THE WIRE Y SUS FINALES DE TEMPORADA

Publicada en Publicada en David Simon, Especiales

La vida sigue, las series acaban

Sobre The wire se ha dicho y escrito mucho. Sus lecturas políticas, sus influencias cinematográficas, su reflejo de una realidad social e incluso una (a veces) sobreestimada veracidad de lo que allí se refleja. De todos los aspectos de la serie sobre los que se podría hablar, vamos a poner el foco en únicamente cinco escenas, las que finalizan cada temporada. Funcionando como un leitmotiv formal muy característico y diferenciado de cualquier otra escena de cada temporada, los finales de The wire parten de la mirada de un protagonista para pasar a una secuencia de montaje que hace algo más que resumir la temporada, siempre acompañada por una canción, creando una suerte de opening de cierre (aunque finalizan la temporada, invitan a la apertura de la siguiente). Un elemento narrativo aislado, pero lleno de matices y variaciones entre sí, que sirve para regalar varios de los mejores momentos de la serie.

Temporada 1 – Un encadenado

Primera temporada y primer cierre. McNulty (Dominic West) ha conseguido encerrar a los malos pero, como pasará siempre en The wire, vencer no es nada. Saldrán libres dentro de poco y nada habrá cambiado. Todo tendrá que volver a empezar y será peor y más difícil. Así tras un “Qué coño he hecho” del protagonista principal comienza la música, que no se podría titular de otra manera que no fuese Step by step (“paso a paso”) de Jerry Winchester. Bubbles (Andre Royo) y su amigo pasean en busca de una nueva dosis, los compañeros de McNulty patrullan distraídos, las traiciones son recompensadas con ascensos, Pryzbylewski (Jim True-Frost) recoge el caso en el que podían haber llegado más a fondo, Kima (Sonja Sohn) se recupera sola en el hospital deseosa de volver al trabajo, Lester Freamon (Clarke Peters) y Bunk (Wendell Pierce) se burlan de la “recompensa” de Jimmy McNulty por su buen trabajo, degradado de homicidios a patrullar en barco y, finalmente, un Stringer Bell (Idris Elba) libre de la cárcel mira desafiante al espectador en primer plano hasta cerrar los ojos. Con un encadenado la secuencia cambia, abandonamos a los protagonistas y pasamos a observar a personas anónimas que siguen poblando ese mundo de droga y callejones nocturnos que ya nos conocemos como la palma de nuestra mano. Step by Step sube el ritmo mientras se suceden los trapicheos entre los pequeños traficantes desconocidos.

La música acaba con el silbido de Omar Little (Michael K.Williams) que ríe encañonando con su pistola a un traficante en medio de la noche mientras exclama “All in the game yo” (“todo en el juego tío”). Así, en poco más de tres minutos, no solo se consigue cerrar la temporada a la misma vez que se abre hacia la siguiente sino que se resume lo que será toda el alma de la serie. Un relato basado en unos personajes principales, sí, pero también un todo supeditado a un mundo externo en el que se encuentran y que conforman en su conjunto, sobrepasando la ficción. Una manera de ir desde el individualismo del protagonista hasta la globalidad de la trama (en esta primera temporada el tráfico de drogas) y una característica que define, no solo a The wire, sino a toda la obra de David Simon: la sensación de que esos personajes pertenecen a un lugar, que estaban en él antes de que empezase la serie y que estarán cuando esta acabe. Esta es la razón por la que a The wire no le hace falta ser un documental para sentirse real. Puede que el relato de sus personajes sea de ficción pero la frontera que los separa del mundo exterior, del mundo real, se difuma igual de fácil que el rostro de Stringer Bell en dos manos anónimas que se pasan un billete mediante este leve encadenado de montaje.

