THE REAGAN SHOW

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El espectáculo debe continuar

 The Reagan Show es un documental sobre el impulso que la administración Reagan dio a la transformación de la política en espectáculo de masas. Montado íntegramente a partir de metraje de archivo, repasa algunas de las principales apariciones del presidente a lo largo de sus ocho años de mandato, poniendo especial énfasis en su relación con Gorbachov, la cual culminó con la firma del primer tratado de reducción de armas nucleares entre EEUU y la URSS.

La premisa del documental parece clara en un principio: mostrar a Ronald Reagan como una persona más preocupada por su imagen pública que por la gestión del país, alguien que fundaba sus principios en el guión que le hubieran preparado para cada momento, reacio a los encuentros espontáneos con la prensa pero proclive a apariciones calculadas ante las cámaras. Se pretende así situar en la era Reagan el origen de la política como reality show, un tema ubicuo en los medios anglosajones desde la aparición en escena de Donald Trump.

La película, aunque entretenida e incluso moderadamente informativa, resulta sin embargo poco convincente. Por dos motivos: (1) su propia estructura, más narrativa que expositiva, y (2) el hecho de que cae en la trampa de convertirse en aquello que critica.

  1. Las aventuras de Ronald

Comencemos por la estructura. La narración toma la forma, muy convencional, de un relato de aventuras. Comienza con un personaje de motivación cuestionable, el Reagan del “America is back”, que denominó a la URSS el “Imperio del Mal”. Conocemos detalles de su vida personal, el sometimiento de su mujer, y su inclinación a mostrar detalles de su intimidad con afán propagandístico (una especie de Show de Truman en el que el propio personaje tiene el control).

El antagonista no tarda en aparecer: Gorbachov sube al poder con las mismas armas de Reagan, las relaciones públicas, dando comienzo al duelo de ambos por la opinión pública internacional. De pronto, arrecian las complicaciones para el protagonista: la operación Irán-Contra debilita el mayor activo del presidente: su credibilidad. Pero entonces el héroe resurge de sus cenizas y se embarca en un proceso de negociaciones con Gorbachov para cerrar su segunda legislatura como un paladín de la paz.

Los directores no hacen uso de las posibilidades expositivas del formato documental, sino que siguen cronológicamente las peripecias del personaje. Éste cobra así un peso excesivo y se apropia de la tesis de la película. A medida que el énfasis se desliza sibilinamente del Reagan actor al Reagan diplomático, la estrategia mediática, que aparece en un principio como una táctica política deliberada, se convierte en un mecanismo de defensa ante los embates del líder soviético. Se echa en falta, por tanto, un mayor esfuerzo conceptual: el argumento se apoya demasiado sobre la sugerida frivolidad del presidente, construida a partir de tomas falsas e imágenes entre bastidores.

La contradicción evidente entre los principios ideológicos desplegados al principio y al final del mandato no adquiere gravedad suficiente y se diluye en la propia propaganda reaganiana. Nos vemos así arrastrados por el carisma del mandatario, y el documental deja de ser un comentario sobre las posibilidades de la democracia en la era de las telecomunicaciones para convertirse en una especie de reconstrucción de la experiencia de la vida política de un americano de los ochenta: espectador atrapado por los vaivenes mediáticos, con la atención dividida entre los sucesivos escándalos, hasta que, como de costumbre, la guerra los engulle a todos y permite al poder lavar su imagen.

Que la conversión de la política en espectáculo de masas supone un gran peligro ya lo sabía Walter Benjamin. Pero no hace falta irse tan lejos para encontrar otros grandes exponentes de este fenómeno. ¿Acaso los Kennedy no forjaron su leyenda gracias a la televisión? Con Jackie (2016), Larraín consiguió mostrar la creación de un mito a partir de un biopic de la mujer del mitificado; curiosamente, The Reagan Show no consigue hacer lo mismo desde el formato documental, quizá por intentarlo con demasiado ahínco. Reagan ocupa tanto tiempo en pantalla que apenas queda lugar para pensar qué está pasando ahí.

  1. Batallas por el discurso

Existe un problema con la tesis del documental, y es que, al adoptarla, se cae en la propia tendencia que se quiere denunciar. La insistencia en comentar las relaciones públicas de un gobierno sin mencionar sus políticas ha sumido a los medios en un debate autorreferencial, donde es precisamente el gobierno quien lleva la batuta. Esto mismo, que ocurre a menudo en las críticas a Trump, le pasa también a The Reagan Show: al limitarse a seguir al presidente en sus apariciones, éstas guían la atención hacia lo que el presidente quiere, haciéndonos olvidar lo que de verdad importa. ¿Dónde están la liberalización financiera, la reducción del gasto social, las catastróficas relaciones internacionales de Reagan? ¿Acaso habría sido mejor presidente si hubiera hecho lo mismo, pero saliendo menos por la tele? ¿O quizá hubiéramos preferido que no cambiara su línea dura y belicista por la de buscar tratados de no proliferación, dado que sólo lo hizo pensando en su imagen?

Es ciertamente sospechoso que las élites progresistas hayan entrado con tanto afán en la batalla retórica, renunciando a analizar con seriedad las políticas de cada administración. Por quedarnos en el sector audiovisual: sorprende que tanta gente compare a Frank Underwood (el de House of Cards) con Donald Trump –¡ni que tuvieran algo que ver! Parece existir una tendencia a meter en el mismo saco a los presidentes que caen mal, como esto bastara para hacerlos iguales. The Reagan Show es un caso paradigmático de esa confusión, pues recupera al personaje de Reagan, no para analizar su periodo, sino con la intención de explorar las tendencias actuales de la política hacia el espectáculo. Pretender que esto pueda tener un impacto sobre nuestra situación política significa asumir tácitamente que la victoria de Trump se debió únicamente a una buena campaña publicitaria y no a razones más profundamente arraigadas, algo muy cuestionable y que desde luego el largometraje ni se acerca a demostrar.

Aunque siempre sea emotivo escuchar la bonita voz de Reagan mentir sobre la Irán-Contra, no está claro qué aporta eso a nuestra comprensión de la coyuntura actual. Es inútil pretender que los gobiernos (o las empresas, o las personas) no utilicen los medios de comunicación para venderse lo mejor posible. Quizá habría que interesarse por la responsabilidad de la prensa en todo esto. David Simon, por ejemplo, ha denunciado repetidamente la decadencia del periodismo en los últimos años, que él vivió personalmente. Su experiencia, plasmada en la quinta temporada de The Wire, es significativa: el declive es sistémico, los medios se pervierten por su propia lógica y no por culpa de un presidente de derechas con poco respeto por la verdad.

The Reagan Show forma parte de esa tendencia a analizar el discurso público sin preocuparse demasiado de las condiciones en que éste tiene lugar. Se convierte así en un ejemplo de lo que denuncia: un ejercicio periodístico centrado en los aspectos mediáticos de la era Reagan que no consigue articular una crítica del pasado, pero tampoco nos sirve para entender el presente. Lo que queda pues son pinceladas de una época, una composición divertida y agradable de ver, pero que se traiciona a sí misma a base de superficialidad y complacencia.


The Reagan Show (Estados Unidos, 2017)

Dirección: Sierra Pettengill, Pacho Velez Guión: Josh Alexander, Francisco Bello, Pacho Velez Producción: Sierra Pettengill para CNN Documentary FilmsMúsica: Laura Karpman / Edición: David Barker, Francisco Bello, Daniel Garber

 

 

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