COLOSSAL

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Pequeña miss kaiju

Todas las películas de Nacho Vigalondo tienen algo de juego, de idea salida de una noche de borrachera. El valor de su filmografía está en que, en lugar de releer sus notas tras la resaca y decidir que aquello es una tontería, Vigalondo sigue adelante. Así, el director de Los cronocrímenes (2007) y Open Windows (2014) ha construido una filmografía de originalidad y atrevimiento indiscutibles, siempre guiado por la máxima de Tim Schafer: “Las ideas estúpidas son muchas veces las mejores”.

Si nos atenemos al punto de partida, Colossal no es ninguna excepción: Gloria, una joven en paro con tendencia a darse a la botella y al desfase, ve como su vida se viene abajo cuando su novio, cansado de tanta fiesta, la echa de casa. Buscando refugio, Gloria regresa al pueblo de su infancia donde se encuentra con un viejo amigo, se hospeda en su antigua casa (ahora vacía), compra un colchón inflable, consigue un trabajo como camarera y descubre que es responsable de los ataques de un monstruo gigante en Seúl. Aunque los adultos tenemos una tendencia irritante al descreimiento, el director logra sin esfuerzo que aceptemos su punto de partida y juguemos con unas reglas que parecen las de un juego infantil del tipo “imagina que una bruja hiciese desaparecer el suelo”. Vigalondo también sortea otro peligro muy común de esta clase de premisas, y lo consigue teniendo claro a dónde quiere llegar. Colossal habla de las relaciones de género, de la responsabilidad, de los millenials, del retorno al origen y, sobre todo, de lo poco que necesita la mujer moderna al hombre para definir su identidad y alcanzar un cierto equilibrio. Gracias a esta construcción de discurso (y al notable trabajo de Anne Hathaway), Colossal esquiva el riesgo de convertirse en un sketch alargado, una película sin otro propósito que ser “original”.

Pero es a partir de aquí cuando empiezan los problemas. Aunque la sorpresa vuelve a ser indiscutible y las intenciones loables, el resultado dista mucho de ser satisfactorio. Entran en juego dos factores: el guion y la puesta en escena. El filme tiene problemas para desarrollar sus personajes, especialmente los masculinos, que acaban siendo un rosario de estereotipos que va desde el abusador amargado hasta el pijo normativo y controlador pasando por el guapo bobo. Cuando a esto se le suma un tono desconcertante y descontrolado, que alterna bruscamente comedia y drama sin conciliarlos de forma provechosa, el resultado es una película con la que cuesta involucrarse, que depende de la sorpresa inicial para mantener el interés del espectador.

Sin embargo, el mayor inconveniente lo encontramos en el apartado visual. Aquí Vigalondo vuelve a apostar por el juego con la dualidad, en este caso mezclando dos lugares comunes: el cine independiente estadounidense y las aproximaciones más recientes al cine de monstruos, con Pacific Rim (Guillermo del Toro, 2013) a la cabeza. Del primero coge prácticamente todos los estilemas, como su planificación poco enfática y su amable fotografía de filtro de Instagram, mientras que del segundo adopta su fascinación por el neón y el uso constante de contrapicados. La fusión de estos dos referentes fluye mejor de lo que cabría esperar, pero tampoco llega a formar un todo cohesionado en el que los materiales dialoguen y se enriquezcan mutuamente.

Más bien al contrario. Colossal, además de una constante sensación de déjà vu, se siente como dos películas que transcurren en paralelo. Esta división podría tener sentido con lo que se está contando (que no deja de ser una historia de dualidades), pero da la sensación de que cada una de las estéticas está más preocupada por mantener el juego referencial y no chocar estrepitosamente con la otra que en profundizar en lo que tiene entre manos. Por ejemplo, una vez pasado el inicio en Nueva York (muy bien cerrado con ese travelling que captura el derrumbe de la vida de Gloria), todas las soluciones visuales interesantes del filme -como los planos en los que superpone a la protagonista y el monstruo- tienen un propósito más argumental que analítico. Es por esto que, por mucho que avanza la película, los personajes no van ganando en espesor, agravando así los problemas del guion, muy evidentes cuando un personaje desaparece de la trama y otro sufre una transformación que ni todos los esfuerzos del actor pueden alejar del truco para redirigir el foco del filme. Así, según los pilares que la sustentan se van volviendo más endebles, la alegoría feminista de Vigalondo va perdiendo calado hasta quedar, finalmente, reducida a poco más que una idea sorprendente y un puñado de buenas intenciones.

Pablo López


COLOSSAL

(ESTADOS UNIDOS, CANADÁ, ESPAÑA, COREA DEL SUR)

Dirección: Nacho Vigalondo / Guion: Nacho Vigalondo / Producción: Nicholas Chartier, Zev Foreman, Nahikari Piña, Russell Levine y Dominic Rastam / Música: Bear McCreary / Fotografía: Eric Kress / Montaje: Ben Baudhuin y Luke Doolan / Diseño de producción: Sue Chan  / Reparto: Anne Hathaway, Jason Sudeikis, Austin Stowell, Tim Blake Nelson, Dan Stevens, Hannah Cheramy, Nathan Ellison, Sarah Surh, Haeun Hannah Cho

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3 comentarios en “COLOSSAL

  1. Coincido casi en todo, excepto en la falta de grosor de los personajes. Siento que con el cambio de foco, es de esas películas que te hacen repasar lo que ha ocurrido hasta el momento y da una profundidad oscura a ciertas acciones que antes parecían de típico buenín de pueblo.

    1. Estoy de acuerdo hasta la mitad de la película, pero ¿no te parece que a Vigalondo se le va la mano luego? Creo que la transformación del “buenín” en psicópata no está lo suficientemente bien construida para ir más allá del cliché y, sobre todo, no creo que fuera necesaria. Un poco de sutileza no le habría hecho daño.

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