Temporada 2 – Un travelling

La segunda temporada es la de los estibadores, la del puerto, la de los obreros y la clase trabajadora. Los protagonistas ya no son traficantes, son estibadores que luchan por sobrevivir, como todo el mundo, fuera de la ley. En la escena final, Nick Sobotka (Pablo Schreiber) abandona el piso franco en el que se encuentra bajo protección de testigos del FBI. Va, como todos los días, a ver si hay trabajo. Tras no encontrarlo por, como siempre, falta de antigüedad (“seniority sucks!”), abandona solo el lugar. Su muerte puede ocurrir en cualquier momento mientras le vemos alejarse de espaldas caminando lentamente. Desde atrás, parece anunciarse que en unos instantes van a venir a matarlo. Mientras cruza un pequeño puente, un travelling descubre un coche que parece caminar a su par. Él, mientras, se acerca  a la verja desde donde observa el puerto y cierra los ojos lentamente. Parecen sus últimos momentos, y tras ellos aparece la escena de montaje: el sindicato clausurado, los políticos inaugurando lo que arruinará a los obreros, Ziggy (James Ransone) en la cárcel, Beadi (Amy Ryan) mirando a la oficina de Frank Sobotka (Chris Bauer) y sabiendo que nada a merecido la pena.

Ahora, los personajes ya se mezclan con los anónimos, pero también el mundo de la droga con el del trabajo obrero. El compañerismo alcoholizado de los obreros continúa al igual que el escalofriante tráfico de mujeres en los contenedores de los barcos mientras suena un irónico Feel Alright (“Sentirse bien”, de Steve Earle). El mal sigue ahí, y de nuevo las acciones de la policía se diluyen como gotas en el océano. Aparece entonces varias vistas del puerto de Baltimore (verdadero protagonista de la temporada) para volver, después, a la espalda de Nick cuyo fondo (el puerto) se acelera contra él mediante un “efecto Vértigo” . Abre los ojos. No le han matado. ¿Qué ha sido de ese coche que lo seguía? Nick continúa andando y el travelling vuelve a aparecer, solo que ahora no hay nadie. Pocas veces una acción de pura puesta en escena como es la repetición de un travelling ha causado tal efecto narrativo, no digamos ya en televisión. Compleja sencillez que se mezcla de nuevo con un montaje que exhibe la inquebrantable fortaleza del sistema. La vida sigue y el “efecto Vértigo” parece estampársela a Nick en la cara para recordárselo. Tendrá que continuar solo y pasar, desde este momento, a ser un desconocido ciudadano más de Baltimore en el resto de la serie.

Temporada 3 – Un plano

El sistema funciona como una rueda imparable y todos los protagonistas forman parte de algo interminable. Mientras unos asumen el fracaso en pos de alcanzar la felicidad de la ignorancia (McNulty vuelve a ser un policía de barrio, Omar se retira), siguen apareciendo héroes inconscientes que quieren cambiar las cosas. Aparece la política mediante el futuro alcalde Thomas Carcetti (Aidan Gillen, Meñique en Juego de tronos), cuyas promesas serán ahogadas una a una por el mundo real. También un policía, el comisario Colvin (Robert Wisdom), que, harto de ver arruinada su ciudad, emprende la acción suicida de acabar con la guerra contra las drogas “legalizándola”. Esta quimera es la que une su alma con el personaje de Stringer Bell, el único en el que encontrará comprensión, un todopoderoso gánster que fracasa precisamente por negarse a ver su realidad corrupta imbuido en jugar al sueño americano.

Mientras estos pocos personajes siguen creyendo en soluciones, otros siguen conformándose con ser, como decíamos, gotas en el océano. Así actúa Cutty (Chad L. Coleman), intentando salvar a los niños de su futuro de delincuencia con su pequeña academia de boxeo, consciente de que muchos se le escaparan. Quizás sea por esto por lo que la música comienza sobre ellos, cuando Cutty se va y el traficante les ordena que vuelvan a trabajar. Chicos que no volverán a aparecer en la serie pero que forman parte de esa rueda que no para de girar mientras suena Fast Train (“Tren rápido”, de Solomon Burke). Y es que en The wire parece que el flujo de la realidad manda más que la serie. Por eso, con la derrota del gran antagonista, el ingreso “definitivo” en prisión de Avon Barksdale (Wood Harris), no acaba la serie. Llega Marlo Stanfield (Jamie Hector) y no nos hace falta ver el futuro para saber que tras él llegará otro más. Entonces, al final, ¿qué nos queda? Avon mira atrás desde la silla de los acusados y ve a su hermana, a la que ha traicionado, apoyándolo. Sonríe y se da la vuelta. Parece un espejismo y lo era, el mismo plano se repite solo que ahora ya no hay nadie. ¿Ves, McNulty?, quizás todo esto sirva para algo, aunque sea solo un poquito.

