BOJACK HORSEMAN (T4)

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Nuevos puntos de vista

Es tan casual como cierto que las nuevas temporadas de Twin Peaks y BoJack Horseman presentan sorprendentes vasos comunicantes que las hermanan. En ambas se descubre a “la madre de todos los males” de los respectivos universos, las dos comienzan su andadura lejos de los escenarios habituales, uno de los motivos que reflejan su interés por alejarse de las señas de identidad de sus anteriores temporadas, y en ambas se profundiza notablemente en la esencia del personaje, que es reformulado en el tramo final. Cuando ambas series podrían haberse acomodado en la autocomplacencia de la fórmula que tiene el éxito asegurado, prefieren arriesgar e investigar en nuevas vías de aproximación a la esencia de sus universos. Al igual que ocurrió durante el verano con Twin Peaks, se puede asegurar que esta cuarta temporada de BoJack Horseman no parece ser BoJack Horseman, pero, en realidad, es más BoJack Horseman que nunca.

Si David Lynch y Mark Frost decidieron dar explicación al origen de Twin Peaks con el ya mítico episodio 8 de esta tercera temporada, en el 4×11 de la serie de animación asistimos a la explicación de por qué BoJack es como es, al entender la vida que su madre llevó desde la infancia hasta la madurez. Culpa, rencor, repetición de patrones de comportamiento o las consecuencias de infantilizar a los niños y tomar decisiones por ellos son las constantes que marcan la personalidad de Beatrice Horseman, frágil ser que convierte las hostias recibidas en cinismo, y que culpa a su hijo de todos los males de su existencia, pues este representa la materialización de que su vida ya no tiene salida. Con semejante rol materno, no cuesta comprender que BoJack tenga una necesidad patológica de ser apreciado por los demás, de que en el fondo sea tan inseguro y se odie a sí mismo. Lo que en temporadas anteriores se intuía, aquí se confirma, y la mayor virtud de la trama es el conocimiento de causa que sus autores tienen sobre dichos asuntos. La relación entre BoJack y su madre cala hondo porque trasciende cualquier lugar común de las tiranteces familiares y plasma una verdad palmaria, que, como siempre, vive entre el drama y la comedia, evitando caer en el exceso melodramático.

Si en la nueva temporada de Twin Peaks la aparición del pueblo en el que tuvieron lugar las dos primeras temporadas se visita con cuentagotas hasta la resolución final, en esta nueva entrega del caballo actor el cambio no es tan drástico, pero sí resulta elocuente que en toda la temporada apenas se traten asuntos relacionados con el mundo de Hollywood, o que BoJack no aparezca en todo el primer episodio y que el segundo, aunque lo protagonice, lo haga en un lugar nunca antes visitado. Se trata de la casa de sus abuelos, en su día esplendorosa y llena de vida, pero desde hace tiempo destartalada y completamente abandonada. El segundo episodio es probablemente la cumbre narrativa de la cuarta temporada. Más allá de la metáfora en torno a la reconstrucción de la casa por parte del protagonista como un intento desesperado de indagar en su pasado para repararlo -metáfora que no por evidente deja de funcionar-, situación que permite que el público empiece a conocer aspectos acerca de Beatrice, lo más estimulante de este episodio reside en el juego temporal que se establece a lo largo del mismo. Los contrastes entre el pasado esplendoroso -y posteriormente traumático- y el presente desasosegante evolucionan hasta coincidir en una magistral escena en la que ambas líneas temporales se funden en una poética canción interpretada a dos voces entre la abuela de BoJack y Eddie, el vecino de la casa en la trama del presente. El simbolismo que recorre todo el capítulo, así como su virtuosa economía narrativa, lo convierten en todo un hallazgo.

La animación sigue los patrones descritos en el texto que se le dedicó a las tres primeras temporadas en Revista Mutaciones (Especial Acid Animation), con sus correspondientes y afortunadas transgresiones puntuales. En esta ocasión destaca la representación de la mente de BoJack en el capítulo 6, en el que el ataque de paranoia del protagonista es representado con dibujos que se acercan al modelo del garabato, con formas irregulares, colores que se salen de los límites del trazo, y con fondos de papel arrugado. Otro capítulo igual de destacable es, como ya es habitual en la serie, el penúltimo. En este se representa el mundo de los recuerdos de una demente senil -la de la anciana madre de BoJack-, con saltos temporales que quebrantan toda lógica, vacíos narrativos, caras sin rasgos -pues no se recuerdan- o garabateadas, como en el caso de uno de los personajes más importantes de esta temporada, Henrietta. En líneas generales, estética, tono, recursos animadores y subtextos se mantienen a la altura de las expectativas, y lo hacen desde el camino más difícil, el del rechazo a la autocomplacencia y la búsqueda de nuevos terrenos a explorar. Aunque podría parecer que esta cuarta temporada es poco BoJack Horseman, en realidad lo es más que nunca.

Yago Paris

BoJack Horseman (Netflix, EEUU)

Creador: Raphael Bob-Waksberg / Dirección: JC Gonzalez, Amy Winfrey, Joel Moser, Martin Cendreda, Adam Parton, Mike Hollingsworth, Matt Mariska, Mike Roberts / Reparto: Will Arnett, Amy Sedaris, Alison Brie, Aaron Paul, Paul F. Tompkins / Guion: Raphael Bob-Waksberg, Joe Lawson, Peter Knight, Elijah Aron, Jordan Young, Mehar Sethi, Vera Santamaria, Kate Purdy, Joanna Calo, Scott Chernoff, Alison Flierl, Kelly Galuska, Laura Gutin, Scott Marder, Caroline Williams / Producción: Will Arnett, Raphael Bob-Waksberg, Noel Bright, Alexander Bulkley, Corey Campodonico, Richard Choi, Steven A. Cohen, Blair Fetter, Peter Knight, Aaron Paul, Jane Wiseman / Música: Jesse Novak, Grouplove / Montaje: Brian Swanson, Molly Yahr, Jose L. Martinez.

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