LUMIÈRE! COMIENZA LA AVENTURA

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La esencia del origen

“Después de Altamira, todo es decadencia”, dicen que dijo Picasso después de visitar las famosas pinturas de Cantabria. Nada se había inventado aún pero todo estaba ya allí. Eso parece querer decir Thierry Frémaux (nada menos que el mandamás del Festival de Cannes) de los cineastas que ocupan  la primera obra de su filmografía, los hermanos Auguste y Louis Lumière. Y es que, pese a los méritos de Edison, los hermanos Skladanowsky o Friese-Green, los franceses pueden presumir tanto de la invención de la imagen en movimiento (Louis Le Prince en 1888) como del nacimiento del cine por parte de estos hermanos cuyo nombre, grandezas del destino, no podía ser otra cosa que “luz”.

El procedimiento de Frémaux es simple, mostrar en un exacto formato original (cuadrado y de bordes redondeados), y con una hermosa restauración de la imagen, 109 películas de la compañía Lumière. Todas compuestas de un único plano de 50 segundos (es lo que duraba el rollo de celuloide por entonces), Frémaux acompaña con su voz nuestro viaje junto a las imágenes. Su labor no es solo la de dotar a estas del contexto necesario y de la, a veces excesiva, cantidad de adjetivos superlativos hacia las mismas sino la de explicar un razonamiento. Por qué los hermanos Lumière fueron “los últimos inventores y los primeros cineastas”. Al igual que un director tan afrancesado como Fernando Trueba se servía, en El artista y la modelo (2012), de un pequeño dibujo, casi un garabato, de Rembrandt para que su artista (el recientemente fallecido Jean Rochefort) le explicará a su musa (Aida Folch) que lo que compone el arte no es el detalle de la ejecución ni la invención de la técnica, sino la captura de la idea, en definitiva, de la vida, Frémaux abraza lo “prehistórico” de las imágenes de los Lumière para iluminar con detalles la pureza de su arte.

Como el dibujo de Rembrandt, los Lumière también nos enseñaron el andar dubitativo de los primeros pasos de una niña. “La primera película de suspense”, exclama Frémaux como quien dice una broma pero se sabe seguro de su veracidad. Una escena tras otra, la voz del realizador nos resalta cada maestría de la composición, cada encuadre con resonancias futuras (desde Los siete samuráis –Akira Kurosawa, 1954- a Titanic –James Cameron, 1997-), cada mirada a cámara (tanto de asombro como de torpeza) que destapa el artefacto ficcional pero también la conciencia de sus creadores sobre la puesta en escena, cada avance formal (los travelling sobre trenes, barcas o carros llamados habitualmente phantom rides) y, especialmente, cada viaje. Y es que, por mucho que los creadores de Apple se empeñen, fueron los Lumière y sus operadores (entre los que destacan Alexandre Promio y Gabriel Veyre), como bien dice Bertrand Tavernier en Las películas de mi vida (2016), palabras citadas textualmente aquí por Frémaux, los que dieron “el mundo al mundo”. Las pirámides de Egipto, los pueblos de la India, los monasterios de Japón o las selvas de Sudamérica formaban parte del nuevo invento . No obstante, al fin y al cabo y para volver a la esencia, Frémaux cita a Jean Cocteau y su célebre definición del séptimo arte: “el cine no es más que la muerte trabajando”. Nos recuerda Frémaux que, como sabían los Lumière y, como nunca ha vuelto a suceder de forma más pura e inocente, el cine es un aparato convertido en arte porque es capaz, cuando ningún otro lo era ni lo es, de capturar y reflejar tiempo, vida.

El reflejo de plazas, ciudades y gentes que, interpretando o no, siendo conscientes de la grabación o no, allí estaban como nunca volverán a estar. Todos los géneros y todos los protagonistas posibles estaban ya en los Lumière porque todo estaba ya en la vida, en el juego de los niños en la playa, en las desventuras de un gato comiendo (no diremos que los Lumière también inventaron Youtube), en una comida de domingo, un juego de cartas, un trabajador y su animal arando el campo, un herrero en su horno y muchos, más bien muchas, obreras saliendo de una fábrica (la de los propios Lumière) en la primera película de la historia del cine (La sortie des usines Lumière, marzo de 1895). Frémaux acaba con el que para él es (y con razón) el más hermoso de todos los trabajos de la compañía Lumière, Le village de Namo: Panorama pris d’une chaise à porteurs (Gabriel Veyre, 1900). Por encima de ser el primer travelling en retroceso o de acercarnos a la realidad de un pueblo de Indochina, resulta, simple y llanamente, que no habrá otro plano más hermoso que se estrene este año cinematográfico. ¿Son, quizás, las risueñas miradas a cámara de estos niños que persiguen al extraño visitante que les abandona lo mismo que Picasso vio en las pinturas de Altamira?

Es cierto, Frémaux realiza esencialmente un homenaje. Deja fuera cualquiera de las películas que a día de hoy y, extraídas de su contexto, resultarían “políticamente incorrectas”. Sin embargo, su relato, tan ilusionado como elegíaco, de los inicios del cine e, indisolublemente, de los cineastas, supone un viaje hermoso e iluminado, didáctico y sentimental, hacia el corazón mismo del cine. Después de los Lumière todo es decadencia pero, tal y como parece decir la entusiasta sonrisa congelada de Martin Scorsese en los créditos finales del documental, ¡cómo la estamos disfrutando!

Rafael S. Casademont

Lumière! Comienza la aventura (Lumière! L’aventure commence, Francia)

Dirección: Thierry Frémaux / Guion: Thierry Frémaux / Producción:  Thierry Frémaux, Bertrand Tavernier, Maelle Arnaud / Montaje: Thierry Frémaux, Thomas Valette / Reparto: Thierry Frémaux, Auguste Lumière, Louis Lumière, Martin Scorsese.

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