Temporada 4 – Una metáfora

La temporada de la educación y de la infancia, el momento alfa del sistema corrupto y el retrato más perspicaz, profundo y doloroso de la serie. A través de cuatro niños protagonistas, Namond (Julito McCullum), Dukie (Jermaine Crawford), Randy (Maestro Harrell) y Michael (Tristan Mack Wilds), la temporada aborda el momento en que la vida decide por ellos, a la fuerza, su futuro. En la escena final, Michael acaba de “aprender a matar” y, mientras oye cómo le dicen que siempre ha de mirar a los ojos a sus víctimas, aprovecha para cerrarlos. De nuevo comienza el pasar de las imágenes que nos aclaran el futuro de todos los personajes, mientras suena I Walk On Gilded Splinters (“Camino sobre astillas doradas”, de Paul Weller), de los que tienen buena suerte, de los que no y de los que, simplemente, siguen moviéndose entre ambas. Carver (Seth Gilliam) intenta controlar a unos niños desconocidos cuando ve un grafiti con los cuatro nombres de la pandilla de protagonistas, grupo que ya forma parte del pasado de esta vida que no para de avanzar cual apisonadora. Su labor, tanto la de un policía como la de un yonki o un político, es intentar hacerlo mejor la próxima vez, porque la habrá. Michael despierta, le dicen que tire el arma. La temporada acaba con la imagen de la alcantarilla que se traga la pistola de Michael a la misma vez que su inocencia infantil. Cuando Michael tira la pistola, ese grafiti pierde su significado. La serie, quizás la vida, parece decir ¡Que pase el siguiente!

Tempora 5 – Un sexto final

Las drogas, el trabajo, la política, la educación y, finalmente, la prensa. Tras sesenta capítulos, McNulty para su coche a las afuera de la ciudad y la observa. Como en la primera temporada, su mirada invita a una suerte de montaje donde se cierran (algunas más bien se abren) las historias de los protagonistas.

Tras algunos finales felices y otros desoladores, aparecen los espacios, los paisajes que forman Baltimore y que, tras las primeras imágenes de los personajes, vemos vacíos. De lejos empiezan a aparecer sujetos anónimos que pueblan cada espacio, quizás los protagonistas de un The wire que nunca se hizo. La cámara se acerca y el montaje se acelera. Tras una sucesión de rostros que podrían ser los de los protagonistas pero que no lo son, la música se frena en seco. Hemos escuchado Way Down In The Hole (“camino abajo en el agujero”), la canción del opening en su versión de la primera temporada (a cargo de The Blind Boys Of Alabama) y con su final volvemos bruscamente a McNulty, la última cara de Baltimore.

Una ciudad, unos lugares, unas gentes y unas vidas encapsuladas en ese montaje, como en toda la serie, y que esta secuencia encierra en la menta del McNulty como las ha transmitido durante toda la serie a la nuestra. La mente de un espectador que, como McNulty, quiere continuar viendo, pese a todo, esa rueda girar, esa vida que no deja de avanzar en Baltimore y que dice, junto a él, “Let’s go home” (“Vamos a casa”). Sin embargo, la vida sigue pero las series acaban. McNulty arranca y desaparece de plano, la cámara (nosotros) le pierde y se queda abandonada, fija e inerte, mirando el skyline de Baltimore hasta que un fundido a negro hace desaparecer la imagen. Cerramos al fin los ojos pero cuesta creer que cuando los abramos no volverá todo a aparecer ante nosotros como si nuestro visionado de la serie hubiese sido la sexta, la mejor, de estas escenas finales. ¿Qué música sonaría?

Rafael S. Casademont
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