Walt Disney PicturesMúsica: Mark Mothersbaugh / Fotografía: Javier Aguirresarobe Edición: Zene Baker, Joel Negron / Diseño de producción: Dan Hennah, Ra Vincent / Reparto: Chris Hemsworth, Tom Hiddleston, Cate Blanchett, Anthony Hopkins, Mark Ruffalo, Tessa Thompson, Benedict Cumberbatch, Idris Elba, Jeff Goldblum, Jaimie Alexander, Sam Neill,

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