LA VIDA Y NADA MÁS

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Respeto

¿Qué atributos tiene una mirada? Para el cazador que aguarda pacientemente entre la maleza, la forma en la que mira a su presa puede ser de respeto pero también de superioridad. Para el enamorado, la mirada puede estar imbuida de fascinación o de deseo. La manera en la que miramos el mundo marca la forma en la que nos vamos a relacionar con él y, sin duda, la forma en que lo relataremos. Más aun en la narración cinematográfica, pues el cine, como se ha dicho en incontables ocasiones, es el arte de la mirada. La cámara es un ojo que recuerda, y el lugar en que la colocamos determina nuestra relación con esos recuerdos filmados.

La vida y nada más, nueva película de Antonio Méndez Esparza, podría ser la vigésima película social sobre la miseria y la marginación de los afroamericanos. Podría ser otra de las muchas historias sobre la pobreza que desde el púlpito de la pantalla aleccionan o denuncian la discriminación de la comunidad negra en el país más poderoso del mundo. Incluso podría ser un aprovechamiento impúdico de la necesidad y el drama de un colectivo, diseñado para arrancar una lagrima fugaz de un público deseoso de emociones fuertes. Pero no es nada de eso porque la mirada de Esparza está lejos de esas coordenadas.

A través del desnudo, casi documental, retrato de una familia marcada por la ausencia de la figura paterna, La vida y nada más muestra un profundo respeto por los personajes y por el espectador. A los primeros los muestra desde una pudorosa distancia, que no oculta sus defectos pero evita los juicios rápidos. Al espectador se le pide que observe, que se acerque a los personajes con calma y sosiego mediante largos planos generales en los que puede bucear libremente, similares a esas ventanas a otra realidad que son las composiciones de Hou Hsiao-Hsien. Esparza mide milimétricamente cuándo debe acercarse a sus personajes, cuándo la ruptura del plano general está justificada. Es algo parecido a la estrategia de un ornitólogo que espera paciente entre la maleza y solo cuando está seguro de que es el momento adecuado se arriesga a sacar una foto del pájaro.

La vida y nada más se esfuerza por romper todas las barreras que el prejuicio puede generar en el espectador. Todos los seres humanos que aparecen en pantalla están marcados por la pobreza, pero no por eso son incapaces de amar o de pensar. Sus diálogos y sus costumbres se sienten reales y están seleccionadas con rigurosidad para ofrecer el retrato más complejo posible de un grupo de gente cuyo drama es el de vivir en un entorno que les impone una serie de limitaciones radicales. Toda la película es la lucha de esos personajes por salir adelante en ese entorno, por hacer esas limitaciones soportables y no perder esa dignidad que la cámara nunca les niega. Por eso Esparza, también guionista de la película, no necesita de ningún tipo de recurso dramático adicional para alcanzar una notables cotas de emoción. No encontramos aquí abusos familiares como en Precious (Lee Daniels, 2009), o una sexualidad inaceptable como en Moonlight (Barry Jenkins, 2016), sino que se asume que la pobreza y el mundo que esta genera es más que suficiente drama y no requiere de añadidos externos.

Es trágico y a la vez hermoso cómo el joven protagonista recibe toda clase de sinceros consejos que tratan de alejarle del camino de la cárcel o la muerte y, sin embargo, él, por mucho que lo desea, por mucho que escucha, es incapaz de seguirlos. La rabia que bulle en su interior, plantada por la miseria y espoleada por la ausencia del padre y por un entorno que le exige ser un matón para sobrevivir, se lo impide. Pero incluso aquí Esparza matiza. Vemos cómo los amigos del joven le animan a ganarse un dinero fácil, pero también como pasan el rato jugando a las cartas o al baloncesto, recordándonos que en el fondo son poco más que un grupo de chavales que acaban por imitar los comportamientos de quienes les rodean.

Es este trabajo de constante equilibrio lo que más impresiona de La vida y nada más, porque demuestra hasta qué punto Esparza ha medido su mirada en base al amor por sus personajes en lugar de su pasión por la película. Habría sido muy fácil jugar la carta del melodrama, buscar el impacto a través de la puesta en escena, hacerse notar a través de una historia que favoreciese el fariseísmo y el buenismo. Pero la película se niega a eso, prefiere observar buscando el punto intermedio entre la fría distancia analítica y la visceralidad acalorada. Es por eso, por lograr mirar sin juzgar, por mostrar un respeto tan profundo y tan sincero hacia sus personajes y lo que esas vidas representan fuera de la ficción, en resumen, por no instrumentalizar la desgracia del otro ni arrebatarle su humanidad al filmarle, que La vida y nada más se convierte en un hermoso retrato de la búsqueda de la dignidad, tanto delante como detrás de las cámaras.


La vida y nada más (Life & Nothing More, España, EEUU, 2017)

Dirección: Antonio Méndez Esparza Guion: Antonio Méndez Esparza / Producción: Pedro Hernández Santos para Aquí y Allí Films / Fotografía: Barbu Balasoiu / Montaje: Santiago Oviedo/ Diseño de producción: Lara Tejela / Reparto: Andrew Bleechington, Regina Williams, Robert Williams, Ry’nesia Chamberszz

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3 comentarios en “LA VIDA Y NADA MÁS

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