EL SACRIFICIO DE UN CIERVO SAGRADO

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Peligrosa invitación a un mundo propio

Hay algo extraño en el cine del griego Yorgos Lanthimos. Sus historias, sus personajes y sus giros se acercan a los límites, es cierto, pero hablamos de otra cosa. A su capacidad para contar historias surcadas de extrañeza le acompaña una rara cualidad, siempre apreciable aunque a menudo denostada; la de crear otras realidades, la suya.

Aunque la crueldad y el pesimismo de sus retratos sociales llevan al simplificador lugar común de etiquetarlo como alumno/influenciado/imitador de Michael Haneke, el cine del austriaco se diferencia del de Lanthimos en algo fundamental. El malestar que crea el cine de Haneke nace de la identificación e inmersión en la historia. Su mundo es horrible, y lo peor es que nunca deja de ser el nuestro. Vemos lo que no queremos ver de nosotros mismos, y salimos de la sala a ver ese mismo mundo más horrorizados de lo que entramos, pero también, si hay suerte, más iluminados. El cine de Lanthimos, como le pasaba en gran medida al de Stanley Kubrick (cineasta con el que El sacrificio de un ciervo sagrado guarda no pocas resonancias estéticas además de la presencia de Nicole Kidman) es aséptico, alejado de la vida, envasado al vacío, distante e inamovible. Su vitalidad acaba como las flores secadas en las páginas de un libro y más tarde enmarcadas. Una sublimación de la realidad (casi siempre de sus horrores) que, en consecuencia, crea una separación. Algunos lo achacarán a falta de talento, otros críticos menos pesimistas diremos que sus creatividades avanzan por caminos diferentes.

Películas como Canino (2009), Alps (2011), Langosta (2015) o El sacrificio de un ciervo sagrado son ventanas a las que solo podemos asomarnos para mirar el espectáculo. Habitual de los elementos fantásticos (otra diferencia con el austriaco), en El sacrificio de un ciervo sagrado un extraño joven romperá la dinámica de una familia exigiendo al padre el sacrificio de uno de sus miembros si no quiere ver morir a todos. De nuevo, olvidemos Funny Games (Michael Haneke, 1997). El misterioso chico es disparatadamente extraño, nunca llamaría a nuestra puerta. Colin Farrel, ensimismado padre de familia, no reacciona como imaginamos que lo haría ningún ser humano, la identificación con su personaje no existe más que desde una perspectiva puramente observacional, de voyeur.

Un mundo de plástico, un cuadro en blanco con una pequeña gota de sangre justo en el centro, relato dramático y extremo en el que el acting se corresponde a la perfección con la estética. Todo es antidramático: las expresiones monocordes e inexpresivas de todos los actores, los concisos diálogos,  las reacciones y expresiones faciales mínimas que se unen a una cámara que guarda la distancia, exacta en sus proporciones, central y perfecta. También la música, aunque escasa, cuando aparece crea la estridencia lejos de cualquier armonía melódica. En definitiva, una auténtica deshumanización que mantiene controlada la fuerza melodramática del relato. Todo es duda e incredulidad, pero también, nos queda claro, ficción, juego y provocación.

Este mundo y esta forma de afrontarlo, más mental que real, más intelectual que carnal y humana, pueden alejar a algunos y debilitar su sobreestimada lectura social, es cierto. Sin embargo, ese mundo propio permite alterar las reglas del juego. Los extremos de lo permitido se alejan, incluso se borran, y el entretenimiento y la capacidad para sublimar, derrapar  y, a fin de cuentas, jugar a impresionar han de ser siempre más que bienvenidos. Tras dos películas, queda claro que los presupuestos de grandes producciones internacionales y las estrellas de Hollywood no han cambiado esas ganas.

La última media hora de película, que podría ser dramáticamente insostenible si hubiésemos desarrollado algún afecto por los personajes (Lanthimos se encarga más bien de lo contrario), aquí se recibe como los anunciados fuegos artificiales. Una brutalidad que te permite reírte sádicamente y disfrutar de forma culpable y políticamente incorrecta. Porque, por mucho que parezca que su autor quiere, como tantos otros, destrozar a la acomodada burguesía europea, su cine sigue siendo algo así como el pasaje del terror de la feria de todo aficionado al cine que busque no quedar indiferente.


El sacrificio de un ciervo sagrado (The Killing of a Sacred Deer, UK, 2016)

Dirección: Yorgos Lanthimos Guion: Yorgos Lanthimos, Efthymis Filippou / Producción: Daniel Battsek, Will Greenfield, Ed Guiney, Nicki Hattingh, Paula Heffernan, David Kosse, Yorgos Lanthimos, Sam Lavender, Andrew Lowe, Amit Pandya, Anne Sheehan, Gabrielle Stewart, Kamen Velkovsky, Peter Watson, Atilla Salih Yücer / Música: Johnnie Burn, Sarah Giles, Nick Payne/ Fotografía: Thimios Bakatatakis / Montaje: Yorgos Mavropsaridis / Diseño de producción: Jade Healy / Reparto: Colin Farrell, Nicole Kidman, Barry Keoghan, Raffey Cassidy, Sunny Suljic, Alicia Silverstone, Bill Camp, Denise Dal Vera, Jerry Pope.

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2 comentarios en “EL SACRIFICIO DE UN CIERVO SAGRADO

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