THE WIRE: LA CLASE TRABAJADORA

Publicada en Publicada en David Simon, Especiales

“We used to make shit in this country”

Cuando comienza la segunda temporada de The Wire nos invade un sentimiento de decepción que durante unos momentos pensamos que no se irá nunca. ¿Por qué no continúa todo igual? Acabamos de ver la primera temporada de una de las mejores series que hemos visto nunca y lo único queremos es que todo siga igual eternamente.

Y es que la segunda temporada de The Wire nos lleva desde los rincones de la ciudad donde se distribuye droga en cada esquina hasta los muelles de Baltimore. Los personajes con los que nos encontramos no tienen ni por asomo el encanto de los que estábamos acostumbrados a ver, son estibadores, no gánsteres. Son hombres blancos de mediana edad sin ningún tipo de atractivo que beben cada noche, no para vivir locas aventuras, sino con el simple objetivo de evadirse un poco de la realidad.

Ante estas bajas expectativas nos encontramos, sin embargo, con una historia que nos engancha cada vez más, conforme avanza la trama. Frank Sobotka (Chris Bauer), protagonista principal de la temporada, es el secretario y tesorero de la sede local de la Hermandad Internacional de Estibadores. Es el sindicalista que hace lo que sea para que los suyos salgan adelante. Poco a poco vamos viendo los tratos que realiza con mafias y la manera, tan familiar como corrupta, en la que dirige el sindicato. Al principio esto nos producirá rechazo, pero luego nos creará una suerte de admiración por la dignidad de un hombre que se la juega por los suyos.

Sobotka representa al personaje de clase trabajadora que sufre ante la lenta pero imparable pérdida de empleos en el único sector donde tanto él como su familia y amigos saben desenvolverse. No porque les guste seguir la vocación familiar como el que sigue en el despacho de abogados de su padre o en la clínica odontológica de su madre, sino porque no les queda otra. Y es que la igualdad de oportunidades que se nos vende desde que pequeños no existe, es una pura falacia.

La mayoría de personas que se encuentran en desempleo o bajo los umbrales de la pobreza provienen de familias con bajas rentas, así como las personas que obtienen un título universitario u ocupan un cargo de responsabilidad en una empresa son, en muy pocos casos,  personas que provienen de familias de clase trabajadora.

Durante una conferencia a la que acude Sobotka sobre la robotización del puerto, el ponente empieza con la magnética frase “The future is now” (“el futuro es ahora”), la cuestión es para quién. Es lógico que, conforme la tecnología avanza, los trabajos manuales se vuelvan lo más automatizados posibles. Esto pasa en muchos sectores, pero en la frase falta una pata del futuro, las personas. Cuando un sector industrial que tradicionalmente ha dado muchos empleos se reconvierte de esta forme no existe, en multitud de ocasiones, planificación alguna para los trabajadores que serán sustituidos por máquinas. Nadie se preocupa por el futuro de las familias que viven de estos trabajos, no existe una planificación económica, esta gente no entra en los planes de nadie. Lo que debería ser un avance para la mejora de calidad de vida de la gente se convierte en un problema.

Hay una frase de Sobotka que habla de la dolorosa incapacidad para continuar ganándose la vida con su trabajo: “We used to make shit in this country, build shit. Now we just put our hand in the next guy’s pocket” (“Solíamos hacer mierdas en este país, construir mierdas. Ahora solo ponemos nuestra mano en el bolsillo del tío de al lado”). Sobotka no es corrupto para comprarse un rolex, es corrupto porque no le queda otra. Es precisamente esa imposibilidad de elección, ese seguir los pasos de tu padre porque no te queda otra, el drama que realmente cristaliza bajo el momento de no retorno que retrata la temporada, ese que Rafael Álvarez, uno de los guionistas de la serie, describe como “los últimos días en que fue posible seguir los pasos de tu padre para ganarte la vida”.

Los trabajos que tradicionalmente ha realizado la clase trabajadora, los que podemos identificar rápidamente como los del mono azul, eran respetados por la sociedad, ahora desempeñan trabajos precarios muy heterogéneos, todos ellos denostados por la sociedad aun siendo fundamentales. La que limpia casas, el que repone en el supermercado o la cajera no vale para otra cosa, el “que hubieran estudiado” es un pensamiento común que conlleva a que nadie se plantee las posibilidades reales con las que cuentan estas personas.

Y no se trata de hablar de la clase trabajadora para describir sus bondades y heroicidades, se trata de describir la cruda realidad de algo tan injusto e indignante como real: el lugar donde naces y la familia que te toca marcará tu futuro en mayor medida que el mayor o menor esfuerzo que emplees en tus acciones. Uno de los términos por excelencia en el actual contexto económico es el de “emprendedor”. La cultura del emprendimiento inculca el pensamiento de que una persona que no emprenda con un negocio o no se reconvierta al ser despedido es un perdedor, si no triunfas es porque no quieres, hay millones de oportunidades que aprovechar. Esto es rotundamente falso. El 90% de las nuevas empresas fracasa durante los primeros 5 años, todos los indicadores apuntan a que si no tienes una situación económica favorable seguramente no vayas a convertirte en ese emprendedor sinónimo de triunfo. Toda esta ideología del emprendimiento avanza hacia el individualismo, dejando a un lado la situación económica de cada uno e introduciendo el concepto de que esfuerzo es igual a éxito, algo que nos aleja un poco más de una sociedad justa y solidaria.

Con motivo de los disturbios de Baltimore de 2015, David Simon dijo:

“hay dos Américas, yo vivo en una, en un vecindario de Baltimore que forma parte de la América viable, la América en la que hay un futuro plausible. A veinte manzanas de distancia está otra América diametralmente opuesta, es sorprendente lo poco que tenemos que ver los unos con los otros y lo cerca que vivimos. Y de eso es de lo que trataba The Wire, trataba de personas que no valían nada, que no eran necesarias del mismo modo que el 10 o el 15 por ciento de mi país ya no es necesario, en su irrelevancia económica estaban sin embargo todavía en pie en este lugar llamado Baltimore y tenían que resistir de alguna manera”.

Y es que es este el mensaje de la obra de Simon. Los perdedores son siempre los mismos, o por lo menos, casi siempre. En el auténtico juego no participa un sindicalista de clase trabajadora, un policía honrado o un adolescente vendiendo droga en la esquina, en el auténtico juego solo participan los poderosos. “El griego”, poderoso mafioso con el que Sobotka hace tratos de contrabando de contenedores, termina la temporada riéndose de la posibilidad de ser pillado, y es que como él mismo dice por no ser, no es ni griego.

Manuel Moreno Nicolás

Nota: Para saber más y ver los datos y estadísticas completas que marcan la sociedad de clases puedes visitar estas fuentes.

https://www.bez.es/922622551/Perseguir-los-suenos.html

http://www.eldiario.es/piedrasdepapel/Igualdad-oportunidades-Desigualdad-Espana-Europa_6_473212681.html

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