DUNKERQUE

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Una derrota, un triunfo

Qué experiencia tan desconcertante ha conseguido Christopher Nolan con Dunkerque. Por un lado, se trata de una película puramente nolanesca, por otro parece un intento de reconducir su escritura hacia nuevos terrenos. La narración de una de las mayores debacles de la historia militar inglesa se convierte en sus manos en una película distante a la vez que cálida, épica e intimista, plagada de grandes gestos y pequeños detalles. Elementos que luchan entre sí, no siempre de forma armónica. Cuesta mucho decidir cuánto hay de voluntario y cuánto de visceral en todo ello. De ahí que sorprenda, incluso a pesar de que sea la norma con este director, que las opiniones sobre la película solo vengan en dos sabores: o es un horror o la segunda llegada de Jesucristo. Nolan es un autor que polariza, eso es bien sabido, pero una cosa son los gustos y otra la crítica. Por eso la sorpresa: mientras unos críticos inundan Metacritic con la nota más alta posible, otros vuelcan su odio en las redes sociales para dejar claro que el director de Origen les parece poco más que un vendedor de humo. Le lleva a uno a preguntarse hasta qué punto estamos haciendo pasar el gusto visceral por análisis argumentado.

Vayamos por partes. A todos aquellos que han decidido que Dunkerque es una película perfecta, sería interesante preguntarles cuál es el propósito de Nolan al construir la trama a través de tres puntos de vista en tres tiempos distintos que se van entrelazando, una jugada curiosa que a ratos resulta muy efectiva (cuando nos permite ver que lo que parecía un gesto de victoria es en realidad un acto de desesperación) y en otras ocasiones da la sensación de ser un capricho. Podría ser también enriquecedor descubrir qué opinan de los ramalazos de verbalización de un guion que funciona casi todo el rato sin apenas dialogo, centrado en las acciones y los rostros. Incluso saber hasta qué punto les parece lógico que Nolan juegue a la emoción pura con su planificación pero luego la rehuya con una banda sonora tan abstracta, ecléctica y omnipresente que termina por generar un inesperado efecto de extrañamiento.

A los que la odian, por otro lado, cabría preguntarles si no les parece interesante que Dunkerque resulte un blockbuster tan atípico, tan desnudo de narrativa convencional, tan concentrado en esos rostros que antes mencionaba. ¿No hay en las miradas de Mark Rylance, el capitán de barco que se encamina a Dunkerque para salvar a unos pocos soldados más decisión, más bondad pero también más miedo que en la mayoría de las interpretaciones que hemos visto este año? Las fantasmagóricas imágenes de los soldados en la playa, apelotonados en un espigón, destrozados por la vergüenza y desesperados por sobrevivir, ¿les parecen tan inútiles como para considerarlas automáticamente dignas de su olvido? ¿Qué opinan de que Nolan cierre su película con un inspirador discurso de Churchill, acompañado por el único momento melódico de toda la partitura de Hans Zimmer, pero se reserve una mirada de terror puro y el único segundo de silencio para el plano final?

Concentrémonos en ese rostro, el del joven soldado que, durante toda la película, lucha por escapar de Dunkerque, donde las tropas del Tercer Reich han acorralado a cientos de miles de soldados británicos y franceses. La película empieza con ese soldado buscando agua, una colilla para fumar y un hueco para cagar. A partir de ahí, sus intenciones seguirán siendo igual de primarias. La más primaria de todas, de hecho: sobrevivir. Mientras sigue a este personaje, Dunkerque está muy lejos de la película bélica al uso. Es el retrato del miedo más puro, del agotamiento de un chaval que está lejos de casa, ha fracasado en todo lo que le impusieron y solo quiere seguir respirando. De fondo, el punto más negro de la Segunda Guerra Mundial. No olvidemos que Christopher Nolan (aquí escribiendo solo, sin la habitual ayuda de su hermano Jonathan) ha optado por contar la historia de una derrota. Nolan puntualiza esa derrota con una victoria, no bélica sino moral, la de la gente que trató de ayudar a esa marabunta de soldados hambrientos y desesperados aún a riesgo de sus vidas. Pero este triunfo del ser humano, del trabajo en grupo, sin importar la nacionalidad (como nos recuerda el personaje de Kenneth Branagh al quedarse atrás con la intención de rescatar también a los soldados franceses) no es el fin de la guerra, no es un éxito de los mandos militares que se engalana con trompetas y tambores, es solo el principio de años de oscuridad y miedo, una huella que permanecerá en el ser humano durante décadas. De ahí ese rostro y ese silencio con el que la película cierra.

Pero hay otras dos películas dentro de Dunkerque, la de un piloto de aviación y la del capitán de barco que antes mencionaba. El primero sirve a Nolan para construir algunas secuencias de acción aérea con las que aligerar la carga de desesperación de lo que está ocurriendo en tierra, pero es el segundo quien verdaderamente importa. Si la historia del soldado es la de una lucha frenética por la supervivencia, la del marinero es un viaje en dirección a la muerte. Acompañado por su hijo, convencido de que lo que hace es lo único que puede hacer, este hombre representa esa victoria que realmente interesa a Nolan, lo que se dio en llamar “el milagro de Dunkerque”. De ahí que la película sea una constante dualidad, la de un desastre y una victoria que suceden al mismo tiempo. ¿Es por eso qué se ha optado por comprimir la cronología, que parezca que no importe hoy o mañana? Es posible, aunque no siempre resulta claro.

Toda película de Christopher Nolan es, parafraseando a Sergi Sánchez, la lucha entre la racionalidad más cerebral y la emoción sin tapujos. En Dunkerque, esa lucha resulta especialmente evidente y encarnizada. Durante un momento de la película, un anciano le ofrece una manta a un soldado y le felicita. “Sobrevivir ya es suficiente victoria”, le dice. Cuando empiezas a sentir que Nolan ha metido la pata evidenciando mediante el diálogo lo que era ya obvio gracias a la puesta en escena, te sorprendes descubriendo que el anciano es ciego. No puede ver los rostros agotados y avergonzados que tiene delante, solo sabe lo que han contado, lo que ha oído. O sea, no sabe nada. La película, con ese sencillo detalle, emborrona lo que podría ser una frase inspiradora y unidireccional, ofreciendo algo más incómodo, menos concreto. Racionalidad y emoción luchando en directo, de forma tan clara que en ocasiones el filme se tambalea con el esfuerzo. Dunkerque es un filme extraño, sorprendente e irregular, que dice una cosa y luego la contraria, buscando la forma de que el choque produzca algo complejo e interesante. No siempre lo consigue, a veces cae en el ridículo, a veces impresiona, a veces aturde, pero es una película sobre la que merece la pena hacerse preguntas.

Pablo López


Dunkerque (Dunkirk, Reino Unido, Francia, Holanda, EEUU)

Dirección: Christopher Nolan / Guion: Christopher Nolan / Producción: Emma Thomas, Christopher Nolan / Música: Hans Zimmer Fotografía: Hoyte van Hoytema / Montaje: Lee Smith / Diseño de producción: Nathan Crowley / Reparto: Fionn Whitehead, Damien Bonnard, Aneurin Barnard, Tom Hardy, Mark Rylance, Kenneth Branagh, Harry Stiles, Jack Lowden, Barry Keoghan

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2 comentarios en “DUNKERQUE

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